Pasión cinco estrellas

El erotismo es una de las bases del conocimiento de uno mismo, tan indispensable como la poesía.
Anaïs Nin

    El sonido del agua cayendo en la bañera se mezclaba con la música que invadía la habitación de aquel hotel de cinco estrellas. La cama, completamente deshecha, era el claro escenario de una noche llena de pasión. La ropa que se esparcía por el suelo, sin orden, era testigo directo de aquella lucha por el placer.
    Desde el cuarto de baño, con la puerta abierta y el agua cayendo en picado, sonaba una risita femenina que mezclaba placer y picardía. Era Sofía, una chica con la piel de color chocolate y textura sedosa que dejaba que el agua la bañara y las gotas dibujaran el contorno de su bonito cuerpo. Tenía curvas, no era una mujer delgada, pero su belleza era una obviedad. Por otro lado, Víctor se excitaba al oír el sonido de aquella risa. Se excitaba recordando lo que había pasado durante la noche. Se excitaba viendo como el jabón cubría el cuerpo de su amante. El cuerpo de Víctor, bronceado y firme, no musculoso, pero sí firme, se juntaba más y más al de Sofía que sentía cómo el calor la consumía al notar la excitación del chico. Tenía un rostro bello, agradable; sin ser uno de esos modelos de lencería. Su pelo largo y castaño caía, pesado por la continua cascada de agua. La perilla le enmarcaba unos labios que la chica no podía ni quería dejar de besar.
    A pesar del ruido del agua y de los sonidos propios de la lujuria de los dos amantes, se seguía escuchando aquel “Thunderstruck”. Las guitarras eléctricas acompañaban la respiración agitada de Sofía mientras Víctor se sumergía en sus pechos con súbita pasión, un gemido se escapó inevitablemente de la boca de Sofía. Él la atraía hacia sí, posando sus manos fuertes en las nalgas enjabonadas de la chica. Ella se dejaba atraer y demostraba su excitación con un beso fulminante que terminaba en una mordedura llena de provocación en el labio inferior del hombre. Ninguno de los dos tenía prisa, la prisa no cabía en aquel momento de erotismo sin medida. Las lenguas de ambos se encontraron en un momento de felicidad y placer.
    Sofía empezó a recorrer el cuello de Víctor con los labios mientras él la acariciaba. El calor del agua caliente hacía que la sensación de placer fuera aún más intensa, aunque Sofía no necesitaba ayuda para dar placer. De pronto, la lengua de la chica se encontró con un pezón que se había endurecido por aquel torrente de sensaciones. Sofía lo mordió suavemente, lo suficiente para arrancar un gemido a su amante. Ella sonrió, él se mordió el labio con fuerza. Ambos sabían lo que estaba a punto de pasar, Sofía no podría quedarse en los pectorales de Víctor, necesitaba… ambos necesitaban ir más allá. Pero de nuevo, se negaron a ceder a las presiones de la prisa. La chica volvió hacia el cuello del muchacho, y luego de nuevo sus labios se encontraron. La mano de Sofía le acarició el pectoral, incluso lo arañó un poco haciendo que Víctor volviera a gemir. Siguió bajando, suavemente, aún inmersa en aquel beso largo y lleno de intención. Una caricia por debajo del ombligo hizo que Víctor se excitase más ante la inmediatez de un contacto que deseaba. Y ahí estaba, por fin, la mano de aquella preciosidad había llegado y rodeado su destino con decisión. Un destino que reaccionaba con un pálpito a aquel saludo bienvenido. Un gemido resonó con más fuerza de lo que había hecho hasta ahora en cuanto Sofía movió su mano. Víctor sintió que las piernas querían ceder, pero no lo permitió, siguió disfrutando de la dulzura de los labios de la chica, y la energía y sensualidad de su mano.
    Sintió el deseo de besarle los pechos, y de hecho los besó. Ésta vez fue él el que mordió, con los labios, los pezones de la chica y luego dejó que la punta de su lengua entrara en contacto con ellos. El agua seguía cayendo y él se estremecía de placer al notar como Sofía aceleraba el movimiento de su mano en respuesta a la excitación que la lengua de Víctor le provocaba.
    Los corazones querían salirse de cada uno de los dos. Pero fue un movimiento, un simple movimiento el que hizo que Víctor sintiera su latido más fuerte que nunca. El movimiento fue de Sofía, que había dejado de besarle y empezaba a doblar sus piernas para quedar de rodillas en el suelo de la bañera. No hacía falta más, aquel simple hecho hizo que la chica notara como el sexo de su amante ganaba fuerza dentro de su mano.
