Más razón que un zombie

No es que tenga miedo de morir. Lo que no quiero es estar allí cuando ocurra.
Woody Allen

    Cuando Pablo se despidió de sus amigos en la puerta de la discoteca eran las cinco de la mañana. Emprendió la marcha que le llevaría a su casa. La acera se le ladeaba; no estaba borracho, pero el influjo del poco alcohol que había tomado le distorsionaba ligeramente los sentidos. Había pasado una gran noche. Llevaba tiempo esperando aquella noche, la noche en que celebraría su dieciocho cumpleaños. Su amigo Julián había invitado a Luisa Fernanda, una chica peruana de la que Pablo estaba completamente prendado. Lufer, como la gustaba que la llamaran, era una joven bajita, con el pelo ndulado y largo y una nariz afilada que al chico volvía loco. Pablo era delgado, a diferencia de Lufer que era de constitución ancha. La altura del muchacho era de metro ochenta, y ella no le llegaba más allá del pecho. Aquello le daba igual, nunca había sido un joven superficial.
    Mientras Pablo paseaba, disfrutando de aquella madrugada fresca que empezaba a dar paso a la mañana, escuchó un ruido proveniente de un callejón oscuro y abandonado. Pablo no sabía si entrar, había visto demasiadas películas de terror en las que el más osado del grupo acababa muerto. Aunque pensó que aquello no era una película. No estaba en una calle cinematográfica neoyorquina, estaba en Madrid y estaba ligeramente mareado.
    El joven fijó su mirada en el angosto y lúgubre callejón. Un lamento animal hizo que Pablo se adentrara en la oscuridad y, cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a la falta de luz, el chico vio algo que le horrorizó: un hombre se encontraba de rodillas en el suelo, desgarrando con los dientes el lomo de un perro callejero.
    La imagen dantesca hizo que Pablo estuviera a punto de devolver los chupitos de tequila que había ingerido. Forzó la vista un poco más y pudo distinguir en el roto de la camisa llena de sangre del hombre, una herida en el tríceps tan profunda que la escasa luz de luna llena hizo que el joven pudiera distinguir el blanco marfil de un hueso. El hombre engullía y gruñía, y el hedor pútrido que manaba hizo que una nueva oleada de náuseas golpeara a Pablo. El chico tenía claro qué hacer. Creía saber qué era aquel ser, pero la idea que le había asaltado le parecía ridícula. “Cláramente los zombies no existen…” pensó. Pablo buscó a su alrededor algo contundente con lo que golpear a aquel monstruo que devoraba al perro abandonado. En el suelo, cerca de allí, encontró un grueso palo de madera maciza que, en otro tiempo, fue parte de algún mueble – quizá una silla –.
    Cogió con fuerza el palo y le asestó un duro golpe al hombre en la espalda. Éste lanzó un alarido salvaje y se levantó lentamente. Su espalda estaba encorvada y parecía jorobado. Las manos delgadas, estaban abiertas en una garra que parecía apretar con fuerza al mismo aire. Cuando se giró, Pablo sintió una oleada de terror. La luz de la luna iluminó la cara del hombre. El blanco de sus ojos había tomado un color verdoso enfermizo, y sus pupilas habían desaparecido por completo. Su rostro, lleno de heridas que supuraban, era realmente nauseabundo. La mejilla izquierda estaba desprovista de carne y su mandíbula quedaba al descubierto de manera horrible. El pelo corto, completamente sucio y grasiento, caía pesadamente haciendo que la parte alta de su cabeza tomara una forma extraña de seta.
    Pablo golpeó una segunda vez, en esa ocasión el palo impactó en la cabeza del zombie, abriéndole una brecha que empezó a sangrar en una cascada de pus. El zombie miró a Pablo con aquellos ojos muertos y lanzó un suave quejido que le heló la sangre. El joven descargó la madera una tercera vez, pero pareció que el zombie no notó el impacto en su hombro cuando el palo se sompió. El zombie cambió a una expresión furibunda y Pablo sintió miedo. Mucho más del que había sentido en toda su vida. El no muerto abrió la boca, y Pablo cerró los ojos preparándose para su inevitable final.
    —Perdone… ¿sería tan amable de dejar de golpearme?
