Dragon Ball. El regreso de Shenlong

Hola a todos/as. Lo que aquí os presento es un fanfiction ambientado en el universo “Dragon Ball” del artista japonés Akira Toriyama al cual admiro y que es culpable directo de que yo hoy quiera ser artista.

NOTA: como siempre, podéis leer directamente en este post o descargaros el archivo digital (pdf, epub y/o mobi) pulsando sobre las miniaturas de la portada, justo debajo de la portada grande.

Portada —El Regreso de Shenlong.
Portada —El Regreso de Shenlong.
Portada —El Regreso de Shenlong.
Portada —El Regreso de Shenlong.

1

    —¿Estás seguro de eso que dices, Rant?
    —Sí, Tins, nuestros espías se han asegurado: los Saiyajin están muertos.
    —¿Incluso el guerrero llamado, Son Goku?
    —Fue el último en morir.
    —Y esos artilugios que revivían a la gente… ¿cómo se llamaban?
    —Las Bolas de Dragón. Hace mucho tiempo que nadie sabe nada de ellas. Tenemos vía libre, Tins.
    —Fantástico, Rant. Prepara las tropas, partiremos hacia la Tierra.

    La Tierra gozaba de una paz que hacía demasiado tiempo que nadie perturbaba. La muerte de los Saiyajin, los Guerreros del Espacio, había supuesto que el planeta dejara de ser la diana de muchos monstruos. No obstante, si le hubieran preguntado a aquel hombre si habría sacrificado a sus amigos para que la Tierra dejara de sufrir, definitivamente habría rechazado la oferta.
    Krilín se había apartado de todo y todos los que amaba. Se había vuelto un hombre solitario y el recuerdo de la última batalla, en la que perdieron la vida varios de sus amigos, le había hecho obsesionarse por el entrenamiento. Vivía para convertirse en el hombre más fuerte. Recordaba los rostros de Vegeta, de Trunks, de Son Gohan y del resto de Saiyajin. Pero el rostro que se había tatuado en su memoria era el de Son Goku, su amigo de la infancia.
    Aún soñaba cada noche con el monstruo llamado Nium, viejo enemigo de los Guerreros del Espacio que había llegado a la Tierra para vengarse. Siempre era igual, siempre era lo mismo. Krilin se despertó sobresaltado del sueño en el momento en el que Goku, usando el último resquicio de su poder, había lanzado un potente Kamehameha que consiguió derrotar a Nium. Aquel fue el último ataque de Goku y aquel fue el último amigo que murió.
    El teléfono móvil sonó de repente y Krilin se asustó. Se odió a sí mismo por sobresaltarse por una llamada. Resopló y se pasó la mano por su cabeza perfectamente afeitada. Cogió el teléfono y miró la pantalla: “Marron”, su hija. El hombre lanzó el teléfono móvil al colchón y posó su frente, con los séis puntos tatuados, encima de sus manos. Llevaba más de un mes incomunicado. Se echaba la culpa, en parte, de la muerte de sus amigos. Siempre había sido débil, siempre había dependido de los Guerreros del Espacio para salvar el mundo. Pero eso ya no pasaría. Llevaba demasiado tiempo entrenándose, volviéndose cada vez más poderoso.
    Krilin se levantó de la cama y fue a refrescarse la cara en el baño. Cuando se miró en el espejo le costó reconocerse, siempre le pasaba. No se acostumbraba a aquella cicatriz que le cruzaba el ojo izquierdo, un ojo completamente inutilizado, cerrado. Aquel fue el regalo de Nium antes de morir. También le costaba reconocer su cuerpo, se había vuelto más fuerte, su torso estaba esculpido. El resto de su ser era igual que siempre, su nariz era inexistente, no la necesitaba, no era un ser humano normal, él respiraba por la piel.
    Volvió a la habitación y empezó a vestirse. Cuando se había puesto el pantalón tejano se cubrió las muñecas con dos pulseras anchas de cuero y, antes de que tuviera tiempo a enfundarse la camiseta, llamaron a la puerta de aquella casa rural en la que se había enclaustrado. Krilin se quedó quieto, mirando en dirección a la puerta. No le había dicho a nadie dónde estaba, así que no entendía quién podía ser. Se puso la camiseta blanca, que se le ajustó notablemente en los músculos, y se dirigió a la sala de estar para, más tarde, abrir la puerta que había vuelto a sonar. Delante de él, en el umbral, un hombre enorme se mantenía de pie. Medía dos metros y sus brazos eran gruesos y fuertes. Vestía una camisa de tirantes blanca, ajustada, y unos pantalones negros. Su cabeza, sin pelo, brillaba bajo la luz del sol que se reflejaba en la calva. Era un hombre apuesto aún con la rareza de aquel tercer ojo que se mostraba en la frente.
    —¿Qué haces aquí, Then?
    —¿Así recibes a tus invitados, Krilin?
    —No te he invitado, Then Shin Han. No he invitado a nadie.
    Krilin entró en la casa, dando a entender a Then Shin Han que podía hacer lo que le viniera en gana, quedarse o irse, a él le daba igual. Then sonrió, intentando no perder la paciencia. Él sabía lo que era confinarse en las montañas con su inseparable amigo Chaoz. Adoraba la soledad y adoraba entrenarse. Pero sus épocas de separación no eran totales, a diferencia de Krilin, él nunca había pretendido que no le encontraran.
    —La gente está preocupada por ti, Krilin. Hace un mes que te fuiste.
    —Lo sé, fui yo el que se marchó.
    El rostro de Then se contrajo, cansado de la arrogancia de su viejo amigo.
    —¡¿Te crees que eres el único que sufre?! ¡Tu hija llora cada vez que ignoras sus llamadas! ¡Tu mujer sufre cada vez que tú no vuelves a casa por la noche! —respiró hondo, intentando relajarse. No era así como esperaba que fuera su visita—. Mira, Krilin, todos perdimos a gente en esa maldita batalla. Yo perdí a Chaoz, además de a Goku y los demás. Pero hay que seguir, la vida sigue. Tú no tienes la culpa de que ellos murieran. Ni siquiera tienes la culpa de que media galaxia les odiara. Los Saiyajin fueron personas crueles en otro tiempo, y sabes tan bien como yo, que tarde o temprano iba a pasar algo así.
    —¿Insinúas que la muerte de Goku fue por culpa de su raza? ¡¿Cómo te atreves?! ¡Vienes a buscarme cuando yo no quiero ser encontrado, y te atreves a insinuarme que las muertes de nuestros amigos fueron el precio a pagar por los crímenes que los Saiyajin cometieron hace décadas!
    El suelo tembló a medida que Krilin se enfurecía. Las nubes en el cielo se empezaron a mover de una forma antinatural y Then Shin Han entendió que aquello era debido al poder de su amigo. Se había vuelto fuerte, más de lo que habría cabido esperar.
    —Krilin, tranquilízate. No quería decir eso.
    El hombre de los seis puntos en la frente cerró los ojos —o mejor dicho: cerró el único ojo que le quedaba abierto— y empezó a tranquilizarse. El suelo dejó de temblar gradualmente. Las nubes volvieron a sus quehaceres ignorando lo que acababa de ocurrir.
    —No vuelvas a decir algo así, Then, no permitiré que nadie insulte el nombre de mis amigos. Ese mal nacido de Nium se los llevó, y lo único que me da rabia ahora, es no poder vengar su muerte.
    —¿Has probado a vivir? —la respuesta sorprendió a Krilin—. ¿Cuántas batallas necesitas para vengarles?, ¿cuántas muertes? Estoy cansado de luchar, amigo, estoy harto de salvar al mundo. Ya no merece la pena, a mí no me la merece.
    Aquellas palabras golpearon a Krilin en la boca del estómago. Tenía ante él a uno de los hombres más poderosos y valientes. Había estado demasiado metido en sí mismo y no se había preocupado por los demás. Algo dentro de él se rompió y empezó a llorar desconsoladamente. Then Shin Han no se dejó llevar por la sorpresa y abrazó a su amigo. Sin duda era el que más había sufrido, fue el único que seguía consciente cuando los Saiyajin cayeron. Fue el que les vio morir. Fue un momento incómodo en parte, Then Shin Han no estaba acostumbrado a mostrar su afecto, era un hombre de las montañas, algo tosco. No supo qué decir, y sólo se le ocurrió una cosa mientras abrazaba a Krilin, que seguía sollozando:
    —Me caso, Krilin.
    Aquel anuncio hizo que el hombre dejara de llorar de repente. Se separó de su amigo y le miró a los ojos. Then estaba sonrojado, le había costado decir aquello, y la cara de sorpresa de Krilin no ayudaba a que le diera menos vergüenza.
    —¿Te casas? ¿Cómo? Quiero decir… ¿con quién?
    —¿No lo adivinas?
    Then sonrió con complicidad mientras veía como Krilin empezaba a pensar, enjugándose las lágrimas. Su ojo se abrió de par en par al entenderlo.
    —¿Launch?
    Then Shin Han se puso aún más rojo confirmando lo que Krilin acababa de decir.
    —No sé que decir.
    —Puedes felicitarme, creo que es lo que se suele hacer.
    Krilin felicitó a su amigo. Se sentía incómodo por haberse comportado de una manera tan mezquina con él y con el resto de sus seres queridos. Ahora se encontraba con un pensamiento totalmente distinto, lleno de nostalgia. Recordaba el día en que había volado en La Nube Kinto de Goku en busca de una mujer para el maestro Kame Sen’nin. Recordó cuando le llevaron a su maestro a aquella extraña joven que cambiaba de personalidad y color de pelo en cuanto estornudaba. Tan pronto era una preciosa chica frágil de pelo azul como que, tras estornudad, se convertía en una fiera mujer rubia.
    —Felicidades. No sabía que estabais juntos.
    —Hace años que había atracción entre los dos, pero siempre he estado ocupado entrenando.
    Krilin entendió que aquello no lo dijo simplemente como información. Era una indirecta. Le estaba pidiendo que volviera a la civilización.
    —No puedo volver, Then, aún no.
    —¿Entonces cuándo? Dime de qué sirve que te entrenes para estar preparado por si tienes que volver a luchar con el objetivo de salvar a los que quieres, si los que quieres no pueden disfrutar de tu compañía     —Then Shin puso una mano en el hombro de su amigo—. Vuelve con tu familia, Krilin. Protégelos desde cerca.
    Hubo un momento de silencio que rompió Krilin:
    —No sabía que eras tan profundo, Then Shin. Me sorprendes.
    —Me sorprendo a mí mismo, no te creas.
    Ambos rieron como hacía tiempo que no reían. Parecía que el tiempo no hubiera pasado, parecía que nada malo hubiera ocurrido. Pero lo había hecho y estaba a punto de pasar algo mucho peor.

2

    —Tins, estamos a punto de llegar a la Tierra.
    —¿Tan rápido?
    —Así es.
    —Estupendo. ¿Las tropas están preparadas?
    —Lo están. El plan es aterrizar y arrasar con todo el planeta.
    —Y dices que nadie nos podrá detener, ¿no?
    —Aún quedan algunos de los llamados “Guerreros Z”, pero nuestros informes reflejan su inferioridad. No deberían ser una molestia.
    —No me gusta eso de “no deberían” Rant. Quiero estar segura de que no nos molestaran.
    —El más poderoso de los que quedan con vida es el guerrero llamado Krilin. Buen luchador, pero sus batallas se cuentan por fracasos. Ha muerto y resucitado tres veces.
    —¿Tres? Me dejas más tranquila.