    Sofía le sonrió desde abajo. Víctor la miró desde arriba, aquel rostro precioso, aquel desnudo debastador. Aquel deseo de besar cada poro de su piel, y entonces Sofía lo hizo.
    Un beso.
Una caricia con la lengua.
    Un gemido de Víctor, y Sofía rodeó el sexo del hombre con sus labios suaves. Él sintió como el mundo se volvía más lento. Como el agua dejaba de caer, al menos en apariencia. Ahora sólo notaba a Sofía, en aquel acto íntimo, en aquel regalo de placer. Cuando el chico pensaba que no podía sentir más de lo que estaba sintiendo, Sofía le demostró lo equivocado que estaba. Su juego se aceleró y él sintió débiles las piernas. Disfrutaba de lo que estaba recibiendo, ella disfrutaba de lo que él estaba recibiendo. Ambos disfrutaban de una palabra que no dejaba de repetirse en aquella bañera: placer.
    Un fuego se acomodó en el pecho de Víctor, un fuego que amenazaba con un clímax que no tardaría en llegar. Detuvo a Sofía, e hizo que se levantase para recibir el beso más ardiente que jamás nadie le hubiera dado, nadie, ni siquiera él. El beso los excitó a los dos, cada vez más, y Víctor llevó sus manos de nuevo al trasero de su amante, pero no se quedó allí, siguió bajando e hizo que la chica diera un pequeño salto para ayudarle a él a sortenerla en el aire. Ella le rodeó la cintura con sus piernas y él dejó que simplemente ambos encajaran en una sensación perfecta. Los dos emitieron un gemido que se fusionó con la batería de la siguiente canción de la lista de reproducción. Ya no prestaban atención, ya no distinguían la música, ignoraban totalmente a aquel grupo, estaban ocupados haciéndose el amor.
    El agua seguía bañándoles mientras ella se movía y sentía como el calor la dominaba. Se besaron y no dejaron de moverse, de pie, en aquella bañera que estaba siendo el segundo escenario de su deseo. Sofía llevó sus manos a la espalda del chico, la arañó, y aquello sólo provocó que Víctor se moviera más rápido. Ella gimió de placer e hizo que Víctor se sumergiera en sus pechos, él no se resistió. Estaban excitados, mucho, tanto que aquel clímax deseado, aquel torbellino de sensaciones reunidas en un sólo segundo, llegó sin pedir permiso, sin esperar a nada ni nadie. Primero llegó ella, y menos de un minuto después, él la acompañaba en un torrente de gemidos que resonaban en aquel cuarto de baño lleno de vapor.
    Se detuvieron, pero no dejaron de besarse. No eran besos apasionados, eran besos enamorados. Eran besos que querían decir una y mil veces lo mucho que se querían. Cuando se separaron, estaban sin alientos, jadeantes. Víctor apagó el agua que dejó de golpear contra la chapa del suelo y “Carrie” sonó presidiendo con su preciosa música aquel momento tan especial. No conseguirían olvidar aquella canción, no conseguirían olvidar la voz de Europe.
    Salieron de la ducha y se besaron, se besaron mientras se secaban y se besaron una vez quedaron medianamente secos. Ella le mordió los labios, y él sonrió ante la provocación. Hizo un amago de seguirla y ella salió corriendo desnuda del cuarto de baño, riendo como una adolescente, aunque no lo era desde hacía veinte años. Él la siguió a tiempo de ver como cogía una camiseta del suelo, su camiseta, negra. Se la puso y evidentemente le quedó grande. Le llegaba por los muslos y aquella imagen, que siempre le había parecido increíblemente sexy, hizo que sintiera de nuevo un calor que le invadía. Sofía se tumbó en la cama y la camiseta se le tensó un poco, haciendo que la imagen de Jack Skellington quedara perfectamente amoldada a sus pechos. Verla con su camiseta, ver aquel personaje ajustado a los senos de la mujer a la que más deseaba, de la única mujer a la que deseaba, hizo que Víctor se viera dominado de nuevo por la excitación. Ella bajó la vista y comprobó por sí misma lo que había conseguido. Rió, traviesa, y se tapó la boca abierta con los dedos como queriendo decir “ups”. Víctor negó con la cabeza, sin dejar de sonreír. Se acercó a la cama y empezó a gatear por el colchón hasta que quedó encima de ella y la besó. La melena del chico actuó como un bisel, otorgando una intimidad a aquel beso que, en realidad, no era necesaria.