    Los ojos de Pablo se abrieron como platos. La voz del zombie sonó como un montón de ramas rompiéndose bajo unas pisadas. ¿Cómo era posible? Loz zombies no hablaban. El muchacho quedó paralizado unos segundos y, por fin, pudo articular una frase que salió en un balbuceo:
    —Pu… puedes hablar…
    —Bueno, veo que usted también. Tenía miedo de que sólo supiera atizar con ese dichoso palo. Ahora que sabemos que ambos hablamos y que podemos comunicarnos… dígame, caballero: ¿por qué diantres ha sentido la imperiosa necesidad de aporrearme?
    —E-eres humano – dijo Pablo ignorando la pregunta –… ¿no-no eres un zombie?
    —¡Por descontado que no!
    Pablo se había equivocado, quiso que la tierra se le tragase.
    —Lo- lo siento mu…
    —Yo soy un “No Muerto”.
    —¿Cómo dices?
    —Digo que no soy un zombie, soy un No Muerto.
    —¿Qué diferencia hay – empezó a decir Pablo sin creerse que realmente estuviera formulando aquella pregunta en voz alta –… entre un “zombie” y un “no muerto”?
    —Me temo que ninguna.
    —¿Entonces?
    —Es que “zombie” me parece ofensivo. Demasiadas afirmaciones hacen referencia negativa a esa palabra. Y verá usted: de la misma forma que no llamaría a un sudamericano “sudaca” delante de él (y espero que tampoco a sus espaldas), veo altamente innecesario llamarme “zombie”, ¿no le parece?
    —¿Supongo…?
    —Le noto confuso, señor: ¿le ha ocurrido algo fuera de lo normal hoy? De entrada no es normal ir aporreando a la gente, así que… sin duda, a debido tener usted un día realmente duro.
    —Te golpeé porque pensé que eras un zom… un “No Muerto”.
    —Pues le aseguro que eso me confunde aún más. No será uno de esos cabezas rapadas que golpean a los demás sólo por ser diferentes, ¿no?
    —¿Eh? ¡Oh, no, no! No soy un cabeza rapada. Pero es que además vi cómo te comías al perro.
    —¡Oh, cielo santo! ¡No me diga que el pobre animal era suyo! ¡Lo siento de veras!
    —Nunca lo había visto…
    —Entonces, señor, debo insistir en mi pregunta, aún a riesgo de poder parecer pesado: ¿qué motivo le ha impulsado a golpearme?
    —En-en realidad no tenía motivo alguno, creo…
    —¡Santo Dios! ¡¿Desde cuando es lícito golpear a una persona por la espalda mientras come?! ¡Y sin una razón de peso! Perdone que se lo diga, pero esta sociedad está perdiendo todos los valores. ¡Dios de mi vida, el mundo se desmorona!
    —Lo… lo siento. No me esperaba que pudiera hablar…
    —¿El hecho de no saber si puedo hablar le excusa? Vaya, los mudos deben tenerle a usted verdadero rerror…
    Pablo no podía dar crédito. Se sentía avergonzado por su actitud para con el zombie. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Sería algún tipo de alucinación? Se preguntó si alguien le habría echado algún tipo de droga en la bebida.
    —¿Eres creyente? – preguntó Pablo intentando salir de aquella situación –. He notado que has nombrado un par de veces el nombre de Dios.
    —Oh, no, es sólo una expresión, yo no soy creyente.
    —Claro, qué estupidez… ¿cómo va a ser creyente un zombie?
    —En realidad mi ateísmo no tiene nada que ver con mi mortaldad. De veras tiene usted una fijación preocupante por los zombies. Debería hablar con algún especialista, quizá sufrió un trauma de pequeño. ¿Sabe si ha sido atacado por algún zombie?
    Era increíble la velocidad con la que Pablo metía la pata compulsivamente.
    —Te pido disculpas.
    —No se preocupe, no soy rencoroso.
    Pablo quedó pensativo un momento.
    —¿Le ronda algo por la cabeza?
    —Bueno, sí, pero no quiero seguir metiendo la pata.
    —Pruébelo, ya no tiene nada que perder. Además, no nos conocemos de nada, así que no creo que volvamos a vernos.
    —¿Cómo es posible que un muerto viviente hable de la forma en que tú hablas? En las películas dais miedo.
    —Oh, el cine… ¿me permite un consejo? No haga caso a todo lo que ve en el cine. Según la industria cinematográfica, somos cadáveres que comen cerebro.
    —¿No coméis cerebros?
    —¿Sabe usted lo difícil que es matar a una persona, romper su cráneo y comerse su cerebro? No es como comer cangrejo… además, personalmente soy animalívoro.
    —¿Animalívoro?
    —Exacto, sólo como animales, los humanos se me repiten…
    —Esto es tan irreal…
    —Respire hondo, amigo… le veo descolocado.