    Cuando los dos amigos salieron de la casa, Krilin se dirigió a un lateral de la misma y apretó un botón. La casa desapareció con un estallido que liberó una gran nube de humo gris, algodonado. Cuando el humo desapareció, Krilin cogió la pequeña cápsula Hoi Poi. Se la metió en el bolsillo y volvió junto a Then Shin Han. Ninguno de los dos dijo nada, se limitaron a respirar el aire limpio de las montañas Paozu, el que fuera el hogar de la infancia de su mejor amigo.
    —¿Vamos? —dijo Then. Krilin asintió, con los nervios acomodados en la boca del estómago. Se preparó para volar, pero su amigo le detuvo.
    —Sería mejor viajar en aeronave. No queremos que los habitantes de Ciudad del Oeste nos vean volar y piensen que han vuelto los monstruos.
    Krilin soltó un gruñido de exasperación, pero aceptó. Esta vez fue Then Shin Han el que sacó una cápsula de uno de los bolsillos, apretó el botón y la lanzó a un par de metros de distancia. Ante ellos apareció, cuando el humo se extinguió, un vehículo metalizado, aerodinámico, de dos plazas. Era una aeronave bonita, aunque a Krilin le parecía absurdo tener que usarla. Then se dirigió a la puerta del piloto y la abrió alzándola. Krilin hizo lo propio con la suya y el vehículo pareció un ave con las alas extendidas. Ambos se sentaron y lo primero que sorprendió a Krilin fue ver que no había ningún mando, ni volante, ni botones. Then le miró con una sonrisa, y sin esperar más dijo:
    —Nave, llévanos a casa.
    VOZ RECONOCIDA: THEN SHIN HAN. CALCULANDO RUTA A CIUDAD DEL OESTE.
    Tras un “bip” la nave se alzó en el aire y salió disparada con tanta fuerza que Krilin, cogido por sorpresa, quedó adherido a su asiento.
    APROXIMÁNDONOS AL DESTINO.
    Krilin miró al altavoz con el ojo abierto desmesuradamente y luego miró hacia delante, por la luna delantera de la aeronave. No habían pasado ni dos minutos y ya habían llegado. Volando habrían tardado un par de horas como mínimo.
    El vehículo empezó a aminorar y los dos hombres dejaron de notar la presión de la velocidad.
    CIUDAD DEL OESTE.
    Krilin miró a su amigo, sentado en el asiento del que debería ser el piloto. Then Shin Han le dedicó una sonrisa llena de picardía.
    —Le dije a Bulma que si quería que fuera a por ti en vehículo, tenía que dejarme el más rápido. Ya sabes que no me gustan estas cosas.
    Krilin sonrió y, a la vez, escuchar el nombre de Bulma le hizo poner nervioso. Estaba a punto de volver a encontrarse con sus amigos. Hacía sólo un mes que se había ido, pero le había parecido mucho más.
    La nave, que se había detenido a unos diez metros del suelo, sobre la corporación Cápsula; empezó a descender. Krilin miró por la ventanilla y vio que de la descomunal casa amarilla con forma de iglú empezaron a salir personas. Tuvo miedo, se sentía extraño, y de alguna forma lo era. Ya no era el joven alegre que fue un día, ni siquiera era el hombre débil de entonces. Se había vuelto un guerrero formidable, y aquel poder le hacía distinto. No distinto a nadie, sólo distinto a él mismo.
    Reconoció al instante a la persona que corría, adelantando a todos los demás. Era Marron, su preciosa hija.
    Cuando la aeronave hubo aterrizado, las puertas se abrieron automáticamente y Krilin sintió como se ahogaba a pesar del aire que respiraba. Le habría gustado quedarse un momento en la cabina, encerrado. En vez de eso, tenía a su hija a pocos pasos de distancia, una distancia prudencial. Krilin la miró, y en aquel momento la chica empezó a llorar. Sin esperar a que su padre saliera del vehículo se lanzó hacia él y le abrazó. Tenía quince años, y llevaba un mes sin verle. Krilin la abrazó torpemente, pero en seguida se acostumbró a aquel contacto. La acarició el pelo rubio heredado de su madre. Marron no dejaba de llorar, con la cara oculta en los duros pectorales de su padre. Este la besó el cabello y la apretó con fuerza.
    Krilin miró por encima del hombro de su hija, y vio a todos sus amigos. Bulma, tan preciosa como siempre, aún con la notoriedad del sufrimiento que había supuesto la pérdida de su familia, le dedicó una sonrisa amable. Yamcha seguía como siempre, con sus cicatrices características y una enorme melena negra. Vio a su maestro, con sus gafas de sol que ya eran parte de su personalidad y esa alargada barba blanca acabada en punta. También vio a los pequeños Oolong y Puar, y tras todos ellos un rostro anhelado, el de su mujer, el Androide 18.
    Krilin apartó con delicadeza a su hija y se puso en pie. Empezó a andar y sus amigos se apartaron, haciendo un pasillo que desembocaba en la hermosa mujer, rubia, de ojos azules. Cuando estuvo frente a ella, notó la furia de su esposa.
    —Hola, An.
    La primera respuesta que obtuvo fue un fuerte bofetón de An. A pesar de lo mucho que le dolió, Krilin supo que su mujer había controlado su enorme poder. No era una mujer normal, había sido un androide asesino hacía ya demasiados años, antes de que el humano le pidiera al Dragón Shenlong que la convirtiera en humana.
    La segunda respuesta no fue otra que un apasionado beso. Le echaba de menos, le amaba y no conseguía odiarle, aunque odiarle habría hecho que aquel mes sin él, hubiera sido menos doloroso. Krilin posó su mano derecha en el rostro de su esposa mientras ambos se fundían en aquel beso.
    Cuando se separaron, se quedaron mirando el uno al otro, con sus frentes apoyadas.
    —Lo siento, An, he sido un idiota.
    —Sí, lo has sido. Si vuelves a hacer algo así, cuando vuelvas no estaré.
    La sola idea de que su mujer le dejara, hizo que el corazón de Krilin se rompiera en mil pedazos. Alzó la vista y pidió disculpas a todos sus compañeros. Nadie le culpaba, ni le guardaba rencor. Krilin, a pesar de no ser tan poderoso como los Saiyajin, había participado en más batallas que muchos de ellos.

    Aquel día, aunque la sombra de la muerte de sus amigos aún era demasiado alargada, celebraron un banquete en el jardín de la Corporación Cápsula, como tantas veces habían hecho. El día acompañaba con su cielo despejado, presidido por un sol benévolo que calentaba sin demasiada agresividad. Todo fueron risas, necesitaban aquel ánimo, necesitaban beber y celebrar la vida, en vez de llorar y ensalzar la muerte. Krilin no se separó de su mujer y su hija. An se sorprendía con el cambio que había sufrido su marido. Era más poderoso que ella, en realidad, era la persona más poderosa de aquel jardín.
    —¿Nadie ha visto a Piccolo? —dijo Krilin mirando a todas parte —. Se me hace raro no verle.
    Hubo un momento de silencio que rompió el Kame Sen’nin.
    —La muerte de Son Gohan fue un duro golpe para él, Krilin. Al igual que tú, Piccolo desapareció. Creemos que se ha ido a Namek, eso explicaría que nadie perciba su energía. Si supiéramos usar la Transmisión Instantánea podríamos ir a por él, pero me temo que sólo Goku sabía usarla.
    Aún dolía mencionar a Son Goku, aún dolía recordar que ya no estaba allí y que ya nunca lo estaría.
    Quedaron sumidos en un silencio sepulcral, luchando contra unas lágrimas que amenazaban con materializarse. Recordar a Goku era recordar todo su mundo, todo lo que le rodeaba, y a todos los que murieron con él. Las Bolas de Dragón habían desaparecido. Podían viajar a Namek usando una nave espacial, pero ¿para qué? Bulma había razonado en una ocasión que quizá iba siendo hora de dejar de jugar a ser dioses. Si ella, que había perdido a un marido y a un hijo, pensaba así, sin duda había que pensar en sus palabras.
    Cuando todos estaban sumidos en sus pensamientos, una voz sonó en el aire, como un eco transportado por un viento inexistente.
    ¡Krilin!
    La voz era tan familiar que a nadie le costó reconocerla. Era el rey Kaio Sama que les hablaba desde el Planeta del Norte en el Otro Mundo.
    —Rey Kaio —dijo Krilin sorprendido. Hacía mucho tiempo que nadie escuchaba la voz del buen rey—. ¿Todo bien?
    ¡No va nada bien! ¡Estáis en peligro!
    —¿Qué quiere decir?
    ¡Se acerca a la Tierra una flota de naves. Quieren invadiros!
    La noticia cayó como un trozo de plomo en los corazones de todos los que se encontraban en el jardín.
    —¿Cuántos son?
    La respuesta tranquila de Krilin sorprendió a todos menos al Rey Kaio Sama que había contemplado desde la lejanía el entrenamiento de Krilin.
    Son un ejército numeroso, Krilin. No te puedo decir cuantos son. Aparecen a través de un portal en el espacio, cercano a la Tierra. De momento he contado diez naves.
    —¿Son poderosos?
    Solo dos de ellos. Los líderes Rant y Tins, pero no puedo asegurar su poder, lo esconden.
    —Por eso ninguno de nosotros ha percibido la amenaza. ¿Cuánto falta para que lleguen?
    Ahora mismo están entrando en la órbita de la Tierra. Deberían aparecer en cualquier momento. Saben a dónde dirigirse, van directos hacia donde estáis vosotros.
    —Gracias, Kaio Sama, nos ocuparemos.
    La comunicación se cortó sin más adornos. Krilin estaba visiblemente emocionado. Tenía ganas de luchar, tenía ganas de sentir que se vengaba, fuera quien fuese su enemigo. Se levantó de la silla con tanta fuerza que la tiró al césped del jardín.
    —¿Qué vamos a hacer Krilin? —dijo Kame Sen’nin— ¿Qué estás pensando?
    —En luchar.
    Todos quedaron sorprendidos con la determinación de aquel hombre. Yamcha le sonrió.
    —¿Pretendes que luchemos contra una flota alienígena lo bastante poderosa como para ocultarnos su poder?
    —¿Se te ocurre algo mejor, Yamcha? Ya has oído a Kaio Sama, vienen para invadirnos. ¿Les dejamos? Llevo entrenándome mucho tiempo para esto, y no estoy dispuesto a rendirme. No sé si conseguiré derrotarles, pero si me matan, me llevaré a unos cuantos conmigo.
    Then Shin Han se levantó y posó la mano en el hombro de su amigo, estaba furioso con Yamcha, y Yamcha notaba el poder de Krilin en su ojo sano.
    —Tranquilo amigo, lucharemos junto a ti.
    —No puedo pedirte eso, Then, quédate con Launch, me dijiste que estabas cansado de luchar.
    —Lo estoy, pero no por eso dejaré que nos destruyan. Me voy a casar, ¿qué clase de hombre sería si no defendiera a mi prometida? No te estoy pidiendo permismo, Krilin, te estoy diciendo que voy a luchar junto a ti. ¿Yamcha?
    —Está bien, lucharé, pero sabéis que vais a conseguir que nos maten, ¿no?
    —Posiblemente.
    An se levantó para estar preparada para la lucha. Krilin estuvo a punto de decirle que no luchara, pero la mirada casi asesina de su mujer le advirtió de que no dijera nada. Hubo un cuarto asistente que se alzó con la intención de luchar, el maestro Kame Sen’nin. Los luchadores más jóvenes se miraron sorprendidos. Ver a aquel anciano de mediana estatura, apoyado en su báculo de madera, dispuesto a luchar era algo sorprendente. Había sido el maestro de tres de ellos, era cierto, pero eso había sido hacía demasiado tiempo. El maestro les miró a través de sus gafas de sol, adivinando lo que pensaban todos.
    —Estoy cansado de dejar que los demás luchen por mí. Sé que ya no soy tan poderoso como cuando erais unos críos, pero moriré luchando.
    Cuando dijo esto, la mirada de Bulma al cielo los alertó. Alzaron la vista y allí, como en una horrible pesadilla, vieron una decena de naves invadiendo el cielo. Parecían puntas de flecha, metálicas, reflejando la luz del astro rey. Descendían de tal forma que las superficies planas inferiores se mantenían paralelas al suelo.
    —¿Cómo es posible que no detectemos el poder de ninguno de ellos?
    Nadie pudo contestar a aquella pregunta. Krilin miró a su mujer, recordaba que la única vez que se habían visto incapaces de percibir la energía de alguien, había sido en la batalla contra los androides.
    Las naves se detuvieron a varios metros de altura. Todos se miraron, sorprendidos. No sabían por qué se habían quedado ahí, quietos. Pero la respuesta fue aún peor que la incógnita. Una de las naves empezó a brillar y una multitud de rayos azules la empezó a recorrer desde la parte trasera hasta la punta, en la que empezaba a generarse una extraña bola de luz que emitía impulsos y que cada vez era más grande.
    —¿Qué hacen?
    La nave respondió a la pregunta lanzando un poderoso rayo de energía hacia el horizonte que estalló en una explosión tan potente que la nube de polvo llegó hasta donde estaban ellos con un vendaval asfixiante. El sentimiento de terror se apoderó de Krilin y los demás. Aquellos invasores no perdían el tiempo. Se escucharon gritos de horror de la gente que no se esperaba aquello.
    —¡MIRAD, VAN A HACERLO DE NUEVO!
    Krilin miró hacia el cielo, horrorizado, y, en efecto, vio como otra nave empezaba a cargar su energía.
    —¡Ni lo sueñes!
    Juntó ambas manos a la altura de sus caderas y empezó a invocar su técnica más poderosa.
    —Ka…
    Nadie se esperaba que Krilin tomara la iniciativa de aquella forma.
    —Me…
    La nave empezaba a generar la bola.
    —Ha…
    Las manos de Krilin se iluminaron y también generaron una bola de energía que quedó envuelta por ambas manos posicionadas en garras.
    —Me…
    Cuando la nave había acumulado la suficiente energía. Krilin extendió sus brazos con fuerza, apuntando con las dos garras unidas por las muñecas a la nave y, con un grito potente, liberó la técnica que salió de sus manos como un grueso y potente cañón de luz. En pocos segundos, la energía impactó contra la nave, haciendo que estallara en mil pedazos. La onda expansiva de la explosión azotó a los que habían en el suelo, pero las naves que la rodeaban no se inmutaron. Brillaron al ser impactadas por la metralla, y ésta simplemente rebotó. Tenían campos de energía. Entonces, ¿por qué la nave a la que había atacado Krilin había estallado? Se preguntó si su poder era tan grande que el escudo no había servido de nada. Entonces, vio que el escudo de las demás tomaba el mismo tono que la energía que las otras dos naves habían acumulado y, sin saber exactamente por qué, entendió que el escudo se desactivó cuando la nave preparó el ataque.
    —¡Ha sido increíble, Krilin!
    Era la voz de Bulma. Sí, había sido increíble, e incluso él mismo se sorprendió con el poder que había liberado, aún no había puesto a prueba su entrenamiento, pero estaba a punto de hacerlo.