    Sus labios se enredaron, los unos con los otros. Y de pronto empezaron a escuchar un suave repiqueteo en el amplio ventanal que iluminaba la estancia. Ambos miraron y vieron decenas de gotas bajar en líneas verticales irregulares por el cristal. Llovía, y de lejos, Víctor y Sofía pudieron ver la Torre Eiffel distorsionada por el cristal mojado y el cielo nublado. Por un momento se les había olvidado que estaban allí, se habían olvidado, a fuerza de besos, de que estaban en París. Pero lo estaban, habían viajado aquella ciudad mágica. Sonrieron ante el precioso espectáculo. La imagen, como un cuadro real, una instantánea presencial, se les grabó en las retinas y les devolvió al deseo que les ocupaba. Él la deseaba a ella por encima de todo, ella le deseaba a él por encima de cualquier cosa. Víctor besó el cuello de Sofía y ella emitió un sensual ronroneo. Sofía bajó la mano hasta que encontró de nuevo aquella excitación palpable. El chico le mordió los labios mientras ella hacía un movimiento de muñeca pausado y enloquecedor.
    Víctor siguió bajando, besando los pechos de Sofía por encima de la camiseta, no le importaba, sabía cuál era su destino. Llegó al ombligo de la muchacha y lo besó, como si fuera su boca. Ella contrajo el vientre y él no se detuvo, no paró de bajar, con sus labios pegados a la piel de la chica, y no se detuvo hasta que llegó a la intimidad de Sofía. Besó, con intención, con inteligencia, y Sofía gimió de placer al notar los labios de Víctor entre sus piernas temblorosas. El calor se acomodó en el pecho de ella mientras él empezaba a jugar con sus labios y su lengua.
    Sofía llevó sus manos a la cabeza de su amante, metió sus dedos entre la espesa y húmeda melena de Víctor y apretó con fuerza el pelo. No podía evitar que sus caderas se movieran, provocadas por aquella sensación gloriosa. Víctor no paró, tenía claro que no pararía hasta que Sofía llegara al orgasmo. Mientras jugaba y disfrutaba, subió las manos por el vientre de la chica, las metió debajo de la camiseta y acarició y apretó sus pechos. Víctor, tumbado boca abajo, notaba su propia excitación contra el colchón.
    Sofía notó como el calor amenazaba con estallar, notaba como su cuerpo llegaba al límite. No podía ni quería parar de gemir. Entonces lo notó, el placer se agolpaba en todo su cuerpo. Apretó, con sus manos la cabeza de Víctor hacia ella y gimió con más fuerza diciendo una y otra vez el nombre de su amante. Estaba teniendo un orgasmo, un precioso orgasmo provocado por la suavidad de los labios de su chico.
    Él subió rápidamente para besar a Sofía, se fundieron en un beso apasionado, el más apasionado hasta el momento. Ella había sucumbido a su excitación, él estaba en el punto más álgido de la suya. Sofía notó el sexo de Víctor, firme, fuerte, y de nuevo el calor fue invocado dentro de ella. Le obligó a tumbarse boca arriba y sin darle tiempo a reaccionar se puso encima de él, haciendo que, de nuevo, sus cuerpos encajaran en un puzzle sensual. Sofía se quitó la camiseta, y aquella visión hizo que Víctor quedara con la boca abierta. Cómo podía ser tan hermosa, tan sensual, tan excitante. Ella puso sus manos en los pectorales de él, y empezó a mover sus caderas, primero en círculos y luego de atrás a adelante. Ambos estaban disfrutando, ambos estaban sintiendo todo lo que necesitaban sentir el uno del otro.
    Ésta vez todo duró más, aunque éso no suponía un problema para ninguno. Sofía le besaba mientras se movía encima de él. Él la besaba mientras se movía desde abajo, colaborando en aquel juego de dos. Sintiendo el calor del interior de su amante, sintiendo su sensual humedad. Y aquel pensamiento, la conciencia de sentirse dentro de ella, de aquella preciosa mujer, hizo que Víctor llegara irremediablemente al orgasmo. Ella no paró de moverse, esperando que él la detuviera si quería, pero eso no ocurrió. Víctor se negaba a parar hasta que ella llegara. La acarició la espalda hasta llegar a su trasero. Le besó los pechos que colgaban firmes encima de su cara y siguió moviéndose desde abajo hasta que, ésta vez sí, Sofía llegó al orgasmo por tercera vez.
    Se quedó tumbada, junto a él, semidesnuda. Abrazada, sonriente y jadeando. Ambos estaban exhaustos, pero con aquel cansancio perfecto, producido por el placer, el amor, la sensualidad y la pasión. Se querían, y querían estar siempre juntos. Las respiraciones se iban pausando poco a poco y al unísono. Seguían extenuados, pero felices y satisfechos.

Anuncios

¡Coméntame!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s