9. Sábado.

“Nuestras ideas deben ser tan amplias como la naturaleza si aspiran a interpretarla.
Arthur Conan Doyle

    Todo comenzó aquella odiosa mañana de otoño. Era sábado. ¿Que cómo lo recuerdo? Quizá lo recuerdo por los gritos repelentes de los niños que jugaban en la calle disfrutando de su día de fiesta, quizá fuera la mañana más bonita que había visto nunca o quizá sea por aquella resaca; el sabor pastoso que te queda tras un viernes de excesivo alcohol. Sea como sea, recuerdo que era sábado.
    Me llamo Marquez. Sí, lo sé, es un apellido, pero nunca me ha gustado la broma macabra que mis padres eligieron como nombre y siempre he sido demasiado perezoso como para cambiármelo, así que podéis llamarme Marquez, o simplemente: no llamarme; eso es cosa vuestra.
    Como os decía, así me llamo, y soy detective. No soy un buen detective, eso es cierto. Pero aquel fin de semana resolví el caso más sencillo y desquiciante de mi carrera. Y, para mi desgracia, me gané esta odiosa fama que los periódicos sensacionalistas me han atribuido (atajo de…).
    No soy uno de esos detectives de novela negra barata que viven amargados. A pesar de lo que pueda parecer, soy un tipo alegre, pero lo que a mi me alegra, quizá no sea lo mismo que alegra a los demás. Me es indiferente. No quiero alejarme del tema principal, quiero contar la historia de aquel día. Nadie os obliga a escucharme, pero si lo hacéis… por favor, no interrumpáis, detesto a la gente que me interrumpe, a no ser que sea para ofrecerme una cerveza bien fría. ¿Pensabais que bebía whisky? Os he dicho que esta no es una mala novela negra.
    Mi oficina se encuentra en un viejo edificio del centro de Barcelona. En un quinto piso sin ascensor. Me gusta, tiene una estrecha escalera de caracol que sólo sube la gente que realmente necesita mis servicios. Es un buen repelente de clientes absurdos y ricos obesos que quieren que siga a sus mujeres. No soy esa clase de detective, tengo estilo y principios y, para mi entender, si alguien necesita a un detective porque no se fía de su pareja, el caso está resuelto desde el principio. Dejad a vuestras parejas. Mi tiempo es demasiado valioso, y quizá este pensamiento no me haga rico pero, joder… es mi vida.
    Mi despacho es pequeño, no tengo ni siquiera secretaria. La tuve, una chica pelirroja a la que cacé manteniendo relaciones sexuales con su novio en mi mesa. ¿Para qué demonios tiene ella una mesa? Odio que toquen mis cosas.
    El despacho es una única estancia con dos mesas. La de mi ex-secretaria y la mía. Ambas son color caoba, y la mesa de ella está repleta de papeles y periódicos atrasados. En algún lugar, debajo de ese descontrol papelero, debe haber un teléfono. En realidad no sabría decirlo con seguridad, nunca he sido amante de estar localizado. En la pared una única ventana con las “fastuosas” vistas de las ramblas. Figuras humanas y artistas callejeros se mezclan con los rateros, los guiris y las prostitutas. ¿Qué narices hago en esta ciudad?
    En la esquina solía haber un perchero, pero mi ex-secretaria me lo lanzó cuando la despedí sin darle ni un centavo. Que hubiera exigido que le hiciera un contrato…
El sitio es tan pequeño, que escucho los pasos de la gente que sube por la escalera de caracol. Las paredes son finas, y eso ayuda bastante a mi capacidad auditiva. Aquella mañana escuché los pasos cadenciosos de unos tacones de aguja. Podría deciros que por la fuerza de la pisada y el sonido; supe el número que calzaba, pero no nos engañemos: no soy Sherlock Holmes. Lo que sí supe, a ciencia cierta, es que se trataba de una mujer atractiva, ¿por qué? Bueno… ¿habéis visto alguna señora de ochenta años calzando esos tacones? Tuve un mal presentimiento, a pesar de que no creo en esas mierdas.