3

    —La nave ha sido completamente destruida, Tins.
    —¿Cómo es posible? Nuestros escudos son los más potentes de la galaxia. ¡¿Qué ha pasado?! ¿Qué nos ha atacado?
    —Un humano. Te muestro la imagen del ataque. Ha usado un cañón de energía.
    —No es un cañón normal, Rant, ¿has visto ese poder? ¿Quién es? Me dijiste que los Saiyajin estaban muertos.
    —Lo están, es el humano llamado Krilin.
    —Me aseguraste que era débil, Rant, y eso que acabo de ver no es precisamente debilidad.
    —Debe haberse entrenado, Tins. Nuestros espías vinieron hace meses, no puedes culparme de lo que haya ocurrido mientras tanto.
    —¡Culparé a quien crea preciso! ¿Qué hacemos ahora?
    —Podemos irnos o podemos salir de las naves y luchar. Por muy poderoso que se haya vuelto, no es rival para nosotros.
    —Eso es cierto. Aunque pudiera derrotaros a todos vosotros, cosa que dudo, tendría que luchar conmigo después… perdona, Rant, a veces soy un poco paranoica. Odio que las cosas no salgan como yo quiero.

    Los trozos de metralla descendían envueltos en llamas. Krilin no se sentía siquiera cansado, a pesar de la demostración que acababa de hacer. Miraba al cielo, ignorando los ojos de sus amigos que se habían clavado en él, sorprendidos. Las naves estaban quietas, como ancladas en el cielo. Los nervios se posaron en el pecho del hombre, la impaciencia se unió a los nervios y la sed de venganza bañó ambos sentimientos.
    Su ojo sano se abrió de par en par al notar como en la parte baja de una de las naves se abría una compuerta circular. Acto seguido el resto de naves imitaron a la primera y todas quedaron con una apertura, todas menos una que se mantenía sellada.
    —¡Mirad sale algo de aquella nave!
    Krilin siguió con la vista el dedo de su hija. De una de las compuertas abiertas salió un ser al que costaba distinguir a tantos metros de altura. El personaje se lanzó al vacío y en pocos segundos aterrizó bruscamente en el suelo, hundiéndolo bajo sus pies. Bulma y Marron lanzaron un grito ahogado al ver la apariencia del invasor. No medía más de un metro sesenta y a Krilin le pareció que llevaba una armadura llena de placas duras como el metal, pero al aguzar la vista se dio cuenta de que aquella era la piel del alienígena. Su cabeza podía recordar a la de una tortuga, si las tortugas tuvieran dientes afilados y los ojos sólo fueran unas cuencas vacías. El cráneo era un amasijo de bultos duros, como cuernos que no acababan de desarrollarse. Clapas de piezas parecidas se agrupaban por todo el cuerpo. Un cuerpo desproporcionado, cuyos antebrazos parecían mazas mientras los bíceps eran delgados. Lo mismo pasaba en las piernas: los muslos eran finos para ir creciendo a medida que se acercaban a los pies. Sólo tenía tres dedos en cada mano y cada pie. Al abrir la boca, el monstruo dejó caer una lengua alargada que quedó colgando y balanceándose.
    Krilin miró al cielo y luego miró al monstruo. Esperaba, claramente, que acudieran más de aquellos seres. Then Shin Han también lo esperaba.
    —¿Ya está?
    —No, Then, creo que nos están poniendo a prueba. Han lanzado un peón.
    Les pareció que al oír aquello, el monstruo sonrió, como si con aquella sonrisa quisiera decir «has dado en el clavo». Sin dar tiempo a reaccionar, el extraterrestre se lanzó hacia delante, dejándose caer sobre sus brazos para empezar a correr a cuatro patas, como un gorila. Su velocidad cogió por sorpresa a todos. Krilín y Then Shin Han se pusieron en guardia y se prepararon para atacar cuando el monstruo, simple y llanamente, desapareció de sus vistas. El desconcierto duró unos segundos, el tiempo que tardaron en escuchar un grito de Marron a sus espaldas. Krilin se giró horrorizado y vio al monstruo rodeando a su hija con aquellos enormes brazos.
    —¡Papá!
    El alien se elevó con su presa a gran velocidad. Marron lloraba y gritaba. Todos los guerreros se prepararon para acudir en ayuda de la hija de su amigo, pero no les dio tiempo. Krilin se alzó con furia, hundiendo el suelo al tomar impulso y en menos de cinco segundos apareció en el cielo, interrumpiendo el ascenso del alien. Se quedó allí, con los brazos extendidos, formando una cruz con su cuerpo, entre la nave y el monstruo que había osado tocar a su hija.
    —Suéltala.
    El alienígena soltó una risita aguda, parecida a la de una hiena y a Krilin se le erizó la piel ante aquel sonido animal. El monstruo seguía abrazado a Marron que lloraba y forcejeaba sin éxito. Al ver que no obedecía su orden, Krilin miró por encima del hombro, hacia la flota de naves que invadía el cielo terrestre. Se giró y extendió un brazo apuntando a las naves con la palma de su mano.
    —Suéltala…
    El monstruo inclinó la cabeza sin dejar de reír. La furia de Krilin ascendía con cada lágrima que veía bañar las mejillas de su hija. No esperó más, no se lo pidió de nuevo. Su brazo se tensó y los bíceps se endurecieron, acto seguido, un rayo de luz salió disparado atravesando otra nave. La energía impactó de pleno en una nave que no podía activar el escudo de energía por tener la compuerta abierta. Eso no lo sabía Krilin, pero su rabia le había llevado a atacar aquella flota invasora. La nave estalló y las cuencas de los ojos de aquel ser se abrieron sobremanera. Abrió los brazos y dejó caer a Marron que gritó aterrorizada. El alienígena atacó a Krilin, lanzando su mastodóntico brazo contra él en un puñetazo que el hombre esquivó sin preocupaciones. Le posó la mano en el pecho, suavemente y le miró el lateral de la cabeza para despedirse de aquel desgraciado que se había atrevido a tocar a su hija. La mano de Krilin se iluminó y el monstruo imitó aquel brillo para, en cuestión de segundos, desaparecer en una explosión de luz que hizo que se desintegrara. Krilin no perdió tiempo y se dejó caer surcando el cielo a una velocidad tan potente que no tardó ni un segundo en rodear a su hija con los brazos y detener su caída. La dejó en el suelo, sana y salva, y la abrazó. Ella se apretó temblorosa contra el pecho de su padre.
    Krilin se separó de su hija y miró enfurecido a las naves.
    —Todo aquel que no vaya a luchar, que se vaya de aquí. No permitiré que vuelva a ocurrir algo así.
    Muchos de los amigos titubearon, no querían dejarles solos ante aquellos monstruos.
    —¡¿No me habéis oído?!
    El grito les puso en movimiento. Krilin estaba furioso por permitir que su hija hubiera corrido peligro. ¿Y si aquello no lo hubiera hecho un simple peón? Se odiaba por haber sido tan estúpido. Cerró los ojos para serenarse, pero no fue hasta que notó la mano de su esposa en el hombro que lo hizo completamente. La miró y ella le sonrió. Aquella sonrisa enmarcada en aquella preciosa cara tenían un efecto embriagador. An apretó el brazo de su esposo mientras miraba a las naves.
    —Aquí vienen.
    Krilin miró hacia arriba y, en efecto, de las naves que quedaban empezaron a descender decenas de aquellos alienígenas. Todos aterrizaron en el suelo, creando un estruendo escalofriante. Ante ellos tenían un ejército de monstruos exactamente iguales que el primero que habían visto. No había ninguno más alto, ni más corpulento, parecían clones los unos de los otros.
    Los amigos miraron hacia el cielo y se fijaron en que aún había una nave que seguía sellada. Bajaron la vista hacia el ejército y la volvieron a posar en la nave justo en el momento en el que la compuerta se abría. En ese momento, un potente dolor de cabeza atravesó a todos los guerreros. Acababan de percibir dos energías distintas pero increíblemente potentes. Una de ellas despuntaba sobre la otra. Se sobrepusieron al dolor y la sorpresa y miraron fijamente a la nave que ya estaba completamente abierta.
    —¿Cómo es posible que no hayamos notado ese poder hasta ahora?
    Fue Kame Sen’nin el que respondió la pregunta usando la lógica.
    —No la hemos notado hasta que la puerta se ha abierto. Esas naves tienen algo que ver, estoy seguro.
    De la nave empezaron a descender dos personajes. Estaban a demasiados metros de altura como para distinguirlos y, a diferencia del ejército, aquellos dos seres descendían suave y elegantemente. No tardaron en quedar a la vista y cuando aterrizaron, justo detrás de su ejército de monstruos, los guerreros quedaron sorprendidos. Eran altos, uno de ellos era enorme, como un roble. Vestía una armadura plateada que resaltaba sobre su piel completamente roja llena de huesos sobresalientes y sus ojos ambarinos, sin pupila. Era un forzudo de melena y cejas blancas. De su labio inferior ascendían dos colmillos que llegaban hasta las mejillas. La parte de abajo estaba desnuda, y sus piernas se llenaban de placas duras como las de su ejército. Era lo único que tenían en común. Sus manos, fuertes, nudosas, desembocaban en uñas afiladas y negras.
    A su lado no podía haber alguien más distinto. Era una mujer de piel amarilla como el sol. Su cabello también era blanco y sus orejas se afilaban hacia el cielo. Los ojos de ella eran de un tono azul celeste, también sin pupila. Tenía unos labios perfectamente perfilados y carnosos y cuando sonreía —y lo hacía bastante— dejaba ver una dentadura repleta de caninos. Era hermosa de una forma salvaje. Parecía delicada a pesar de su alta estatura. Su cuerpo, bien formado, vestía una casaca negra y unos pantalones del mismo color. Era elegante y de su trasero caía una cola parecida a la de los caballos, completamente blanca. Tenía los brazos a la espalda y no podían verle las manos.
    —Saludos terrícolas —dijo la mujer con una voz suave, como de sirena—, mi nombre es Tins y él es Rant. Es un placer para nosotros estar en vuestra presencia.
    El llamado Rant, lanzó un gruñido que no pretendía ser intimidatorio sino de apoyo a lo que acababa de decir la mujer.
    —Eres muy poderoso, Krilin —dijo la alienígena dejando al hombre con la boca abierta—. Has destruido dos naves sin problemas. ¿Sabes una cosa? Nuestro mecánico no nos había contado ese defecto de las naves. Oh, ya sabes, eso de que el escudo se desconecta cuando atacamos o cuando la compuerta está abierta. Te doy las gracias por la información, ya nos hemos ocupado de él.
    —¿Cómo sabes mi nombre?
    La voz de Krilin sonaba más segura de lo que cabía esperar.
    —Lo sabemos todo sobre vosotros. Bueno —lanzó una mirada furiosa a Rant que pareció palidecer—… casi todo. Según nuestros informes, tú eras un humano débil. No nos esperábamos un rival de tu nivel. Sobretodo después de la muerte de los Saiyajin. Llevamos mucho tiempo esperando a que ellos desaparecieran para atacar la Tierra, y cuando pensábamos que eran inmortales, alguien nos hizo un favor.
    —¿No teníais valor para atacar cuando los Guerreros del Espacio vivían?
    —¿Guerreros del Espacio? Ya veo, así los llamáis aquí. No se trata de falta de valor, Krilin. Pronto descubrirás que no tenemos motivos para temer a nadie. Simplemente no nos apetecía el esfuerzo de aniquilar a una raza tan… poderosa.
    Krilin no respondió inmediatamente, analizó a los dos líderes para ver cuál era más fuerte. A simple vista podía pensarse que el tal Rant era el más poderoso de ambos, pero la seguridad de Tins y la forma en que el forzudo la respetaba, dejaban claro que aquella alienígena era la que mandaba.
    —¿Por qué la Tierra?
    —¿Por qué no? Controlamos varios planetas en toda la galaxia. La Tierra es un planeta joven que ofrece muchas posibilidades. No tiene nada que ver con este mundo, tiene que ver con la dominación total de la galaxia.
    —¿Y crees que os lo permitiremos?
    —¿Crees que puedes impedírnoslo?
    Con un gesto de la mano de Tins, tres de aquellos guerreros clonles que se interponían entre invasores y humanos se lanzaron contra éstos.
    —¡CUIDADO!
    La voz de Krilin sirvió de motivación más que de alerta. Uno de los monstruos fue hacia Then Shin Han, lanzándole un puñetazo que el tríclope detuvo con su antebrazo. La desproporción del brazo del engendro parecía un milagro evolutivo. El golpe fue tan potente debido a aquel antebrazo gigantesco, que Then Sin Han notó una corriente que le durmió desde el punto de impacto hasta el hombro. El hombre no se detuvo a lamentarse de la fuerza de su oponente y le lanzó un potente golpe con el otro brazo que impactó directamente en la cara del monstruo. Eran fuertes, pero estúpidamente lentos de reflejos.
    Otro monstruo fue directo hacia An. La ex-androide esquivó los ataques sin problemas y, usando su poder, lanzó un cañón de luz que atravesó al enemigo. Este cayó al suelo con un agujero enorme y humeante en el vientre. No sangraba.
    Krilin miró a su mujer con una sonrisa de oreja a oreja al ver lo sencillo que le había resultado librarse de su atacante.
    El tercer engendro, para horror de todos, había golpeado con fuerza al maestro Kame Sen’nin en el pómulo, y el anciano había salido disparado, dándose un duro golpe al caer al suelo. Krilin hizo amago de ir a ayudarle, pero su maestro se lo impidió con un grito mientras seguía tumbado boca abajo empezando a levantarse.
    —¡Que a nadie se le ocurra ayudarme!
    El maestro se levantó, tenía un corte en el pómulo que le sangraba y sus gafas estaban rotas. Se veía uno de sus ojos enmarcado en una montura sin cristal. Se las quitó, las tiró al suelo y escupió mirando al oponente. El monstruo estaba riendo con aquel tono de hiena que parecía común en todos los clones.
Kame Sen’nin se quitó la camisa blanca, ahora manchada, y dejó su torso delgado y arrugado al descubierto. La imagen era realmente lamentable, se veía la fragilidad del anciano. El monstruo rió aún más y miró a Krilin y al resto con aire burlón. Krilin estaba sonriendo y con su dedo índice le indicó al extraterrestre que no perdiera de vista al maestro. Parecía que quisiera añadir: «no pierdas ni un solo detalle, te va a encantar».
    Cuando el monstruo volvió a mirar al maestro, vio que algo estaba pasando. Las piedrecitas a sus pies empezaban a temblar en un baile espasmódico. Kame Sen’nin dio una potente palmada y luego apretó los puños acomodándolos junto a sus costillas. Estaba reuniendo su energía. El anciano lanzó un grito que desgarró el cielo y su garganta y, de pronto, su cuerpo delgado y consumido por los años sufrió una metamorfosis. Ahora estaba lleno de músculos e incluso su estatura había aumentado. No llegaba a la altura de Rant, pero sus músculos no tenían nada que envidiar a los del alien.
    Sin dar tiempo a que el monstruo que le había atacado reaccionase, el forzudo maestro se lanzó al ataque con una velocidad pasmosa. Golpeó con fuerza el rostro del engendro. Combinó algunos puñetazos con algunas patadas. Aquel hombre seguía siendo el gran maestro de las artes marciales. No daba tiempo a su oponente siquiera a darse cuenta de que estaba siendo atacado. El monstruo cayó al suelo y el anciano le cogió por el enorme y desproporcionado tobillo. Empezó a girar sobre sí mismo y el alienígena giró con él. Cuando lo creyó oportuno, el maestro soltó al cautivo y lo lanzó por los aires hacia donde estaban los demás invasores. Sin detenerse, llevó ambas manos, separadas por centímetros a su costado izquierdo e invocó aquella técnica que él mismo inventó, las ondas Kamehame. Cuando extendió los brazos en aquellas dos garras unidas por la muñeca, un potente cañón de energía azul salió disparado de las palmas de sus manos. En pocos segundos impactó contra el monstruo despedido, desintegrándolo como si nunca hubiera existido. El maestro quiso lanzar un mensaje al enviarlo hacia donde estaban el resto de enemigos. «No os será tan sencillo acabar con nosotros». El mensaje había llegado, y había calado hondo.
    Yamcha rió nervioso al ver a su antiguo maestro demostrar aquel poder.
    —¡Sigue usted en forma, maestro!
    —¡NO MORIRÉ SIN LUCHAR!, ¿ME OÍS?
    Aquel grito no iba dirigido a Yamcha, iba dirigido a los alienígenas que le miraban sorprendidos.

