Nunca jamás

Morir será una aventura apasionante.
Descubriendo Nunca Jamás

    La noche caía sobre Londres, fría y lluviosa. Las manecillas del Big Ben seguían su marcha rítmica ante la mirada expectante de las nubes que cubrían el firmamento. El Támesis era golpeado con fuerza, maltratado por las gotas en aquel letal descenso. A pesar del espectáculo que la naturaleza se empeñaba en mostrar, del derroche de fuerza, aquella era una noche corriente, una noche más; o quizá sería más correcto decir que lo había sido hasta ese momento.
    En una amplia habitación, perteneciente a una gran mansión, perteneciente a un pequeño banquero; dormían tres hermanos. El más pequeño, John, dormía abrazado a su inseparable oso de peluche. Tenía tan sólo cuatro años pero por lo mucho que se movía incluso en sueños, se sabía que era un niño de lo más activo. También estaba Michael, de diez años, que roncaba sonoramente haciendo que el canto de los grillos que se filtraban por la ventana cerrada, quedaran enmudecidos. Y por último, Wendy, una preciosa niña castaña de ojos penetrantes que seguía despierta, sentada, con la espalda apoyada en el cabecero de la cama. En una mano sujetaba una linterna cuya luz apuntaba a las páginas de un periódico que reposaba en su regazo. Wendy se sobresaltó al escuchar un ronquido más fuerte que el resto de los que su hermano emitía, lo apuntó con el haz de luz y vio como Michael se frotaba la nariz y seguía durmiendo. La chica sonrió y volvió a centrarse en el diario. Leyó atentamente el titular: “niños perdidos”. El artículo hablaba de una serie de secuestros. Alguien estaba llevándose a algunos niños de Londres, y aquello hacía que los padres – incluido el padre de aquellos tres hermanos –, se sintieran tremendamente ansiosos y asustados.

La policía sigue investigando el caso de “los niños perdidos”. ¿Quién se los está llevando? Hasta ahora las autoridades se niegan a revelar datos de la investigación.
Lo que éste periódico puede desvelarles, gracias a fuentes confidenciales, es el extraño mensaje que aparece en las casas de todos los secuestrados. Dos únicas palabras escritas en las paredes de los dormitorios, con una extraña sustancia brillante que, según parece, nadie sabe identificar. Las dos palabras a las que nos referimos son: “Nunca Jamás”. ¿Qué significan?

