Gotas de sangre

El que derrama sangre, verá su sangre derramada.
Génesis (La Biblia)

    Todo sucedió en Galicia; en una gran casa de fachada turbia y paredes que parecían eternas, imposibles de distinguir por la continua oscuridad y la vejez y suciedad de éstas.
    Un grupo de niños, siempre dispuestos a impresionarse entre ellos, dispuestos a demostrar su valía; invadieron aquella lúgubre mansión para pasar en ella la noche.
    Los amigos llegaron por la tarde y se adentraron en la casa abandonada. Hablaron durante horas de las leyendas que envolvían aquel lugar, rodeados de fotos antiguas en blanco y negro en las que se veía a la primera y última familia que habitó aquel hogar; un matrimonio de unos cuarenta años y dos niños que no debían superar los diez. En esas fotografías se veía a dicha familia con un perro de aspecto fragil.
    La historia más oída en aquel pueblo era la que hablaba del suceso trágico con el que empezó todo. Se decía que Whisky, el perro, se volvió loco al ver a los dos niños pelear en broma; mientras jugaban, el perro se acercó para ver lo que sucedía y, en su mente protectora, no entendió que los hermanos estuvieran jugando. Con la intención de ayudar, se abalanzó sobre el mayor de los hermanos, mientras el otro, intentando salvar a su querido hermano, empezó a golpear al perro. El animal, que entendió que aquel niño era una amenaza, atacó al más pequeño que consiguió hacer daño a su mascota. Las historias contaban los detalles de aquel suceso, detalles desagradables y sangrientos.
    Cuando el matrimonió volvió de la compra se encontraron la carnicería en el jardín. Sus dos hijos yacían muertos. La pareja, completamente horrorizada, vio un rastro de sangre que entraba en la casa y que llevaba al piso superior donde se hallaba el perro, en el lavabo, cubierto de la sangre de los dos hijos, moviendo la cola pensando que había hecho algo realmente bueno protegiendo a sus dos dueños. El padre estalló y mató al perro. Nada volvió a ser igual en aquella familia. El padre enloqueció. Pasaron los años y el hombre, que no parecía hostil, empezó a serenarse aunque nunca volvió a ser el mismo.
    Un día, mientras cosía, la mujer de aquel padre destrozado por la pena, le comunicó que estaba embarazada de seis meses. No se lo había dicho antes porque no le daba miedo la reacción del hombre y, aunque el vientre esta hinchado y era claramente visible que la mujer estaba en estado, la enagenación del hombre le impidió ver más allá de sus propios fantasmas.
    —No… no puede ser…
    Dijo el marido en un tono de voz casi inaudible.
    —¿Cómo dices, cariño?
    Preguntó la mujer, sonriente.
    —Digo… que no… puedes tener… ¡más hijos!
    Y acto seguido cogió las tijeras con la que su mujer cortaba las telas y las clavó en el vientre de ella haciendo que perdiese al niño en el acto.
    —Le he matado, no podía dejarle nacer. Sólo dos, sólo dos hijos pueden ser míos. No puedo tener más. No podía dejarle nacer. Le he matado. Le he matado. Le he matado…
    Mientras él repetía continuamente esas palabras, la mujer moría desangrada a sus pies. El hombre había perdido todo contacto con la realidad. No se daba cuenta de que su amada espora ya no estaba con él. Sólo tenía la compañía de un cuerpo sin vida, un cadáver sin alma.
    Días después, una vecina avisó a la policía pues, desde su jardín, percibía un hedor pútrido que salía de la casa. Cuando los agentes de policía entraron se tuvieron que tapar la nariz para no vomitar. El olor a descomposición se había agarrado a las paredes para no soltarse. Subieron al piso de arriba y allí encontraron a la mujer, tumbada sobre su propia sangre. Un agente llamó a su compañero desde otra habitación y cuando éste acudió a la llamada, pudo ver, en la habitación de los niños, al padre muerto, con la cabeza destrozada. Estaba sentado en el suelo, apoyado en la pared cuyos dibujos infantiles habían quedado completamente salpicados de sangre. En sus manos descansaba una escopeta.
    Aquella no era una simple leyenda. Era la historia verdadera de lo que ocurrió en aquella casa. Y los niños que la estaban contando empezaron a relatar otras historias de terror hasta que la noche les sorprendió. Era hora de dormir, era hora de temer a la soledad. Decidieron dormir cada uno en una habitación y, aunque no todos estaban de acuerdo, acabaron haciéndolo.