4

    —¿Por qué no quieres?
    —Ya se lo he dicho, ya no es mi lucha. Tienen que hacerlo ellos.
    —Goku, estamos hablando de la posible destrucción del planeta.
    —No voy a volver, maestro Kaio. Sé que pueden hacerlo.
    —Podríamos buscar la forma de enviarte. Seguro que hay una forma. Seguro que moviendo algunos contactos…
    —La decisión está tomada.
    —Pero… Goku, ¿y si la Tierra es destruida?
    —Quieren invadirla, no destruirla. Igualmente, yo estoy muerto, maestro.
    —¿Y tus hijos?, ¿Y Trunks? Aún pueden volver a la tierra un día. Baba puede encargarse.
    —Ellos piensan como yo, maestro. No volveremos a intervenir. Confíe en los terrícolas. Ya ha visto lo que acaba de hacer el Kame Sen’nin.
    —Estás completamente loco, Goku.
    —No… estoy muerto, maestro.

    La lucha en la tierra era encarnizada. Los guerreros aniquilaban a aquel interminable ejército de monstruos que los estaba agotando. Tins y Rant se habían sorprendido con la fuerza de aquellos luchadores, especialmente con la de Krilin, que lideraba el ataque con un poder que despuntaba sobre sus compañeros. No estaban preocupados, a pesar de todo, ellos eran los más poderosos.
    Yamcha derrotó a uno de los monstruos, no sin esfuerzo, y se giró justo a tiempo para ver como tres clones atacaban a su amigo Krilin. Estuvo a punto de ir en su ayuda, pero no tuvo tiempo. Los tres monstruos atacaron al unísono con una combinación de golpes que Krilin esquivó sin problemas. Era tan veloz, que en vez de tres adversarios parecía que estuviera luchando contra uno sólo de aquellos seres. Uno de los engendros barrió el aire con su brazo en un ataque lateral. Krilin detuvo el antebrazo desproporcionado con el suyo, cogió la muñeca del atacante y girando sobre sí mismo lo lanzó contra los otros que volaban hacia él. Los clones chocaron con su hermano descontrolado y Krilin alzó el brazo con la mano bien extendida hacia el cielo. En pocos segundos, a escasos centímetros por encima de su palma se creó un circulo de luz que emitía un ruido parecido al de una radial, y era exactamente eso. Cuando la energía alcanzó el tamaño oportuno, Krilin lanzó su disco destructor que salió volando cortando el viento a una velocidad asombrosa. El disco de luz atravesó a los tres clones sin ningún esfuerzo, como si de mantequilla se tratasen, luego la energía se pulverizó y desapareció dejando diminutas motas luminosas.
    Estaban agotados, pero habían conseguido derrotar al ejército de alienígenas. A pesar de todo, lo peor estaba por llegar. Rant y Tins sonreían al ver a sus oponentes tan cansados. ¿Aquellos guerreros tenían que impedir la invasión? Ellos tenían centenares de naves esperando una simple llamada.
    Krilin miró a sus amigos que mostraban signos de cansancio. El que más le preocupaba era su maestro, era el que más agotado estaba. Le faltaba el aliento y el sudor le caía por los ojos. Había luchado bien, pero era demasiado mayor. Krilin miró a los dos alienígenas que, a su vez, se miraron el uno al otro. Tins asintió a Rant y este sonrió de forma maliciosa.
    —¡Cuidado va a atacar!
    El grito de Krilin no tuvo tiempo de calar en sus compañeros. Rant salió disparado a una velocidad de vértigo y en pocos segundos ya se encontraba golpeando a los amigos de Krilin. Primero golpeó el vientre del maestro haciendo que este notara como sus pulmones se veían desprovistos de aire y de la capacidad de recuperarla. Luego, girando sobre si mismo, descargó una potente patada en la cara de Yamcha que salió disparado atravesando la casa de Bulma. Then Shin Han recibió un revés con el potente brazo de Rant y giró sobre su propio eje antes de caer al suelo. An recibió un puñetazo y pudo detenerlo con sus dos antebrazos pero algo crujió en sus extremidades, aquel salvaje le había roto los brazos. An lanzó un alarido de dolor y Rant se giró para golpear a Krilin, pero aquello le resultó imposible. El hombre esquivó —no sin esfuerzo— cada uno de los golpes que Rant le lanzaba. Luego fue él el que empezó a atacar y Rant le esquivó con mucha más facilidad. Cuando se separaron quedaron mirándose. Observándose el uno al otro. Krilin estaba sorprendido de que Rant, con aquel cuerpo descomunal, pudiera atacar a una velocidad tan increíble. Rant, por su lado, estaba sorprendido de que un simple humano —y más aún aquel humano— pudiera esquivarle y presentarle batalla. Ninguno de los dos estaba cansado.     Parecía que no se hubieran movido.
    —No está nada mal para ser un humano.
    —Gracias, he entrenado mucho.
    —Se nota, pero no creas que por ser más fuerte que en nuestros informes podrás derrotarnos.
    —Si no puedo derrotaros a los dos, al menos moriré matando a uno.
    —¿Eso crees? Bueno, dejemos de hablar.
Rant cruzó los brazos sobre su pecho y llevó sus manos a dos huesos que le sobresalían de los hombros. Lanzó un     grito desgarrador y Krilin vio como los bíceps del extraterrestre se hinchaban antes de sacar los huesos como si fueran dos puñales que el ser tuviera atravesados en la piel. Cuando terminó con aquel espectáculo, en sus manos sostenía dos huesos alargados y afilados. Parecían dos cimitarras y, de alguna forma, eran exactamente eso.
    —¿Luchamos?
    Era una pregunta retórica. Rant se lanzó al ataque y empezó a combinar una serie de mandobles con patadas ágiles, golpes de codo y cabezazos. Era un luchador extraordinario. Krilin esquivaba cada vez con más dificultad y en uno de los ataques, uno de los huesos que Rant blandía le hizo un corte en el pecho haciendo que su camiseta mostrara la carne sangrante. Krilin se enfureció y apretando su puño con fuerza descargó un puñetazo que generó un haz de luz por el poder y la velocidad del humano. Rant recibió el impacto en la barbilla y cayó al suelo de bruces.
    Los amigos de Krilin quedaron boquiabiertos al ver a este luchar de aquella forma. Era increíble ver lo mucho que había mejorado. An era la que más sorprendida estaba. Su marido siempre había sido valiente, y entre los humanos era sin duda el más poderoso, pero aquello que estaba viendo era sorprendente. Krilin le recordaba a Son Goku de una forma increíble. El salvador que luchaba cuando todos habían caído.
    Rant se levantó y se llevó el reverso de la mano al labio sin soltar su hueso. Se había hecho sangre, el puñetazo de Krilin había hecho que se mordiera y sufriera un pequeño corte. No era mucho, pero Rant no estaba acostumbrado a ver su propia sangre. Solía ver la sangre de los demás, roja, espesa, no aquella de color verdusco que ahora le manchaba labio y mano.
    —¡Maldito humano! —su voz sonó como un trueno—. ¡Te has atrevido a tocarme!
    Krilin no respondió, se limitó a quitarse la camiseta ensangrentada y rajada. Se limpió con ella la herida y vio que el corte no era nada del otro mundo. Más aparatoso que preocupante. El hombre quedó con el torso desnudo, con aquellos músculos que no tenía antes. An miró a su marido sin creerse lo que estaba viendo. ¿Qué había hecho Krilin para fortalecerse tanto en un mes?
    Rant sacó a An de su ensimismamiento cuando emprendió un nuevo ataque contra su marido. El ataque fue demasiado veloz y ni siquiera Krilin, con su nuevo poder, tuvo tiempo de esquivarle del todo. Rant lanzó una estocada con uno de los huesos, Krilin giró las caderas para que le pasara rozando pero no fue lo suficiente rápido y el arma le desgarró el hombro. Rant no se detuvo y, girando sobre sí mismo, cortó el aire con la segunda espada ósea. Esta vez Krilin fue más ágil y se agachó haciendo que la hoja del hueso afilado le pasara a escasos centímetros de la cabeza. Desde aquella posición baja, Krilin llevó ambas manos al lado de sus caderas, formando con ellas dos garras. En escasos segundos, sendas esferas de luz amarilla aparecieron en sus respectivas palmas y luego Krilin sólo tuvo que estirar los brazos para liberar uno de sus mejores ataques. Los dos cañones de luz se unieron y enviaron al alienígena por los aires lejos del humano. El monstruo soltó los huesos que cayeron al suelo.
    Rant se levantó más furioso aún. Krilin no esperó a que el alien volviera a atacar, esta vez era él el que llevaba la iniciativa. Salió volando a escasos centímetros del suelo. Rant, al ver a su oponente aproximarse a él, abrió las piernas, flexionó las rodillas y, tras inclinar ligeramente el cuerpo y apretar los puños cerca de sus costillas, empezó a acumular su energía, envolviendo su cuerpo con un aura brillante. Krilin no se esperaba lo que estaba a punto de pasar. Siguió volando y, los huesos que Rant tenía sobresaliendo por todo el cuerpo, salieron disparados en todas direcciones. Krilin no tuvo tiempo de esquivar aquellos proyectiles y uno se le clavó directamente en el brazo, atravesándole el bíceps.
    Los amigos de Krilin pudieron esquivarlos ya que, al estar parados, vieron cómo se desarrolló el ataque del monstruo.
    Krilin cayó al suelo y tuvo el pensamiento de quitarse aquel hueso del brazo, pero si lo hacía, la sangre saldría a borbotones. El dolor era insoportable, no podía mover el brazo, lo tenía completamente inutilizado. Y, tapando el sol, proyectando su enorme sombra sobre el humano, Rant sonreía satisfecho de haberle herido.
    —Eres escurridizo, humano. Pero se acabó el juego.
    Krilin estaba de acuerdo. Rant cogió uno de los huesos que le quedaban en el cuerpo, concretamente el de su rodilla derecha y tras extraerlo de su articulación, lo alzó por encima de su cabeza, apuntando con la parte más afilada hacia el humano caído. Sin dar tiempo a despedidas, Rant descargó la espada sobre el humano. An cerró los ojos, Krilin no, se negaba a mostrar miedo, ni en su último momento de vida. Gracias a aquella determinación, Krilin pudo ver como Rant era atravesado por un cañón de luz anaranjada, rodeado por una espiral de energía del mismo color. Krilin reconocería aquel ataque donde fuera. Rant soltó el hueso que se clavó en el suelo a pocos centímetros de la cabeza del humano. Krilín alzó el brazo que le quedaba sano y tras un grito furioso proyectó su energía contra el extraterrestre. Los dos ataques unidos hicieron que Rant desapareciera, desintegrado, haciendo que su existencia fuera un simple recuerdo.
    Krilin se levantó del suelo, aunque el dolor de su brazo hacía que el mundo se tambalease. Miró la dirección desde donde había aparecido el rayo y allí, en un tejado, distinguió la capa blanca con hombreras de uno de sus mejores amigos. Allí estaba, para ayudarle con aquella amenaza. Piccolo había vuelto.