    A Wendy se le aceleró el corazón. ¿Cómo era posible que nadie pudiera detener a ese secuestrador? A pesar de su corta edad, la niña era realmente despierta, lo suficiente como para entender el artículo de aquel periódico que su padre había puesto tanto empeño en ocultar de los ojos de sus hijos.
    Wendy seguía cavilando, mirando el periódico sin prestarle atención, como si sus ojos se centraran en un punto que estuviera más allá del papel, como si su mirada pudiera traspasar la celulosa. La ventana se abrió de golpe sacando a la niña de su ensimismamiento. Wendy dio un respingo, asustada por aquella violencia. Su corazón se había acelerado y amenazaba con salírsele del pecho. Las cortinas se alzaban, golpeadas por el viento. La niña suspiró y se levantó de la cama para cerrarlas. La lluvia le mojó la cara cuando empujó las hojas de la ventana para que se cerrase, el viento le dificultó aquella acción, pero lo consiguió y, en cuanto estuvo cerrada, las cortinas dejaron de flotar en el aire y quedaron colgadas, lacias junto a la pared. Wendy se dio la vuelta y notó como sus pies descalzos pisaban un charco de agua. Miró hacia abajo y solo vio un suelo negro que brillaba con la escasa luz que entraba por los cristales de la ventana. Corrió a la cama y cogió la linterna; enfocó el suelo y, en efecto, vio un charco de agua. Dirigió la luz hacia la ventana y pensó que quizá aquel charco se había formado cuando ésta se abrió, pero entendió que no podía ser así: el charco se habría producido justo debajo de la ventana, pero aquel agua estaba a un par de pasos.
    Un ruido hizo que Wendy apuntara con la linterna hacia un punto de la habitación en la que sólo había un viejo baúl en el cual guardaban la ropa de otras estaciones. Apuntó a Michael, para asegurarse de que seguía durmiendo, y luego apuntó a la cama de John que, para espanto de Wendy, estaba completamente vacía.
    La niña corrió y levantó instintivamente las ropas de la cama, como si pretendiera encontrar a su hermano apretujado a los pies del colchón, bajo la sábana, la manta y el edredón. La respiración de Wendy se aceleró al no encontrar a su hermano pequeño. Un segundo ruido sonó en la habitación y la chica miró a su espalda. Sin querer, la luz se enfocó en la cama de Michael que se había vaciado de repente. Sus dos hermanos habían desaparecido, y el miedo empezaba a asfixiar a Wendy.
    Un susurro sonó en la habitación, un susurro imposible de entender. Wendy estaba completamente aterrada, respiraba con dificultad y las lágrimas le bañaban las mejillas. Nunca, en sus doce años de edad, había sentido tanto miedo. En una de las paredes le pareció ver una sombra, una silueta humana que se había movido a gran velocidad. La niña no sabía si eran imaginaciones suyas, no sabía que pensar, en realidad, le costaba pensar.
    Un nuevo ruido sonó y sin saber si quería o no quería hacerlo, Wendy apuntó con la linterna al sitio donde había sonado. Volvía a tratarse del viejo baúl, pero esta vez, la niña vio como éste se sacudía violentamente. Wendy se acercó, con una mezcla de curiosidad y pavor. En realidad no quería hacerlo, su instinto le gritaba que corriera, que saliera de la habitación y avisara a su padre. Pero necesitaba saber si sus hermanos estaban bien, ¿qué clase de hermana sería si se fuera corriendo? Sentía que tenía la obligación de abrir aquel baúl, si sus hermanos estaban en peligro, cada segundo contaba. Cuando llegó al baúl, éste se detuvo como si supiera que la niña estaba a pocos palmos de él. Wendy no dejaba de apuntar con la linterna al gran cofre espasmódico. Alargó el brazo para abrir los cierres, pero antes de que pudiera hacerlo, la tapa del baúl se abrió violentamente haciendo que los cierres se arrancaran de cuajo. La niña cayó al suelo por el tremendo susto que se había llevado. Buscó la linterna que se le había escapado de las manos, cuando la encontró iluminó el baúl que estaba abierto. Durante unos segundos eternos no ocurrió nada, pero al instante, una extraña forma humana, completamente negra, empezó a salir del cofre. La silueta cayó al suelo y, de hecho, quedó adherida a él. Seguía moviéndose, pero se movía pegada a la superficie lisa, más que pegada… cómo si perteneciera a ella, como una sombra que, en realidad, era exactamente de lo que se trataba. La sombra se acercaba a ella, lentamente, con una cadencia aterradora. Wendy se arrastró por el suelo, sentada, haciendo fuerza con sus talones desnudos. Sin darse cuenta llegó a su cama y se golpeó la espalda con la pata de ésta. No le dolió, pero le heló la sangre darse cuenta de que no tenía dónde ir. Cuando estuvo a escasos centímetros de Wendy, la sombra empezó a ganar volumen, sobresaliendo del suelo y su superficie