    Para sorpresa de todos, los niños se durmieron enseguida. Todos roncaban plácidamente y fue entonces cuando se empezó a escuchar en toda la casa un ruido. Tres golpes pequeños que se pronunciaron con el eco de aquella casa vacía. Sólo tres, un “cloc, cloc, cloc” por toda la casa. Uno de los críos se despertó, escuchó con atención y distinguió el ruido de las gotas. “¿Quién ha sido el idiota de dejar un grifo abierto?” se preguntó Roberto. Era el mayor de todos ellos. Se levantó y salió de la habitación en la que dormía, estaba en el piso de arriba. Andó por el pasillo hasta llegar al lavabo y se sorprendió al ver que el grifo estaba perfectamente cerrado. Se acercó y giró el mango para dejar salir el agua; ni una gota, el líquido no salió. Él no lo sabía, pero el agua en aquella casa había sido cortada por seguridad. Roberto se encogió de hombros, muerto de sueño, y volvió a la habitación para dormirse, pero antes de que consiguiera hacerlo volvió a escucharse ese ruido: “cloc, cloc, cloc”. Cuando el chico se levantaba, el sonido cesaba y el miedo empezó a apoderarse de él. No entendía cómo era posible. Si ningún grifo estaba abierto, ¿de dónde salía aquel ruido? Pensó en una gotera, pero algo dentro de él le dijo que no se trataba de eso. El goteo se escuchaba amplificado por toda la casa.
    Se acostó, y volvió a escuchar el ruido. No pensaba ir a averiguar nada, sabía perfectamente que la curiosidad no era buena compañera en casos así. Roberto se tapó hasta el cuello y decidió que aunque se escuchase el ruido más extraño, no se levantaría.
    Cuando Roberto consiguió dormirse, pasados varios minutos; Ariadna, la más joven de la pandilla, tuvo un susto espantoso. Ari, cómo la llamaban sus amigos, notó humedad en su cara, como si alguien intentara hacerle la misma broma de siempre: echarle agua encima mientras dormía. Era un clásico en las excursiones de aquellos amigos. No obstante, la niña notó como la ligera humedad pasó a ser algo que caía en su rostro, un goteo.
    —¡Para ya, Roberto, siempre me haces las mismas bromas!
    Dijo Ari sin abrir los ojos. Lo que no sabía era que Roberto, al igual que todos sus compañeros, dormían en sus habitaciones.
    —En serio, Roberto, no me creo tus bromas, déjame.
    Se tapó la cabeza, ignorando a sus supuesto amigo, pero el goteo siguió cayendo y escuchaba el ruido sobre la manta; “cloc, cloc, cloc”. La broma se había demasiado pesada, incluso para Roberto. Al abrir los ojos, Ari no vio a nadie en la habitación. La luz de la luna, que por otro lado era la única luz que se podía encontrar allí por la noche, dejó ver que el líquido de su cara era oscuro. Se pasó la mano por la frente y la puso de tal forma que la luz blanca la iluminó dejando claro su color rojo vivo, “¿pintura? Cada día se supera más el bromista del grupo”, pensó Ariadna. De repente, mientras la niña seguía sentada, más gotas cayeron del techo. Ari miró hacia arriba y vio una gran mancha sobre su cabeza. Se llevó los dedos manchados a la nariz y se sorprendió al no notar el olor típico de la pintura.
    A diferencia de su amigo, Ari sí que fue a ver qué pasaba. Ella se encontraba en el piso inferior y en cada escalón que subía un escalofrío le recorría el cuerpo. Cada vez era un escalofrío más inquietante. El frío se hizo más intenso en la casa, cuando llegó al piso superior, de la boca de la niña salió una nube de vaho. Llegó a la puerta de la habitación que había justo encima de la que ella ocupaba. Giró el pomo y la puerta se abrió. En ella no había nada fuera de lo común y a la vez lo había todo. Era la habitación más limpia, evidentemente era la habitación de los niños. Las paredes estaban llenas de dibujos, unos dibujos preciosos aunque no tenían gran calidad. Las literas tenían la forma de uno de esos autobuses londinenses de dos pisos, era una habitación preciosa y, además, olía a rosas. En el escritorio, frente a la ventana, un libro llamó la atención de Ariadna. Lo cogió y empezó a leerlo. Todo era precioso o al menos eso era lo que la niña veía y olía.
    Aurora, la otra niña que había en el grupo, escuchó como Ariadna se reía y hablaba como cuando lees algo en voz alta. ¿Qué estaría haciendo? La chica se levantó y fue a ver qué hacía su amiga. Cuando llegó a la habitación se encontró a Ari tumbada en un suelo mugriento, leyendo un libro que no existía. Aurora vio algo extraño bajo su amiga, ¿dónde estaba tumbada?
    —Ari, ¿qué haces?
    Arianda se levantó sonriendo. Aurora no pudo prestar atención a lo que su amiga le decía, sólo podía prestar atención a la ropa ensangrentada de la niña.