5

    —Ha estado cerca, Goku.
    —Usted lo ha dicho, ha estado cerca.
    —¡Maldita sea! ¿Realmente te niegas a ayudarles?
    —Krilin y Piccolo pueden con esto, rey Kaio.
    —¿Y si no?
    —Bulma se ocupará.
    —¿Cómo dices?
    —Aún están las Bolas de Dragón.
    —¿Bulma las tiene?
    —Le pedimos que las escondiera. Y, si hacían falta, las usara como último recurso.
    —¿No ha resucitado a su hijo?
    —Ni a su marido tampoco. Recuerde que Vegeta sólo ha sido revivido por las bolas namekianas. Él puede volver a la vida en la Tierra, pero yo no y tampoco lo quiero.

    El regreso de Piccolo suponía un alivio. Con Rant desaparecido, ahora estaban los dos guerreros más poderosos de la Tierra. Krilin estaba mutilado y, de hecho, se llevaba la mano al hombro del brazo herido, como si sujetarlo le fuera a calmar el dolor. Piccolo bajó del tejado de un salto, haciendo que su capa característica ondeara al viento. Bajo la capa no llevaba su uniforme lila, llevaba una especie de traje de una pieza, negro, de neopreno. En su cintura podía verse un cinturón grueso, metálico y sus pies estaban enfundados en unas botas blancas que envolvían la pernera del uniforme. Sus manos estaban desnudas, verdes, con sus uñas completamente blancas. Krilin miró el rostro de su amigo, sus cabeza, sin pelo, con dos pequeñas antenas en la frente. Sus ojos serios, desprovistos de cejas le miraban con una mezcla de asombro y seriedad. A los lados de su cabeza, sus grandes y puntiagudas orejas escuchaban el entorno. Piccolo lanzó una bolsita de tela a Krilin que la cogió con la mano del brazo sano.
    —Cómete una, y dale otra al resto.
    Krilin abrió el pequeño saco y dentro pudo ver un montón de Semillas del Ermitaño. Unas judías verdes con propiedades mágicas que los Guerreros Z usaban para restablecer su energía y sanar su cuerpo. Krilin se sacó el hueso de Rant del brazo y acto seguido empezó a masticar una de las semillas. Cuando la tragó el efecto fue inmediato. Sus heridas —la del hombro, la del bíceps y la de su pecho— sanaron por arte de magia y lo único que quedó de ellas fue la mancha de la sangre seca.
    —¿Cuándo has ido a ver al maestro Karin?
    —Ahora mismo vengo de allí —Piccolo miró a su amigo de arriba a abajo—. Te has vuelto muy fuerte —no era un elogio, simplemente una observación—. ¿Has entrenado en la Sala del Espíritu y del Tiempo?
    Krilin asintió y sus amigos y su mujer abrieron los ojos al entender que era aquella la razón de su cambio tan notable. ¿Cómo no habían pensado hasta aquel momento en la sala en la que un día pasa a la velocidad de un año?
    —Entré dos veces. Pensé que un mes entrenando en la montaña no serviría de mucho. Quería volverme más fuerte… dos años entrenando, en cambio…
    —Me sorprende que pudieras resistir. No te ofendas.
    —No lo hago. la primera vez que entré pensé que moriría allí dentro. No entendía como vosotros pudisteis hacerlo. Pero me negué a abandonar, recordé a…
    —Goku.
    —… sí… y me dije que él nunca se rendiría —hubo una pequeña pausa incómoda por el recuerdo de su amigo caído—. Me alegro de verte, Piccolo.
    —Yo también. Siento haber desaparecido, aunque creo que tú me entiendes mejor que nadie. Volví a Namek, estuve allí todo este tiempo hasta que Kibitoshin me dijo que la Tierra estaba a punto de ser atacada —Piccolo se calló y miró a Tins que se mantenía tranquila y sonriente—. Es muy poderosa.
    —Lo sé, no tiene nada que ver con el otro.
    Krilin se giró hacia sus amigos y se acercó con la bolsa de las judías mágicas. Se arrodilló junto a su mujer y le dio una, An dejó que su marido le metiera la semilla en la boca, pues sus brazos habían quedado inservibles; la masticó y tragó y, en cuestión de segundos un escalofriante crujido resonó proveniente de sus antebrazos cuyos huesos acababan de colocarse.
    —¿Estás bien?
    —Sí, gracias.
    Ambos se sonrieron y se besaron. Luego Krilin le dio una judía al resto de sus amigos que en pocos segundos estuvieron en pie. Tins contempló la escena ligeramente sorprendida. Como el niño que se interesa por un truco de magia.
    —¿Cómo habéis hecho eso?
    La pregunta sorprendió a todos. Krilin se giró hacia la enemiga arqueando una ceja con incredulidad.
    —¿Cómo dices?
    —Pregunto cómo habéis hecho eso. Ella tenía los brazos rotos y los otros… bueno, no es que hayan recibido precisamente una paliza pero entiendo que un golpe de Rant ha sido demasiado para ellos y ahora, de repente, están como antes de combatir. ¿Cómo lo habéis hecho?
    Krilin miró a sus amigos y luego, encogiéndose de hombros, le explicó las propiedades mágicas de las Semillas del Ermitaño.
    —Interesante. ¿Cómo murieron los Saiyajin teniendo un objeto tan milagroso como ese? Bastaría con llevar esas semillas durante la batalla e ir consumiéndolas. Os agradezco mucho el descubrimiento, me serán útiles para conquistar el resto de la galaxia.
    A Krilin le enfureció escuchar aquello. No por la amenaza que Tins acababa de lanzar sino por la verdad de sus palabras. ¿Cómo habían muerto tantos amigos durante sus recuerdos? ¿Cómo había muerto él mismo tantas veces teniendo las semillas en su poder? El hecho de que un alienígena le hubiera dicho en pocas palabras que los Guerreros Z habían sido unos inútiles durante toda su vida, hizo que la rabia se acomodara en el corazón del humano.
    —Bueno, cuando os mate buscaré esas semillas aunque tenga que arrasar la Tierra.
Mientras decía aquello, Tins empezó a acumular su energía, que se mostró como un aura espesa recorrida por rayos de energía que estallaban a su alrededor. Las piedras empezaron a vibrar en el suelo para, más tarde, levitar atraídas por el poder de la alienígena. El suelo tembló y las nubes empezaron a moverse de manera extraña, en círculos que se arremolinaban encima de su cabeza.
    —Cuidado Krilin, ésta no será tan sencilla de derrotar como el otro.
    —Lo sé, Piccolo.
    Y cuando el hombre dijo aquello, Tins salió disparada a tal velocidad que, en realidad, simplemente desapareció. Krilin y el resto sólo pudieron ser conscientes de que la alienígena se había movido, cuando recibieron el potente impacto de su ataque. Golpeó a todos los guerreros sin que estos pudiera siquiera verla. Volvieron a recibir un golpe, y luego otro. Parecían estar siendo atacados por algo que no existiera o por un ejército compuesto por soldados invisibles.
    Krilin recibió el impacto más fuerte en el vientre, y sus pulmones simplemente expulsaron todo el aire y parecieron cerrarse, negándose a acumularlo de nuevo. Pero lo que más le dolió fue el grito de dolor de su mujer cuando un golpe la lanzó por los aires y la hizo atravesar el tronco de un grueso árbol que se derrumbó encima de ella. La rabia se acumuló en el pecho de Krilin y, sin saber muy bien por qué pasó, el hombre lanzó un alarido de rabia al cielo haciendo que su poder se liberase. El viento se pronunció mientras la energía azul de Krilin le rodeaba el cuerpo y, como le hubo pasado a Tins, los rayos estallaban entorno a él. Los amigos de Krilin notaron como el fuerte viento les golpeaba y tenían que protegerse la cara con sus brazos. Krilin seguía gritando, como si ahora sus pulmones almacenaran todo el aire de la Tierra. De un punto concreto, sin que nadie se lo esperase, Tins apareció y salió despedida por los aires debido al torrente de energía de un hombre cuyo poder le empezó a preocupar.
    Krilin miró a Tins que aún no había tocado suelo y, endureciendo sus facciones, sintiendo como la rabia aún le dominaba más, invocó una técnica peligrosa para su cuerpo. Invocó el Ataque Kaio Ken, la técnica especial del Rey Kaio del Norte. La energía azul adquirió un tono rojo intenso y la piel del hombre, iluminada por aquella energía, se tornó más rosada. Su ojo se blanqueó, haciendo que su pupila y su iris se apagaran en un color gris mortecino. Sin esperar a nada más, Krilin salió disparado a una velocidad tal que, aún sin desaparecer, Tins no tuvo tiempo de reaccionar. Krilin voló paralelo al suelo y cuanto tuvo al alien debajo de él, le lanzó un potente golpe que impactó en la cara del extraterrestre. Tins cayó al suelo frenando aquel vuelo descontrolado. El humano, alzó el vuelo describiendo un círculo en el cielo y, cuando llegó al punto más alto de aquella circunferencia invisible, se lanzó en picado contra el suelo. En la caída, cuando su cabeza notaba la presión de aquella posición en la cual su rostro estaba más cerca del suelo que sus pies, Krilin llevó sus manos al lado de su cadera izquierda, como ya había hecho antes, e invocó las ondas Kamehame.
    —¡KRILIN NO! —la voz que se escuchó fue la de su maestro, que adivinó lo que el hombre estaba a punto de hacer—. ¡ES PELIGROSO!
    Pero su discípulo no estaba dispuesto a atender a razones e, ignorando a su maestro, Krilin lanzó el ataque directamente sobre la tierra en la que Tins estaba tumbada.
    El alien abrió los ojos, sin más, y en cuestión de segundos se levantó y, tras flexionar sus piernas para impulsarse, alzó el vuelo juntando sus brazos a los costados, creando con su cuerpo una línea recta. Todos, incluido Krilin, se sorprendieron al ver que el enemigo hacía algo así. Estaba volando hacia el cañón de energía. Krilin no detuvo el flujo de energía y se limitó a observar lo que su oponente hacía mientras él seguía descendiendo. Para espanto de todos, Tins cruzó el Kamehame como si de un simple chorro de agua a presión se tratara. Se introdujo en él y lo cruzó por dentro hasta llegar a la altura de Krilin que se vio obligado a detener el ataque cuando fue golpeado por la alienígena en la mejilla. Krilín sintió el golpe y sintió el dolor, pero el ataque del rey Kaio del Norte le otorgaban una fuerza y resistencias sobrehumanas. Se recuperó del golpe en cuestión de segundos y lanzó un potente puñetazo que Tins detuvo con el antebrazo. La extraterrestre sonreía, estaba emocionada por poder luchar con un personaje como aquel humano. Krilin se sorprendió al ver aquella sonrisa grotesca y hermosa a la vez, al ver reflejado en ella a un amigo suyo que disfrutaba cuando encontraba un oponente a su altura, un amigo que ya no estaba con ellos. El recuerdo de Son Goku le llenó de energía y, el siguiente ataque no pudo ser detenido. Sus nudillos impactaron en el vientre de la mujer de otro planeta, ésta se encorvó hacia delante y acto seguido recibió un potente codazo en la nuca viéndose atraída hacia el suelo en una caída en picado. Justo antes de impactar contra el suelo, Tins giró en una voltereta y amortiguó la caída con sus piernas y sus manos, quedando en una pose felina mientras miraba al punto alto en el que se encontraba su enemigo.