negra iba adquiriendo extraños tonos verdes, rojos y de color carne. Fue un sólo minuto que pasó al ritmo de una hora; aquella sombra se alzaba ante ella, pero ya no era una sombra. Un extraño personaje vestido de verde, con pelo rojo despeinado y de punta, y orejas alargadas y puntiagudas la miraba mientras se mantenía en cuclillas, con las manos de dedos largos y uñas afiladas posadas en el suelo. Aquella posición parecía más propia de un animal, que de una persona. Wendy le miró a los ojos, a pesar de que todo su ser le decía que no mantuviera contacto visual con él, pero había algo aterrador en aquellos ojos, eran dos fosos negros, sin blanco ni pupila, solo negro, brillante y eterno. Lo más extraño de aquel ser – si era posible destacar algo como “lo más extraño” –, sin duda era aquel brillo dorado que le envolvía. Entonces Wendy recordó el artículo del periódico “Dos únicas palabras escritas en las paredes de los dormitorios, con una extraña sustancia brillante que, según parece, nadie sabe identificar”.
    —¿Qui-quién eres?
    La niña lo preguntó sin tener claro si quería escuchar la respuesta. El ser abrió la boca exenta de labios y Wendy pudo ver una dentadura afilada, compuesta únicamente por colmillos. La nariz respingona se arrugó en el tabique y de aquella horrorosa boca salió una larga y puntiaguda lengua que relamió sus inexistentes labios.
    —¿Me das un beso?
    Wendy sintió como el corazón se le desquebrajaba en el pecho. La voz de aquel ser había sonado como aspirada, afónica, gutural. La niña notó como sus ojos se llenaban de lágrimas.
    —¿Me das un beso? – la segunda vez que el ser preguntó aquello no sonó mejor que la primera, de hecho la impaciencia hacía que su voz sonara más aterradora –, he oído que los besos son bo…nitos, y quiero un beso… ¿me das un beso?
    La cría sentía como un nudo se apretaba en su garganta y le impedía gritar, llorar, hablar, sólo le dejaba tener miedo, y Wendy se aferraba a ese miedo por ser el único sentimiento que podía experimentar.
    —¡DAME UN BESO!
    La niña pensó en golpear al ser con la linterna, pero no sabía lo que pasaría si aquel monstruo se enfadaba. Entonces, sin saber por qué lo hacía, Wendy empezó a buscar a tientas por el suelo, detrás de ella, bajo la cama. No sabía qué buscaba. Su mano tocó algo pequeño, lo cogió y lo apretó con fuerza.
    —Quiero un beso, quiero un beso…
    Wendy sacó la mano de debajo de la cama y la abrió, temblorosa, ante aquel ser de pelo rojizo como el fuego. Éste miró el objeto que Wendy tenía en la mano, ella también lo miró. ¿Por qué estaba haciendo aquello? ¿En qué podría ayudarla aquel dedal brillante?
    —¿Qué es ésto?
    La horripilante voz sonó con una curiosidad que no conseguía eliminar el deje de maldad que se ocultaba en ella.
    —Un b-beso – mintió Wendy –, es u-un be-beso.
    La extraña criatura alargó la mano que era tan espantosa como el resto de su ser. Cogió el dedal y lo sujetó con su largo índice y su grueso pulgar. Lo alzó en el aire, examinándolo a la luz de su propio brillo dorado.
    —Un… beso…
    Dijo el ser y Wendy vio un destello en sus negros ojos. Su boca entreabierta reflejaba la notable curiosidad que aquel “beso” le producía. El engendro miró a Wendy, que contemplaba el dedal, y tragó el cúmulo de saliva. El hombrecillo volvió a mirar el dedal y luego a la niña. Entonces su cara de curiosidad se contorsionó en una expresión de odio inmenso. Wendy entendió lo que acababa de ocurrir, el ser había entendido que la niña le había engañado. Horrorizada vio como el pelo rojo se encendía en un brillo que iluminó por completo la habitación. Wendy gritó cuando el monstruo se abalanzó sobre ella. Aquel demonio se convirtió en un polvo brillante que se introdujo en la boca abierta de Wendy, la niña empezó a flotar en el aire. Escuchó como al otro lado de la habitación, alguien corría. Era su padre que la había escuchado gritar. Cuando el banquero abrió la puerta, vio a su hija levitando y envuelta en un brillo dorado. El hombre corrió hacia Wendy pero en un extraño estallido que le lanzó por los aires, la cría desapareció. El miedo se apoderó del padre que vio como tanto la cama de John como la de Michael estaban vacías, sus tres hijos habían desaparecido y él quedó en el suelo, a oscuras, temblando y gimoteando.
    La oscuridad que le envolvía empezó a extinguirse, dejando paso a un brillo dorado. El hombre tuvo que protegerse los ojos de la luz, pero cuando se hubo acostumbrado al fulgor, pudo ver como en la pared más amplia de aquella habitación, empezaban a dibujarse unas letras brillantes que, pasados unos segundos, formaron dos palabras que decían “Nunca Jamás”.

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