    —¡¿Y te parece raro?! ¡Estoy hablando con un zombie! Acabo de salir de la discoteca y me encuentro en un callejón oscuro, hablando con un cadáver (no se ofenda). ¡Incluso pedirle a un zombie que no se ofenda me parece de locos!
    —Siéntese o acabará cayendo de bruces contra el suelo.
    El zombie ayudó a Pablo a sentarse en el suelo. Luego se sentó junto a él de forma lenta y cadenciosa. De pronto, una rata salió de un agujero en la pared y el zombie la cogió al vuelo y empezó a comérsela. Pablo sintió que se le revolvía el estómago. El zombie le miró y miró a la rata. Se limpió la sangre fresca que le rodeaba la boca y su cara cambió a una expresión avergonzada.
    —Lo siento mucho, de verdad. Mis modales y mi tacto parecen estar tan oxidados como mis articulaciones… ¿quiere un poco?
    —Ehm… no, no quiero rata.
    —Buena idea. La rabia no es una enfermedad agradable. Pero es lo maravilloso de estar muerto. Puedo comer toneladas de estos animales, jamás enfermaré.
    —Es un poco asqueroso, ¿no?
    —¡¿Asqueroso?! Eso es imperdonable… dígame, señor: ¿alguna vez ha probado el sushi? ¿El carpaccio?
    —Sí…
    —¿Y en qué se diferencia comer ternera o pescado crudo a comer rata cruda? ¡Tiene usted demasiados prejuicios! Deben de pesarle mucho.
    El zombie se relamió cuando terminó su festín. No sabía nada que le gustara más que la rata fresca. Recién cogida del agujero más sucio e infecto que hubiera. Se relamió y lamió sus esqueléticos dedos.
    —Deliciosa. Es una lástima que no esté muerto, se pierde un verdadero manjar.
    —Creo que podré esperar… ¿puedo hacerte una pregunta?
    —Le dejo hacer dos, puesto que ya ha hecho una.
    —Cierto… esto… mi pregunta es: ¿cómo es estar muerto?
    —Frío…
    —Pero ¿qué sientes? ¿Te duele algo?
    —En realidad estar muerto es bastante cómodo. A demás de que el dolor no existe tiene muchas ventajas.
    —¿Por ejemplo?
    —Verá usted, los muertos no tenemos que votar, y si un político no nos gusta… sólo tenemos que devorarlo. Pero no se crea que es algo agradable, la comida basura engorda demasiado…
    —¿No me habías dicho que eras animalívoro?
    —Pero no soy vegano, querido mío. Y saltarse las propias normas de vez en cuando es altamente recomendable. Además… se trata de hacer el bien común. Nadie podrá decir nunca de un zombie que no se preocupa por la sociedad que le envuelve.
    —¿Has matado a alguien?
    —Una vez me comí a un banquero.
    —¿Y cómo estaba?
    —Rico.
    Pablo empezó a reírse a carcajadas ante la mirada atónita del zombie. No era consciente del juego de palabras que acababa de hacer pero Pablo ya estaba llorando de risa.
    —¡Muy buena esa!
    —No sé de qué ríe, pero me alegra verle más relajado.
    —Es extraño estar sentado, en un callejón, con una persona que falleció…
    —Gracias.
    —¿Por qué?
    —Es la primera vez que no me llama “zombie”.
    —De nada – a Pablo le pareció curioso que aquella última frase le hubiera causado tal compasión –… por cierto, mi nombre es Pablo.
    —Como el pintor… bello nombre, Pablo.
    —¿Y el tuyo?
    —En realidad no lo recuerdo. Me temo que no recuerdo nada de lo que ocurrió antes de despertarme y salir de la tumba.
    —¿Cómo fue eso? ¿Cómo es volver a la vida?
    —Cruel… nadie debería volver a la vida, ¿sabe usted? Pienso que es como construir un castillo de naipes y que, cuando ya has colocado las dos últimas cartas, alguien viene y mueve la mesa. No sé qué viví, no sé si fue una vida intensa, ni si quiera sé si era una buena persona. Pero fuera como siese, ya la viví y ese debería haber sido el punto y final.
    —¿Un No Muerto puede suicidarse?
    —Hace usted unas preguntas espeluznantes, empieza a asustarme.
    —Oh, no era mi intención. Sólo me preguntaba si alguien como tú, que no quiere volver a vivir, que piensa que su vida ya terminó en su día… podría suicidarse y no volver.