    Desde el sitio donde se habían escondido, al otro lado de la carretera, detrás de una casa cercana a la Corporación Cápsula, los amigos del humano observaban la batalla. Sentían admiración por lo que Krilin estaba consiguiendo. Un hombre que en otro día fue débil a pesar de su fortaleza, ahora estaba combatiendo en igualdad de condiciones con un enemigo realmente poderoso. Marron estaba orgullosa de su padre, aunque siempre lo había estado, pues pensaba que su valentía había quedado más que demostrada con los años. Un humano luchando codo con codo con una de las razas más poderosas del universo, los Saiyajin. Y ahora, estaba a punto de derrotar a una alienígena tan fuerte como aquella.
    Bulma tenía demasiada experiencia, había visto demasiados combates como para cantar victoria tan rápidamente. Sabía que aún no se había terminado, que Tins no se rendiría. Había viajado quién sabe desde qué planeta lejano, para conquistar la Tierra, y si se había tomado aquellas molestias, sin duda, era un enemigo al que temer. No, Bulma no cantaba victoria, sabía que no había que vender la piel del oso tan pronto.

6

    —Bulma, ¿me escuchas?
—¿Goku?
Sí, te hablo desde el Otro Mundo, gracias al rey Kaio.
—¡Goku, qué alegría escucharte!
Bulma, no hay tiempo que perder. ¿Aún tienes las bolas?
—¿Las Bolas de Dragón? Sí, claro, pero me dijiste que no volviera a usarlas.
Lo sé, pero debes hacerlo o la Tierra quedará destruida.
—¿Quieres que las use para revivir a alguien de vosotros? ¿Trunks?
Lo siento, Bulma, los Saiyajin no volveremos a la Tierra, es demasiado peligroso.
—¿Entonces?
Las naves que Krilin ha destruido eran sólo una milésima parte del ejército de esos monstruos. Han abierto un portal cercano a la Tierra, llegan desde un punto lejano del universo cruzando ese portal. Quiero que invoques al Dragón Shenlong y le pidas que cierre el portal antes de que más naves lo atraviesen. Con el resto de deseos puedes hacer lo que quieras pero Bulma, no revivas a nadie, por favor.

    Cuando la comunicación se cortó, Bulma notó como su pecho se desquebrajaba ante la última petición de su viejo amigo. Tenía tres deseos y Son Goku sólo le había pedido uno, ¿cómo podía contener su anhelo de ver de nuevo a su hijo? No le dio más vueltas y corrió hacia la Corporación Cápsula, completamente derruida. Las Bolas de Dragón estaban en una caja fuerte en el sótano del edificio. Ella misma había construido el contenedor, instalando inhibidores de frecuencia que impedían a cualquier radar recibir la señal de las bolas.
    Cuando estuvo cerca del edificio, y aún más cerca de la batalla, Bulma miró hacia el cielo donde Krilin se mantenía flotando, majestuosamente. Tins estaba demasiado furiosa, o excitada, como para prestar atención a la humana. La extraterrestre alzó el vuelo a gran velocidad y, ambos oponentes, se enzarzaron de nuevo en una lucha en la que intercambiaban golpes tan veloces que a la humana le costaba seguir.
    Bulma intentó quitar algunos escombros, pero pesaban demasiado. Pensó en el cartucho de Cápsulas que tenía en el bolsillo trasero de su pantalón, sopesando si tenía algo con lo que ayudarse para acceder al sótano, pero todo lo que tenía quizá generaría demasiado estruendo y quería acceder al subterráneo sin captar la atención de la extraterrestre. Tras ella, una sombra alargada se proyectaba en el suelo y, de no ser por la peculiaridad de la sombra, Bulma podría haberse asustado. Las orejas puntiagudas y los dos apéndices de su cabeza delataban por completo a aquella figura.
    —Hola, Piccolo.
    Bulma se giró y le dedicó una sonrisa sincera.
    —¿Qué haces, Bulma?
    —Goku me ha hablado a través del rey Kaio, me ha dicho que invoque al Dragón Shenlong para pedirle un deseo. Las bolas están en el sótano de la corporación.
    —¿Las bolas las tienes tú? —Bulma asintió, a pesar de que la pregunta de Piccolo no buscaba respuesta alguna, simplemente asimilación—. ¿Quiere que revivamos a algún Saiyajin?
    Esta vez, Bulma negó bajando la mirada para que no se viera su evidente decepción y dolor.
    —Los Saiyajin no quieren volver. Me ha pedido que cierre el portal que esos bichos han abierto cerca de la Tierra.
    Piccolo alzó la mirada hacia el cielo, como si pretendiera divisar el lejano agujero de gusano. Luego volvió la vista hacia su amiga y sintió admiración por el aplomo de aquella terrestre. Atrás quedaron los años en los que Piccolo quería dominar la Tierra, ahora se sentía parte de aquel planeta, y moriría protegiéndolo. Pidió a la humana que se apartara para poder ayudarla. Bulma hizo caso, retrocedió unos pasos y vio como Piccolo echaba un rápido vistazo a la lucha encarnizada entre Krilin y Tins.
    —Ha cambiado mucho…
    No esperaba respuesta, aquello lo dijo porque llevaba rato deseando hacerlo.
    Piccolo extendió el brazo con el puño cerrado y la palma apuntando hacia el cielo, luego estiró los dedos índice y corazón, dirigiéndolos hacia los escombros que empezaron a temblar y, tras plegar el brazo, dejando que los dedos apuntaran al cielo, las ruinas empezaron a flotar en el aire y quedaron así, flanqueando una puerta cuadrada de acero macizo que descansaba en el suelo a modo de trampilla.
    —Toda tuya, Bulma. Cumple el deseo de nuestro amigo.
    Y sin esperar a que Bulma dijera nada, salió volando hacia la lucha, dejando los escombros levitando y a la humana sonriendo. Ella también recordaba a aquel Piccolo vengador que había jurado matar a Son Goku, el mismo al que acababa de llamar “amigo”. La humana vio como Piccolo sorprendía a Tins con un potente puñetazo que quedó combinado con una patada de Krilin. Supo que no había motivo para la desconfianza, costase lo que costase, los Guerreros Z que quedaban con vida, podrían destruir a aquel monstruo.
    Bulma salió de su ensimismamiento y volvió a la tarea que tenía asignada. Pasó entre las rocas que se mantenían estáticas en el aire, como ancladas con cadenas invisibles, y se acuclilló junto a la puerta de acero macizo. Al lado de esta había un panel protegido con una plancha de metal. Bulma hundió la plancha y de forma automática se deslizó hacia el interior del suelo dejando al descubierto una serie de botones numéricos. Bulma pulsó 31284* y la puerta de acero crujió y siseó liberando el aire del interior antes de abrirse hacia arriba empujada por unos pistones y sujetada por unas enormes bisagras. La mujer empezó a bajar unos escalones de piedra hasta que, unos cuantos peldaños más tarde, llegó al último y la luz, una luz blanquecina y casi cegadora, se encendió al detectar el movimiento de la inventora.
    Bulma empezó a andar por el sótano, éste repleto de mesas de trabajo con piezas desperdigadas. Las paredes estaban dominadas por herramientas de todo tipo. Algunas normales y corrientes, otras pocas creadas por ella misma para facilitarle algunos trabajos.
    En una mesa de trabajo metálica, podían verse un sin fin de piezas que, una vez estuvieran unidas, formarían un androide de aspecto humano. La cabeza sin carne parecía un cráneo de una aleación que emulaba al metal pulido. Las cuencas de los ojos estaban vacías y de ellas salían cables que quedaban colgando en los pómulos de aquella cabeza robótica.
    Bulma recorrió el taller hasta llegar al fondo. La pared que tenía delante era completamente lisa pero la mujer posó la mano y la pared hizo un movimiento extraño, como si fuera una pantalla con interferencias. Era exactamente eso, la pared era una simple ilusión olográfica creada para confundir a los intrusos. Bulma siguió andando y se quedó en medio de ninguna parte. Aquel ala del taller estaba vacía. En el suelo, de forma sutil, había un surco que dibujaba la silueta perfecta de una mano. Era tan suave que había que fijarse para encontrarla. La inventora se agachó y posó su mano en la huella. Frente a ella, en el suelo, un círculo se dibujó con luz, cuando la redonda fue perfecta, del hormigón empezó a emerger un cilindro de piedra. Bulma se levantó y quedó a la espera de que la columna llegara al techo. En el centro de la columna cilíndrica, había una pequeña abertura y, en ésta, un cofre descansaba a la espera de ser rescatado de la oscuridad. Bulma cogió el cofre y, sin dar más importancia a nada de lo que había hecho, desanduvo sus pasos hasta llegar al jardín de la Corporación Cápsula.
    Había estado poco rato bajo tierra, pero el combate que sus amigos mantenían contra Tins había seguido avanzando. Piccolo estaba en el suelo que se agrietaba bajo él, y a su alrededor se alzaba una nube de polvo. Bulma dedujo que el namekiano había caído tras un golpe del enemigo. Krilin, por otro lado, estaba junto a su mujer que había quedado inconsciente. Bulma se preguntó qué había pasado mientras ella había estado en el taller. La insonorización del cuarto subterráneo era perfecta, lo había aislado de todo para poder trabajar tranquilamente. Tins estaba en el tejado de una casa cercana a la Corporación, riéndose con un sonido agudo y enervante. De pronto, la extraterrestre alzó el vuelo quedando justo encima del jardín donde los Guerreros Z estaban. Alzó el brazo, apuntando con la palma de su mano al cielo y en cuestión de segundos, levitando a unos diez centímetros de ésta, apareció una esfera de luz violácea que empezó a crecer sin piedad.
    —¡ME HE DIVERTIDO MUCHO, TERRÍCOLAS, PERO CREO QUE VA SIENDO HORA DE PONER FIN!
    Bulma quedó horrorizada al ver que la alienígena pretendía lanzar aquella mole energética contra la Tierra. No sabía cuán poderosa era, ella no podía percibir la energía, pero sabía que aquel ataque podría ser el último. Mientras la mujer se sumergía en aquella desazón, la voz de Goku volvió a sonar dentro de su cabeza.
    —¡Bulma, date prisa!
    —¿Qué más da que se cierre el portal, Goku? Vamos a morir de todas formas.
    —¡BULMA!
    El grito interno hizo que la mujer dejara de compadecerse. Le hizo reaccionar. Abrió el cofre que llevaba en las manos y el brillo anaranjado de las Bolas de Dragón le iluminaron la cara. Había olvidado lo hermosas que eran. Siete esferas de un amarillo vivo con un número concreto de estrellas cada una, del uno al siete, le saludaban con aquel fulgor divino intermitente. La mujer sonrió con nostalgia, y sin preocuparse de cogerlas una a una, giró el cofre y dejó que las bolas cayeran al suelo. La caída fue amortiguada por el césped y las esferas no rodaron sino que quedaron ancladas en el sitio.
    —¡DRAGÓN SHENLONG, TE INVOCO, CUMPLE MIS DESEOS!
    Cuando dijo aquello, el cielo sobre Tins se oscureció como si, de repente, el sol se hubiera apagado. Las esferas emitieron un brillo tan fuerte que dejaron de ser visibles. De aquel resplandor salió disparada una gruesa columna de luz que se retorcía y soltaba impulsos y rayos durante su ascenso. Tins, desde las alturas, se vio obligada a abortar el ataque para poder esquivar aquel cañón de luz que había ascendido a una velocidad endiablada.
    Bulma no podía creerse la suerte que había tenido, había conseguido evitar el ataque del enemigo, ella, una simple humana.
    Los Guerreros Z se quedaron mirando aquel fenómeno de sobras conocido para ellos. Krilin miró a Bulma con una mezcla de asombro y rencor. Se dio cuenta de que todo ese tiempo, ella había tenido las Bolas de Dragón y que no había dicho nada. El humano vio como la columna se había alzado describiendo una serie de curvas luminosas para, poco después, perder por completo el brillo. Donde antes había luz, ahora podía verse un enorme monstruo capaz de imponer respeto incluso a aquella alienígena venida con la intención de destruir la Tierra. El cielo fue conquistado por un gigantesco dragón verde cubierto de escamas. La cabeza en forma de flecha mostraba dos cuernos superiores que bien parecían dos troncos de árbol. Sus ojos rojos refulgían en la oscuridad de la noche que él mismo había creado. En el hocico se podían ver dos largos bigotes parecidos a antenas y su boca estaba repleta de dientes afilados que le daban un aspecto aterrador. Su cuerpo era alargado, infinito, como el de una serpiente descomunal y a los laterales, dos brazos delgados pero musculosos se desplegaban hasta culminar en unas fuertes garras de uñas negras.
    Me habéis invocado
    Empezó a decir el dragón con una voz tan profunda que hizo retumbar los cristales de las casas circundantes.
    Ahora os concederé tres deseos.
    —¡Dragón Shenlong! —gritó Bulma para que el dragón, desde aquella altura, pudiera escucharla—. ¡Estamos siendo atacados por alienígenas. Han abierto un portal en el espacio desde algún punto lejano del universo y lo están usando para viajar hasta aquí! ¡Por favor, Shenlong, cierra el portal para que no puedan venir más monstruos!
    Se hizo el silencio, un silencio roto por Tins que entendió perfectamente lo que estaba a punto de ocurrir. El alienígena lanzó un grito de rabia y creó en su mano una esfera de luz que lanzó contra el dragón. Bulma se quedó sin aliento al ver como la bola de energía volaba hacia Shenlong. Sus esperanzas estaban puestas en aquel ser divino. La bola de energía voló a gran velocidad y, cuando estaba a punto de alcanzar su objetivo, algo se interpuso en su camino. Bulma no distinguió la figura, pero el grito desgarrador tenía una voz inconfundible para ella, era Krilin que se había sacrificado para que no le ocurriera nada al Dragón Shenlong. El humano empezó a caer en picado y tuvo que ser rescatado por Then Shin Han antes de que se estrellase contra el suelo. Bulma tenía el corazón al galope, miraba al dragón, a Tins y a su amigo, este último en el suelo, en brazos de Then Shin Han.
    Los ojos de Shenlong se iluminaron y, sin dar más importancia dijo:
    Vuestro deseo se ha cumplido. ¿Cuál es el segundo deseo?
    El portal había sido cerrado. Ellos no podían verlo, pero si Shenlong decía que así era, se lo podían creer sin reparos. Bulma echó un ojo a su amigo y, para su espanto, vio como Krilin tosió y de su boca salió disparado un chorro de sangre. La mujer se llevó las manos a la boca espantada. Miró al dragón y supo qué hacer.
    —¡Dragón Shenlong, por favor, salva a Krilin, no dejes que se muera!
    Los ojos de Shenlong se iluminaron más deprisa esta vez ya que el deseo requería menos esfuerzo por su parte.
Bulma volvió a mirar a su amigo, cuyo cuerpo lanzó un impulso breve de luz y de repente dejó de toser y de quejarse. Las heridas de Krilin habían sido sanadas por el poder mágico del dragón.
    ¡Ya he cumplido vuestro segundo deseo! ¿Cuál es vuestro último deseo?