    —¿Qué-qué es esa sangre, Ari?
    —¿Sangre? ¿Qué sangre? — Ariadna seguía en su espejismo, sin recordar que había subido allí a inspeccionar la gotera de su cuarto —. No tengo sangre, Aurora, deja de bromear.
    —No-no bromeo, Ariadna, no…
    La cría se tuvo que callar, lo que estaba viendo la enmudeció completamente. La cara de Ari se empezó a transformar en otra, no era ella, ¿quién era? Era una cara de mujer, adulta. De pronto el rostro transformado de Ariadna se convirtió en una mueca de espanto y empezó a gritar con una voz que no era la suya:
    —¡¿Por quéeeeee?!
    ¿De quién era esa voz? Roberto y Luis, los únicos que quedaban dormidos, despertaros asustados por los gritos. Tardaron unos segundos en darse cuenta de que no conocían aquella voz. Salieron de sus cuartos y corrieron al encuentro de la extraña voz. En la habitación, Ariadna, con el rostro de aquella mujer desconocida, se quitó la camiseta con la que dormía y los amigos vieron como, por arte de magia, en su abdomen aparecía una herida horrible. La boca de la cría empezó a expulsar sangre al tiempo que su estómago se enrojecía del mismo líquido y, sin más, Ariadna cayó al suelo. Murió de algo que ninguno de sus amigos entendió. El cuerpo de Ari expulsaba su sangre mientras todos lloraban y gritaban aterrados. Luis, lanzó un grito distinto al de sus amigos, era un grito de terror y repulsión, la sangre de su amiga le había salpicado en la cara. Tes gotas, siempre eran tres gotas: “cloc, cloc, cloc”.
    —¡¿Qué-qué ha pasado Aurora?!
    Preguntó Roberto intentando controlar su miedo.
    —No-no lo s-sé. No-no sé lo que-que ha pasado. Era e-ella y lu-luego ya no…
    Mientras los dos amigos conversaban, Luis, a sus espaldas, sufrió una metamorfosis semejante a la de Ariadna.
    —¡SUÉLTA, WHISKY! ¡SUELTA, ME HACES DAÑO!
    Roberto y Aurora se giraron al escuchar la extraña voz que se escuchó tras ellos. El miedo les invadió al ver que el rostro de su amigo también había cambiado. De pronto, el crío se llevó las manos al cuello y de entre los dedos empezó a salir sangre a borbotones. Segundos después y, apesar de que Aurora intentara ayudarle, Luis murió desangrado.
    —¿Qué está pasando, Roberto?
    Pero Roberto no sabía qué responderle. Aurora salió corriendo de aquella habitación y corrió al jardín. Roberto fue tras su amiga después de contemplar horrorizado los cadáveres de sus dos amigos. Cuando pasó por el salón se detuvo frente a la pared llena de fotos. ¿Qué era eso? La gente de las fotos ya no era la familia muerta, no toda. Uno de los hijos tenía el rostro de Luis y la madre el de Ariadna. Los únicos que quedaban de la foto original eran el padre y el segundo hijo. Roberto estaba completamente aterrado y no salió de aquel estado de parálisis hasta que un grito proveniente del exterior le sacó del ensimismamiento:
    —¡¡Aaaah, suéltame, Whisky, me haces daño!!
    Roberto corrió al jardín con la hierba descuidada. Miró a su alrededor sin encontrar a su amiga. De pronto un nuevo grito le orientó, venía de la parte trasera de la casa. Cuando llegó era tarde, Aurora había muerto. Tenía mordeduras por todas partes y estaba cubierta de sangre, su cara ya no era su cara. Al igual que sus dos amigos, el rostro de Aurora pasó a ser el rostro del segundo hijo de la familia. Roberto cometió un error, tocó la sangre y darse cuenta y al sacudir su mano salpicaron tres gotas en la cara, siempre tres. La cara de Roberto empezó a cambiar. Sus pies se movían solos. Volvió a entrar en casa y subió las escaleras hasta llegar a la habitación de los niños en el que yacían los cuerpos de Luis y Ariadna. Se sentó, apoyado en la pared y tras repetir una y otra vez: “le he matado” su cabeza reventó sin ayuda de nada ni de nadie.
    En la casa, todas las fotos reflejaban una familia que no era la que había vivido allí. Esta es la historia de cuatro chicos que no supieron tener miedo. Esta es la historia de una casa que esperaría el tiempo que hiciera falta hasta que alguien volviera a ocuparla. Hasta que volvieran a sonar entre sus paredes aquellas tres gotas.     Aquel desquiciante y aterrador: “cloc, cloc, cloc”.

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