    —Nunca he pensado en tal opción. Es cierto que esta resurrección me parece una broma cruel, pero no me quitaría la vida. A pesar del cansancio psicológico que acarrea el estar muerto. Como le he dicho tiene muchas ventajas.
    —¿Cansancio psicológico?
    —Estresa demasiado que se acerquen desconocidos con palos por la espalda. No es algo que pueda compararse con el yoga, no sé si me entiende. Además, están los otros muertos vivientes, demasiada competencia.
    —Es la primera vez que veo a un zom – el anónimo le miró con resignación esperando a que Pablo terminara la palabra –… No Muerto en persona. Pensaba que erais leyendas urbanas. Cuentos para no dormir.
    —Somos tan reales como necesarios.
    —¿A qué te refieres?
    —Bueno, veámoslo de este modo: si los muertos no saliéramos de las tumbas. ¿No cree que los cementerios serían como una tubería atascada? ¡Cielos, imagínese que un buen día, las tumbas explotan por el exceso de cadáveres que no reviven! La verdad es que me resulta hasta cómico. Sería divertido contemplar ese espectáculo. Los muertos cayendo del cielo sobre los parabrisas de los coches tras una potente explosión en el cementerio. ¿Se imagina los titulares? “Los muertos salen del suelo para caer del cielo” o “Ningún meteorólogo lo predijo”.
    Esta vez fue Pablo el que miró extrañado al zombie ante su ataque de risa.
    —Oh, disculpe usted… humor zombie…
    —Eres un tipo muy extraño. ¿Te lo habían dicho ya?
    —Pues si lo han hecho, no lo recuerdo. Me gusta ser un tipo extraño. Entre los muertos vivientes, te encuentras demasiada gente normal. Personas que no destacan para nada. Van por ahí, arrastrando los pies, perdiendo miembros a cada paso y gimiendo por el lamento que les supone estar muertos. No me gusta nada la auto-compasión…
    —Eres demasiado positivo.
    —¿Cómo se puede ser “demasiado” de algo bueno? Pienso que soy todo lo positivo que necesito ser para vivir, o morir o… llámelo como quiera.
    —A Pablo le caía bien aquel ser. Era sofisticado, divertido a su manera, y un ejemplo a seguir en muchos aspectos. ¿Sería demasiado absurdo ser amigo de un muerto? El hecho de hacerse aquella pregunta le hacía sentir estúpido.
Pablo quedó callado un segundo.
    —¿Le ocurre algo?
    —¿Eh? Oh, no, no me ocurre nada.
    —Vamos, no se lo quede dentro. No es bueno tragarse las cosas. A no ser que sean unos buenos sesos de gato callejero…
    El joven sintió deseos de vomitar, pero los contuvo.
    —Estaba pensando en una chica.
    —¡Oh, una dama! ¿Una pretendida por usted, quizá?
    —Sí…
    —¿Y el sentimiento es mutuo?
    —Creo que no sabe ni que existo…
    —¡No me lo puedo creer! Si usted es una persona que se hace notar…
    —Pues creo que no me tiene demasiado aprecio.
    —No le habrá golpeado con un palo, ¿no?
    —¡Claro que no!
    —Me alegra, temía que fuera un fetiche suyo…
    —¡Vamos! ¿No lo vas a olvidar nunca?
    —En realidad, mi memoria no es precisamente buena, así que es posible que si mañana nos encontramos no le recuerde. Pero no aproveche para darme con una tubería… en fin. Volvamos con la chica. ¿Por qué piensa usted que no le tiene en muy alta estima?
    —Cuando ella está delante me cuesta hablar, se me traba la lengua y parezco un…
    —¿zombie?
    —No… un idiota. Tienes muchos prejuicios hacia los zombies…
    El No Muerto rió ante el comentario de Pablo.
    —Touché…
    —Como iba diciendo: empiezo a sudar y me paralizo. Y no estoy seguro, pero creo que me empieza un tic en el ojo…
    —Es usted una joya… un olimpo de los nervios.
    —Lo sé, lo sé… moriré virgen.
    —¡Ja! Puede estar tranquilo, si muere virgen no lo recordará…
    —No es precisamente un consuelo…
    —¿Ah no? Entonces mejor no le digo lo que pasará con su miembro.
    —¡Callate! Soy altamente hipocondríaco.
    —¿Hay algo que no tenga, a parte de novia?
    —Eso es un golpe bajo.