leyenda

7

    —Ha estado a punto de ocurrir lo peor.
    —Pero no ha ocurrido, rey Kaio. Deje de preocuparse. Bulma ha hecho bien en usar el segundo deseo para salvar a Krilin. Sólo él puede derrotar a ese monstruo.
    —Quién lo iba a decir. El joven Krilin será el salvador de la Tierra. Pero ¿cómo va a matar a Tins?
    —Déjeme hablar con él.
    —Has tardado mucho en hacerlo, ¿eh? Necesita escuchar la voz de un viejo amigo.

    Krilin se levantó del suelo como si no hubiera recibido el impacto de aquella bola de energía. Tins, desde las alturas, miraba entre furiosa y desconcertada. Sabía qué era aquel monstruo gigantesco. No porque lo hubiera visto antes, sino porque su secuaz, Rant, le había explicado con todo lujo de detalles la leyenda del Dragón Shenlong.
    —¿Creéis que me importa que hayáis cerrado el portal? ¡Me basto para destruiros a todos!
    Entonces la alienínega hizo algo que nadie se esperaba. Miró directamente a los ojos inmensos del dragón y, tras llenarse los pulmones, formuló el tercer deseo:
    —¡HAZME MÁS PODEROSA!
    Los ojos del dragón se iluminaron con aquel rojo intenso. El suelo tembló y las nubes descargaron sobre la Tierra su ejército de relámpagos. Los Guerreros Z notaron un martilleo doloroso dentro de sus cabezas; la energía de Tins estaba creciendo sin control. Sus brazos se deformaron por los músculos y la fragilidad hermosa de aquella criatura de otro planeta, se corrompió con la dureza y lo grotesco de su poder.
    ¡Ya he cumplido todos vuestros deseos!
    Cuando dijo aquello, el Dragón se tornó luz de nuevo y desapareció. Acto seguido, las bolas se iluminaron y empezaron a levitar hasta que, cuando alcanzaron la altura necesaria, salieron disparadas cada una hacia un punto lejano del planeta; desperdigadas hasta que, dentro de un año, alguien pudiera volver a encontrarlas. El cielo se iluminó, recuperando la luz diurna, a pesar de que ésta estaba taponada por las nubes generadas por el poder recién adquirido de Tins.
    Krilin, furioso por haber permitido que aquella repugnante extraterrestre le hiriera, se lanzó al ataque. Sus piernas impulsaron su cuerpo en un salto potente que le elevó a una velocidad endiablada. Llevó una de sus manos junto a su cadera, acumulando su poder en ella, para luego extender el brazo hacia arriba, apuntando con aquella mano hacia su enemigo. De la palma de la mano de Krilin salió disparada una bola de energía que no tardó en impactar contra Tins, que seguía reuniendo su poder. Sin esperar un segundo, Krilin repitió el ataque con la otra mano, y después volvió a usar la primera. Sus bolas de energía se sucedían una a la otra de forma vertiginosa y estallaban en el punto exacto donde Tins se encontraba. Una nube de humo negro se creó y creció a medida que los ataques de Krilin impactaban. Cuando estuvo a escasos metros de la zona de impacto, Krilin supo que algo iba mal. El poder de la alienígena no había menguado ni un ápice.
    Cuando menos se lo esperaba, de aquella nube espesa de humo, salió, rompiendo la pared etérea, un rostro que en nada se parecía a aquella hermosa cara que Tins había lucido desde su llegada a la Tierra. Ahora era un monstruo, en el más estricto sentido de la palabra. Su mentón se había cuadriculado y endurecido y sus dientes se habían alargado. Su antiguo cuello, fino, sensual, se había vuelto un grueso nudo de músculos. Fue todo lo que Krilin pudo ver antes de ser golpeado. Aquello y el mastodóntico puño que se estrelló directamente contra su mejilla lanzándolo por los aires en una caída meteórica de la que, esta vez, nadie le salvó. Fue tan rápido el ataque, y tan furiosa la caída, que Krilin atravesó el suelo como si en realidad no existiera.
    Los Guerreros Z miraron, aterrados, la figura que ahora empezaba a descender. El suelo crujió bajo los pies de una Tins totalmente distinta. Su tamaño se había multiplicado. Era más alta y más fuerte. Sus brazos eran un cúmulo de gruesos músculos. Sus bíceps se marcaban y las venas se resaltaban en aquella piel amarilla. Sus piernas imitaban aquel grosor, eran dos robles que la anclaban al suelo.
    —¡No os dejéis engañar por su tamaño, es muy rápida!
    La voz sonó de una zona a la espalda de los guerreros. Era Krilin, cuya piel y ropa estaban completamente ensangrentadas. Un hilo de sangre le caía verticalmente de la comisura de la boca.
    —Es incluso más rápida que antes.
    Tins sonrió y su sonrisa también se había desprovisto de la belleza inicial. Sus facciones se habían vuelto tan varoniles que obligaban a olvidar que en algún momento había sido una alienígena hermosa.
    —Estáis perdidos, humanos —la voz le sonó rugosa y profunda—. ¿Sabéis? Creo que ha sido mucho peor para vosotros haber destruido el portal. Sin ayuda de mi ejército, tendré que encargarme personalmente de vuestra muerte. ¡CONTEMPLAD MI PODER!
    Tins inclinó ligeramente su cuerpo, con las piernas abiertas y los puños cerrados. Los músculos se le tensaron y de su ser salió despedida una onda expansiva tan potente que azotó los edificios circundantes y lanzó a los Guerreros por los aires.
    Krilin atravesó varias casas hasta que el suelo detuvo su vuelo descontrolado. Estaba empezando a cansarse de que aquella criatura le hiciera volar por los aires. Se puso de pie, a pesar de que le costó más de lo que le gustaría admitir. Y, cuando estuvo a punto de lanzarse de nuevo a la lucha, una voz sonó dentro de su cabeza. Una voz sumamente familiar. Su corazón se estremeció al escuchar a aquel amigo que ya no estaba.
    —Krilin…
    —Goku… ¿en serio eres tú?
    —Lo soy, viejo amigo. Te hablo a través de Kaio.
    —Necesitamos tu ayuda, Goku.
    —No, no la necesitáis. Tú puedes derrotarla, Krilin. Sabes que puedes.
    —Te equivocas. Es demasiado poderosa, y más ahora que ha pedido el último deseo.
    —Hay una técnica que no podrá detener. Sólo una…
    Krilin supo inmediatamente a qué técnica se refería su amigo.
    —Yo no sé hacerla, Goku, es imposible.
    —¿Cuántas veces me la has visto hacer, Krilin? Puedes hacerla.
    —La Genkidama… es una locura.
    Krilin sonrió, acababa de decirle a su amigo Son Goku que una idea suya era una locura. Era como decir que el sol arde o que la noche es oscura. Hizo memoria, intentando recordar una sola vez en la que su amigo se hubiera equivocado en una batalla. Recordó cuando Goku aseguró que su hijo, Son Gohan, derrotaría al monstruo llamado Célula. Todo el mundo se espantó ante la idea absurda de que eso pudiera ocurrir, pero, fuera de todo pronóstico, el hijo de Goku derrotó a aquel engendro.
    —De acuerdo, Goku, hagamos una Genkidama.
    Goku, desde el Otro Mundo, sonrió ante la aceptación de su amigo. Se sentía orgulloso de él.
    —Voy a explicárselo al resto, haré que te den tiempo distrayendo a Tins. Tú alza los brazos y concéntrate en todo lo que te rodea. Busca el poder oculto en todas las cosas. Haz que el todo y la nada formen parte de ti.
    —“Que el todo y la nada formen parte de mí”, lo intentaré.
    Krilin alzó los brazos al cielo, con las palmas de ambas manos apuntando hacia las nubes amenazantes. Cerró los ojos y en el negro de sus párpados lo vio todo. Su respiración se relajó y a él empezó a acudir la energía de los árboles, de la roca y de la hierba; del cielo, con sus nubes repletas de rayos; del agua que circulaba por las tuberías debajo de sus pies. Sintió como todo su entorno se abría a él de una forma mágica y maravillosa. Sin abrir los ojos, vio a sus amigos lanzarse a la batalla. Habían escuchado las palabras de Son Goku en sus mentes, y empujados por ellas, como si estas tuvieran el poder de renovar fuerzas, atacaron a Tins todos a una. El ataque lo dirigió Piccolo por ser el guerrero más poderoso que había en aquel grupo. El namekiano fue el primero en caer, aunque se levantó del suelo como un resorte y lanzó contra Tins un cañón de energía que no le hizo más que cosquillas. No pretendía conseguir nada más. Krilin, desde la claridad total de su mente, entendió que Piccolo y los demás estaban simplemente distrayendo a la alienígena, sin usar todo su poder. ¿Era una indicación de Goku?
    Un poder asombrosamente puro distrajo los pensamientos del humano. Sobre él, una diminuta bola de energía que lanzaba ráfagas de luz, se empezó a crear. Contenía el poder de la naturaleza. Era una bola demasiado pequeña para poder competir contra la guerrera de otro planeta, apenas del tamaño de un balón de fútbol, pero era un buen comienzo. Krilin sintió algo extraño en su pecho, no era nada malo, simplemente algo extraño. Era la primera vez que intentaba hacer aquello, era el ataque de su amigo, y él lo estaba consiguiendo.
    —Muy bien, Krilin —la voz de Goku regresó a su mente—. Lo estás haciendo muy bien. La naturaleza seguirá dándote su poder y la bola se hará más grande. Cuando esté lo suficientemente grande, haré que los demás te presten su energía. Nosotros también te la daremos y el rey Kaio pedirá a los habitantes de otros planetas que te presten su energía. Vas a hacer una Genkidama Universal, derrotarás a ese monstruo.
    Las palabras de Son Goku le reconfortaron. Su amigo creía en él, y no lo decepcionaría. Demasiada gente estaba depositando su fe ciega en aquel humano. ¿Y si fallaba? Se reprendió a sí mismo por pensar en aquello. No podía permitirse el lujo de sucumbir a la negatividad. No fallaría. Se lo debía a Goku y se lo debía a él mismo.
    —Goku —dijo el humano con los ojos llenos de lágrimas por la emoción que le causaba estar haciendo aquello—… gracias.
    —No, Krilin, gracias a ti…
    Las lágrimas no pudieron esperar más y bañaron las mejillas del hombre. Eran demasiadas emociones conectadas entre sí. La pureza del poder de la naturaleza se unía de forma abrupta y hermosa a la sensación asfixiante de estar hablando de nuevo con alguien a quien consideraba como un hermano. Lo echaba de menos, necesitaba tenerle cerca.
    —Estoy contigo, Krilin. Prepárate, ahí viene.
    Krilin pensó que su amigo se refería a Tins, pero una milésima de segundo después del sobresalto entendió que se refería al poder. Notó la energía de millones de espíritus generosos. Notaba como la Genkidama crecía sin piedad y su poder le embriagaba. Era sensacional poder estar sintiendo aquello.
