MICROFICCIÓN #11

CƎMƎNTƎRIO

Lo recordaré toda la vida doctor. El cielo rosado por la caída del sol, la lluvia espesa, y yo en aquella colina, rodeado de lápidas de piedra envejecida y mohosa clavadas al suelo. Acompañado por el cura y los operarios del cementerio. Recordaré siempre la sombra difusa de aquella higuera que muestra su figura desnuda. No me mire así doctor, aún hoy puedo sentir el olor de la arena removida, amontonada justo al lado de aquella tumba en la que ya descansa el ataúd. Siempre me ha parecido curioso que lo más limpio de un entierro sea la caja donde el muerto es sepultado. Con su madera barnizada y sus asideros perfectamente pulidos. ¿Qué quiere que le diga, doctor? Acostumbro a fijarme en esos detalles. Deformación profesional, supongo. Ya sabe lo que dicen de los escritores y nuestra capacidad enfermiza de observación. Lo sé, lo sé, me estoy yendo del tema. Disculpe, doctor. ¿Por dónde iba? Ah, sí… la arena removida… Los operarios clavan sus palas en el montón de arena y empiezan a echarla al foso. Escucho el repiqueteo de la tierra, unida al de las gotas de lluvia al chocar contra la madera del ataúd. Ya no está limpio, su pulcritud ha sido violada. Pero no importa. Los operarios son eficientes y ya no puedo ver la caja. En realidad, ya no puedo ver nada. Solo oscuridad. Noto que estoy tumbado, con una mano sobre la otra, encima del pecho. Me muevo y mi hombro choca contra lo que parece un techo demasiado bajo. Palpo a oscuras a mi alrededor y se me acelera la respiración. Justo encima de mí hay madera, a los lados y debajo, una superficie acolchada; estoy en dentro del ataúd. Me parece que el aire se me está acabando, pero solo es una impresión, la autosugestión haciendo de las suyas. Golpeo la tapa y los golpes suenan secos, amortiguados por el peso de los dos metros de arena que hay sobre mí. Grito con todas mis fuerzas, pero mi voz no aparece, solo un silencio que me desgarra la garganta. En ese momento lloro y araño la madera. Noto el dolor de las uñas rompiéndose, el de las yemas de los dedos en carne viva. No veo la sangre, pero no es necesario, la siento deslizándose por la palma de mis manos, cálida. Vuelvo a gritar, y esta vez es mi voz la que me desquebraja la garganta. No reconozco el sonido a pesar de ser tan familiar. El grito animal es desconocido, el sufrimiento con el que se viste, también. Entonces golpeo la tapa con todas mis fuerzas, lloro y las lágrimas me obligan a cerrar los ojos. Siento el calor que el esfuerzo me provoca y, al abrir los ojos, me encuentro de rodillas encima del montículo de arena que cubre la tumba, justo enfrente de la lápida de mármol gris. Al aire libre. No puedo ver, las lágrimas me nublan la vista. Me limpio los ojos, y lo primero que veo son esos dedos maltrechos, con la carne limada y la sangre seca. Vomito sobre la arena batida y los gusanos que empiezan a emerger se alimentan de mi regurgito. Son gusanos enormes, del tamaño de llaves; blancos, con cabeza negra, y desagradablemente gruesos. Miro a la tumba y veo las letras, no forman ninguna palabra, solo hay consonantes sin ningún orden concreto. La fecha está remplazada por signos de interrogación. Noto que algo me roza la mano, es uno de los gusanos que ya ha terminado de comerse mi vómito. Está en mis dedos, atiborrándose de la sangre seca de mis heridas. Aparto la mano bruscamente y el gusano empieza a rodar hecho una bola. Se detiene y vuelve a reptar hacia mí. Detrás de él, sus hermanos le imitan. Uno de ellos choca contra el que va más adelantado, entonces empiezan a luchar hasta que el más rezagado vence y devora al otro. El gusano perdedor revienta y su bilis me salpica la cara. No puedo contener las náuseas y vuelvo a vomitar, pero esta vez de mi boca solo sale una bola de pelo negro empapado en mi propia saliva. Estoy mareado por el esfuerzo de la arcada, noto las venas marcándose en mis sienes y un hormigueo en la frente. Observo esa cosa, con los ojos acristalados. Los gusanos se acercan a inspeccionar la bola de pelo y de esta empiezan a brotar patas que se retuercen y la alzan un centímetro del suelo. La bola se gira y descubro que estaba mirando la parte trasera de una tarántula peluda. Sus ocho ojos redondos, brillantes y negros, se clavan en los míos. Empieza a correr de esa forma tan tenebrosa y veloz que tienen las arañas. Me levanto y empiezo a retroceder hasta que mi espalda golpea la higuera. Miro hacia arriba y el árbol ya no está desnudo. Sus ramas están repletas de miembros amputados. Brazos con manos cuyos dedos me señalan acusadores. Cabezas que me miran asombradas por mi presencia. Piernas sin pies, torsos abandonados. Miro al suelo y la araña ha desaparecido. Me mareo, siento que voy a desmayarme, pero el sonido repelente de las patas de la tarántula me mantienen despierto. Busco con mi mirada el ruido y lo encuentro en el tronco de aquel árbol de frutos perversos. Desciende a toda velocidad y yo, sentado en el suelo, sin conseguir levantarme, empiezo a recular hasta que llego a la tumba otra vez. Noto como los gusanos mueren aplastados por mi peso. La araña gana terreno y de la arena que se amontona bajo mi trasero, emerge una mano que me sujeta la muñeca. La miro, sus uñas están destrozadas y de las yemas de sus dedos gotea sangre espesa. Entonces grito y aparezco en la sala acolchada, atrapado en la camisa de fuerza que me mantiene los brazos inmóviles, adheridos a mi torso. Eso es todo, doctor; como siempre. En algún momento despertaré de esta pesadilla y dejarán de llamarme loco.

© 2015 M. Floser.

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