    —Sigue doliendo menos que – el zombie calló ante la mirada inquisitiva de Pablo –… vale, vale, ya me callo, ¡qué carácter! Prosiga, por favor.
    —Está bien. No sé qué hacer con Lufer.
    —¿Lufer?
    —Es su nombre, bueno: Luisa Fernanda. Es peruana.
    —¡Santo cielo! ¿Sus padres la odiaban antes de nacer? ¡Que crueldad! Disculpe si le ofendo.
    —Oh, no, a mí también me parece un nombre espantoso. Pero ¿qué se le va a hacer?
    —Como mínimo no abreviarlo a “Lufer” suena a “Lucifer” y ninguna mujer debería llamarse como el demonio, ¿no cree?
    —Sí, estoy de acuerdo contigo. Pues como te decía: no sé qué hacer con ella. A veces pienso que lo mejor es olvidarme del asunto. Si es tan difícil quizá es que no es una mujer para mí.
    —¡Eso es una estupidez! ¿Cree que cuando un zombie intenta cazar a un corredor de atletismo se detiene porque es demasiado difícil? ¡No! Sigue andando con su caminar fúnebre a un ritmo lento pero continuado. Y cuando el corredor se cansa – el zombie dio una palmada que no sonó porque no tenía la suficiente fuerza en sus brazos –… ¡zas! ¿Sabe eso de que se coge antes a un mentiroso que a un cojo? Para un zombie es igual de difícil… perdón, estoy divagando.
    —Entonces, ¿qué hago?
    —Si la quiere, si ama a esa dama… luche por ella, caballero. Cuando muera, antes de olvidarse de todo… no se arrepienta de no haber luchado por ella. EL amor, así como todo lo que merece la pena en esta vida, es complicado. Si no fuera así, si fuera algo sencillo, los mortales se aburrirían de ello…
    —¿Cómo sabes tanto de amor?
    —Porque me amo a mí mismo todos los días… y no crea que es fácil amarme a mí mismo, la mitad de veces no recuerdo ni que existo hasta que me golpean con algún artículo alargado…
    —Eres incansable.
    —Oh, es una de las ventajas que le comentaba sobre estar muerto. Como los músculos están atrofiados no puedo cansarme ni tener agujetas. Pero no se me despiste, como le decía: ¡luche por el amor! Me da la impresión de que pasa demasiado tiempo planeando su vida, y ¿sabe una cosa? La vida es eso que pasa mientras nosotros hacemos planes.
    El sol empezaba a dibujarse en el cielo, la luna se despedía de aquel insólito dúo de personas. Mientras ellos seguían hablando sin cesar.
    —¿Y si no sale bien? Es la primera vez que me enamoro. Sería mi primera pareja. ¿Y si no soy lo bastante bueno? ¿Y si se cansa de mí y se va con otro?
    —Debe tener clara una cosa, Pablo, el amor no es una ciencia exacta. Es cierto que quizá se canse y se enamore de otra persona. Eso no significaría que usted haya hecho algo malo, o que sea peor hombre que el otro. Si eso ocurriera, no debería enfadarse. Simplemente debería desearle suerte en su vida y seguir viviendo sin cerrar la puerta al amor. ¿Sabe una cosa? No hay que enfadarse con el corazón de otra persona, él nunca nos juró amor eterno…
    —Vaya… eso es muy bonito.
    —¿Lo es?
    —¡Claro! ¿Por qué lo preguntas?
    —Oh, no sé, a veces me salen pensamientos como este, pero no acostumbro a tener a un interlocutor de carne y huesos (al menos que no sea de carne podrida y huesos descalcificados) con quien compartirlos.
    —Quizá en tu otra vida fuiste poeta.
    —¡Quizá! No sabría decirle. Respecto a su preocupación sobre lo que sale o no sale bien. No debe paralizarse por el miedo al fracaso. ¿Qué es el fracaso sino una simple percepción personal? Si un zombie no comerse a un humano, ¿eso le convierte en fracasado? No si sigue intendándolo. Si se queda en ese fallo será siempre un fracasado. En cambio, si se sobrepone y sigue cazando humanos podrá sentirse orgulloso. Será un No Muerto feliz.
    —Ese ejemplo ha sido un tanto espeluznante.
    —Cierto, es bastante desagradable comer carne de un humano que ha estado huyendo de ti. Está sudado y eso hace que sepa excesivamente salado. ¡Pero qué diablos! Ya no nos puede subir la tensión así que, los que disfruten con la sal que se den un festín.