    Sin ser consciente de porqué lo estaba haciendo, Krilin se elevó en el aire y, con él, la enorme bola, que había adquirido un tamaño que superaba al del propio humano, también empezó a ascender. Por encima de los edificios, Krilin pudo ver como sus amigos combatían sin descanso a un enemigo demasiado poderoso para ellos. Caían y se levantaban para volver a ser golpeados y volver al suelo. A Krilin le dolió especialmente ver a su mujer caída.
    Piccolo miró por encima de su hombro en dirección a Krilin. Lo había conseguido, su amigo había conseguido invocar la Genkidama con éxito.
    Tins siguió la mirada del namekiano y sus ojos se abrieron como platos. Se había olvidado por completo de la existencia de Krilin. Inmersa en la lucha contra los Guerreros Z, no había caído en que faltaba el más importante, el más peligroso de todos, el único al que no tendría que haber perdido de vista.
    —¡¿Qué es eso?!
    La pregunta tenía un tono de terror que no pudo quedar disimulado. Piccolo sonrió.
    —Es tu final.
    Al escuchar aquello, los ojos de Tins se abrieron aún más. De alguna forma pensó que el hombre verde tenía razón. Invocó una bola de energía del tamaño de su cabeza y la lanzó con furia contra la enorme esfera de poder que flotaba encima de Krilin. El ataque de la alienígena se introdujo dentro de la Genkidama, como si hubiera sido absorbida sin más problemas. Tins no consiguió nada más que contribuír al crecimiento de la bola. Su energía había hecho que la Genkidama creciera bastante más. Krilin no sabía que aquello podía ocurrir. Entonces, dentro de él, sintió que la bola estaba a punto de llegar al nivel máximo. Miró a sus amigos: tanto a los guerreros como a los que contemplaban el combate ocultos. Su hija, Bulma…
    —¡LEVANTAD LAS MANOS, DADME VUESTRA ENERGÍA!
    Al escuchar la petición salida de la garganta desgarrada del hombre, sus amigos reaccionaron. Alzaron sus manos al aire y dejaron que la energía les abandonara para pasar a formar parte de aquella bola de poder puro. Krilin supo, entonces, que la Genkidama estaba completa. No podía creerse lo rápido que había sido todo.
    —¡Apartaos, voy a lanzarla!
    Tins vio como todos sus enemigos huían de la zona en la que se encontraban, dejándola sola ante un peligro inminente. La alienígena, en un acto desesperado, se lanzó al ataque a una velocidad endiablada. «Gracias por alejarte del suelo» pensó Krilin. Miró hacia arriba, hacia la bola titánica que había encima suyo y después lanzó el ataque inclinando su cuerpo hacia delante sin dejar de extender los brazos. La Genkidama arrancó la marcha imparable hacia su enemigo, primero lentamente para luego, tomar velocidad.
    Tins se detuvo en seco al ver como aquella mole de luz se le venía encima. No podía rendirse, no había viajado hasta aquel maldito planeta para dejarse vencer por un simple humano. Lanzó un alarido en el que se mezclaba la rabia y la frustración, y aquel grito liberó sus reservas de energía. Extendió sus brazos hacia adelante, apuntando con ellos a la bola y lanzó su último ataque. El cuerpo de Tins se vio rodeado por un aura brillante y justo delante de sus manos empezó a formarse un destello brillante que poco a poco creció. No podía esperar más, la Genkidama estaba casi encima suyo. Lanzó un potente cañón de energía, a pesar de no haber conseguido reunir todo su potencial, y la columna horizontal surcó el cielo hasta impactar de pleno con aquel ataque que le había hecho temer su muerte. La Genkidama se detuvo para horror de Krilin que seguía con los brazos extendidos para no romper la conexión con su ataque.
    —Krilin, no te rindas. Puedes hacerlo.
    La voz de Goku le acompañaba en aquel momento complicado. Sus brazos se tensaron y sus músculos se agarrotaron. No pensaba rendirse.
    Tins ejerció más presión con su ataque y, la Genkidama, empezó a retroceder. Krilin notó la resistencia y tuvo que poner más de su parte. La bola creció por el poder del propio atacante y volvió a ganar terreno. Aquella lucha se decidiría con el oponente que más reserva de energía tuviera. Tins era poderosa, y la energía que el Dragón Shenlong le había otorgado le volvía una contrincante demasiado peligrosa. Krilin, por su parte, estaba poniendo a prueba todo lo que había conseguido con su duro entrenamiento.
    Tins liberó todo su poder y con él el cañón de energía que salía de sus manos se acrecentó hasta adquirir el grosor de diez robles. Era un ataque demoledor y el humano vio como la Genkidama empezaba a retroceder a gran velocidad. No era rival para aquel monstruoso ser. Cuando se supo derrotado ocurrió algo. La Genkidama se detuvo en el momento en el que una bola de energía impactó en la espalda de la alienígena. Krilin pudo ver a su maestro de pie, en el suelo, con el torso hinchado repleto de músculos. Tins se distrajo con el ataque. Krilin estaba horrorizado.
    —Maestro…
    Entonces notó un apretón en su hombro. Miró a su lado y vio junto a él a sus amigos Guerreros. Piccolo, Yamcha, Ten Shin Han y su mujer, sonriéndole. Su mujer le miró con rabia, no rabia hacia él, sino hacia aquel maldito ser que había venido a perturbar la paz de los terrícolas.
    —Acabemos con esto…
    Los Guerreros Z desplegaron su poder y lanzaron sus ataques más potentes contra la Genkidama, haciendo que sus cañones de energía se unieran al ataque de Krilin. La bola enorme ganó velocidad, empujada por las técnicas de aquellos luchadores. Desde el suelo, ya que no sabía volar, Kame Sen’nin invocó las ondas Kamehame y lanzó aquel mítico ataque que tan grande le había hecho contra la alienígena.
    —¡MUERE!
    Tins se distrajo por el ataque del anciano y dejó de ser consciente, por un segundo, de lo que ocurría delante de ella. No se había dado cuenta de que Krilin estaba siendo ayudado por sus amigos.
Krilin, por su parte, decidió terminar con aquello. Se concentró en su propia energía y llamó al Kaioken para que acudiera a él. Un aura roja le rodeó y le multiplicó la fuerza.
    —Gracias por vuestra ayuda, amigos. Gracias por tu ayuda, Goku. Esto se acaba aquí.
    Tins pareció sentir el incremento de poder del humano y volvió a centrarse en su ataque. La Genkidama estaba muy cerca, demasiado cerca. Había sido tan estúpida de dejarse engañar por un miserable viejo humano y ahora estaba a punto de pagar las consecuencias. Descargó todo el poder que pudo pero entonces escuchó algo que le heló la sangre, la voz de Krilin, amplificada por un eco imposible:
    —¡Ka…
    Todo empezó a ir más lento.
    —…me…
    Invocó todo su poder intentando impedir que el humano descargara contra ella aquella técnica ifernal.
    —…ha…
    La Genkidama retocedió una última vez al recibir el impacto de la energía de Tins.
    —…me…
    Y entonces lo supo, aquel era el fin.
    —…HAAAAAAAAA!
    De los brazos extendidos, de las manos endurecidas de Krilin, salio la onda Kamehame como un cañón salvador que impactó contra la Genkidama haciendo que esta creciera de forma aterradora. La bola empezó a descender a una velocidad que parecía imposible por su tamaño. El ataque de Tins iba siendo engullido poco a poco por la enorme masa esférica de luz.
    —¡NO PUEDE SER!
    Pero sí que podía ser. Tins desistió, dejó que el cañón de energía se detuviera. Ya nada podía hacer, supo que aquel humano al que poco tiempo antes había subestimado, acababa de vencerla. La bola Genki la envolvió haciendo que desapareciera desintegrada, como si nunca hubiera existido. La Genkidama siguió su camino. Los Guerreros Z detuvieron sus ataques y Krilin, deteniendo el fluido de su poder, hizo que la bola fuera menguando poco a poco hasta que desapareció poco antes de impactar contra la Tierra.
    Antes de que nadie pudiera celebrarlo, Krilin cayó en picado, presa de su agotamiento. Había usado el Kaioken dos veces seguidas, había creado una Genkidama Universal y había lanzado su onda Kamehame más potente. Sus reservas de energía estaban bajo mínimos, ya no podía mantenerse en el aire.
    Su mujer, An, acudió rápidamente en su ayuda. Lo sujetó en el aire. A pesar del más que conocido poder de la antigua androide, era realmente extraño ver a una mujer tan pequeña cargando con aquel hombre. An descendió hasta el suelo, con su marido, y lo dejó tumbado en la tierra. Los guerreros también descendieron y, tanto el Kame Sen’nin, como el resto de compañeros que habían en tierra firme, corrieron hacia ellos.
    —¿Papá está bien?
    —No te preocupes cariño, sólo está cansado. ¿Quedan Semillas del Ermitaño?
    Piccolo la acercó la bolsa y la volcó en su mano. Sólo había una judía, no necesitaban más. Se la colocó dentro de la boca a su marido y le obligó a masticarla. Krilin no estaba inconsciente, sólo estaba exhausto. Cuando tragó la habichuela, su energía se restauró al instante. Su ojo sano se abrió de golpe y se incorporó quedando sentado de una forma tan abrupta que sus amigos se tuvieron que apartar para no ser golpeados por su cabeza.
    Krilin estaba desorientado, era consciente de lo que acababa de hacer, pero no estaba seguro de que aquello hubiera sido real.
    —Has vencido, cariño, has vencido.
    Krilin miró los ojos azules de su mujer. Miró al resto de sus amigos, a su hija que le abrazó sin dudarlo. Estaba rodeado de la gente que le quería. Y, desde un punto lejano del Otro Mundo, la voz de Goku sonó en el aire. No sonó dentro de nadie en concreto y, a la vez, sonó dentro de todos ellos.
    —Estoy muy orgulloso de vosotros. Sabía que podríais vencer sin nuestra ayuda.
    —¿Lo sabías?
    —Nunca he dudado de ti, Krilin, te has vuelto un hombre poderoso.
    —Ojalá estuvieras vivo, Goku.
    —Mientras uno de vosotros siga recordándome, nunca moriré.
    Y la comunicación se cortó dejando sólo silencio. Un silencio tan ensordecedor como doloroso. La ausencia de una voz que todos sentían como parte de ellos. Pero no era momento de estar tristes, ellos, los Guerreros Z, acababan de devolver la paz a la tierra. Estaban preparados para cualquier amenaza, ahora sabían que se bastaban ellos solos para proteger su planeta. Acababan de lanzar un mensaje al universo. Venid, y sufriréis nuestra ira.

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