    Pablo se sorprendió a sí mismo sonriendo al zombie. Sus divagaciones le causaban simpatía. Ya no le daban miedo o asco.
    —¿Sabes qué te digo? ¡La próxima vez que la vea, le diré lo que siento!
    —¿A quién?
    —¿Como que a quién? ¡A Lufer!
    —¡Ja, ja, ja! Lo siento, tenía ganas de volver a escuchar el nombre… “Lufer” ¡ja, ja, ja!
    —¡Oh, vamos! Eso no me ayuda…
    —Debe reconocer que es un nombre gracioso, amigo mío.
    —Pero yo estoy hablando en serio, hombre.
    —¿Su futura novia es creyente?
    —Mucho, ¿por qué?
    —Oh, simple curiosidad.
    —Me pregunto una cosa: ¿cómo alguien que vuelve a la vida, no cree en Dios?
    —¿Bromea? Si esto es obra de un dios, y de su plan divino, desearía decirle que deje de jugar con nosotros como si fuéramos sus juguetes.
    —¿Qué quieres decir?
    —¿Cree que es un milagro volver a la vida podrido, sin capacidad de moverse, perdiendo miembros por el camino y con unas constantes ganas de asesinar a seres vivos? ¡Es más obra del tocayo de la pretendida de usted!
    —¡¡Oye!!
    —Perdone, tengo un humor algo negro. Aunque valdría decir que en este momento ha tomado un color “blanco pus”.
    —Empiezo a acostumbrarme.
    —Como le decía: es difícil creer que esto – dijo el zombie señalándose el cuerpo de arriba a abajo – es obra de un poder bondadoso. Quizá la iglesia esté equivocada y el Dios Vengador no dejó de actuar. En ese caso tiene todo el sentido del mundo. No hay que jugar a ser dioses, ni siquiera los dioses deberían jugar a ser dioses. ¿Entiende?
    —La verdad es que me he perdido…
    —¡Encuéntrese, Pablo, es de lo más sencillo! Tener el poder de obrar “milagros” no significa que sea obligatorio obrarlos. ¿Quién me ha preguntado a mí si quería volver a la vida?
    —Quizá lo hicieron, pero no lo recuerdas porque si alguien te lo preguntó, obviamente fue antes de que revivieras…
    —¡Ese razonamiento es más delicioso que las tripas de paloma! No me lo había plantado así. Igualmente, sigo sin creer en la existencia de un “Todopoderoso”.
    —Yo, sinceramente, no creía en Dios, pero conocerte hace que me replantee ciertos asuntos. Tiene que haber algo ahí arriba. Es decir… ¡mírate!
    —Si quiere lo hago, pero le aviso que la imagen de mí sacándome los ojos y dándoles la vuelta no es agradable.
    —¿Qué? – Pablo sacudió la cabeza asqueado al darse cuenta de a qué se refería el zombie – ¡Tío! ¡Que asco!
    —Y eso que no lo he hecho…
    —Es difícil hablar contigo en serio. Te lo tomas todo a broma.
    —¿Y qué tiene eso de malo? Estoy muerto, o no muerto, llámelo cómo quiera. No sé cuanto me queda de vida, o de no vida, así que tengo que tomármelo con humor.
    —Seguro que tendrás una “no vida” muy larga.
    —“Dios le oida” – dijo el zombie con una nota de sarcasmo en la voz, y luego repitió –: “Dios le oiga”.
    Ambos rieron en una carcajada sonora que rebotaba en las paredes de aquel callejón. Entonces el zombie alzó la mirada hacia el cielo. El azul pálido de la mañana invadía aquel techo infinito.
    —Pablo, la compañía es muy grata, pero debería retirarme, se está haciendo de día.
    —Entiendo, los zombies sólo deambulan por la noche…
    —En realidad, debo retirarme porque llevo horas hablando con usted y soy un cadáver ocupado, hay otros asuntos de los que debo ocuparme – el zombie se levantó y miró a Pablo –. Pensaba que habíamos superado esos estereotipos…
    —Lo siento, tienes razón – Pablo se levantó y le tendió la mano al zombie –. Ha sido un placer conocerte.
    —Lo mismo digo, Pablo, cuídese…
    —El cadáver apretó sin fuerza la mano de su interlocutor, y cuando éste movió instintivamente el brazo, como es costumbre, la mano del zombie se desprendió de la muñeca. Ambos individuos se quedaron asombrados ante aquel hecho. Se miraron a los ojos y estallaron en una carcajada que hizo que sus gargantas, muertas y no muertas, se desgarraran.

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