    Noté como la mujer, tras la puerta, intentaba hacer que sonara el timbre. Cuando vio que era una tarea imposible, golpeó la puerta. Siempre he detestado ese desquiciante “ding, dong” que me perforaba el cerebro. Con la voz ronca por la resaca, hice que la desconocida entrase en un despacho que casi nunca está cerrado. ¿Quién va a robarme? Y sobretodo: ¿el qué? Si mi madre me viera, seguramente diría que lo único que pueden robarme, es mi penosa forma de vida, y en ese caso debería dejar al ladrón actuar libremente. Perdonad por este momento melancólico, ya vuelvo a la historia.
    Mi mesa estaba colocada estratégicamente de manera que, al abrirse la puerta, el escritorio quedara tapado por ésta. De esa manera, tenía tiempo de estudiar a mi nueva visita antes de que ella me viera. Así pues, la puerta se abrió con un chirrido más típico de las mansiones encantadas que del despacho de un detective sin prestigio. Sonreí, siempre que escucho ese ruido lo hago, es más exasperante que el sonido del timbre. Me recosté sobre la silla de cuero (falso) del Ikea y vi como entraba en la estancia la mujer más despampanante que hubiera visto nunca. Di un vistazo rápido empezando por esos zapatos negros de tacón de aguja. Sus piernas, fuertes por la costumbre de usar ese tipo de calzados, eran largas y hermosas. Vestía un vestido negro con filigranas de color blanco crudo hasta las rodillas. No iba escotada, y su cuello estaba tapado por un precioso pañuelo de color beige que combinaba a la perfección con las filigranas del vestido. Tenía el pelo largo, ondulado y castaño y, sobre su cabeza, lucía una pamela negra con una cinta horizontal blanca. Sin duda, era una mujer guapa; sus ojos grandes, perfectamente perfilados eran de color castaño y estaban enmarcados por unas gafas redondas de pasta. Su nariz era respingona y sus labios, pintados con un simple y transparente gloss eran carnosos.
    La desconocida miró a la mesa que había frente a la puerta, llena de papeles. Al no ver a nadie movió nerviosa la cabeza estudiando el sitio, ni si quiera había visto mi mesa, mientras yo ya podía describirla a ella de memoria. Por fin posó sus ojos en los míos. Aquella mirada podría hacer que casi cualquier hombre quedara prendado de ella.
    —Debe ser el detective Marquez.
    Dijo con una voz profunda que chocaba viniendo de una mujer. Yo le dije que “debía serlo” como contestación y ella sonrió al entender que no me gustaban las frases absurdas y obvias. ¿Quién narices iba a ser si no? Se presentó como Ángela Durán, me gustan los nombres normales. Su compañero de piso había desaparecido hacía un mes. La policía no había dado con él y, por alguna extraña razón que no lograba entender, pensó que yo era el último recurso.
    A pesar de que venía a pedirme ayuda con el tema de su amigo desaparecido, Ángela no dejaba de intentar coquetear conmigo. Se sentó en mi mesa haciendo que el vestido se estrechara entorno a su trasero y se bajó ligeramente las gafas para mirarme sobre ellas. No soy ese tipo de hombres que se sienten atraídos por mujeres, ya me entendéis. Al ver que sus insinuaciones no surtían efecto siguió hablándome del caso de su compañero. Su nombre: Diego Álvarez. Me dijo lo que medía, incluso me dijo que era homosexual (seguramente para que aceptara el caso). En realidad no me hacía falta ningún estímulo extra, dejar en evidencia a las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado era más que suficiente.

    El ex-compañero de Ángela era escritor. No había publicado nada aún, pero estaba preparando su primera novela. Cada mañana, madrugaba para ir al Parc de la Ciutadella. Le gustaba escribir mientras los aspersores hacían que el césped oliera a mojado.
    Le pedí a la mujer que me entregara una fotografía, pero me dijo que a Diego no le gustaba hacerse fotos y que jamás había conseguido “pillarle” con la cámara. ¿Cómo narices iba a encontrar a alguien sin fotografía? Me enfundé la cartuchera como si fuera un chaleco, dejando la pistola en el costado, me puse la chaqueta negra de piel encima y me dirigí al parque. Una vez allí, me aproximé a la estatua del mamut bajo la cual se suponía que Diego se sentaba a escribir. Nada me cuadraba, ¿por qué iba a sentarse nadie en la tierra teniendo tantos montículos de hierva? Aquello me olía mal, y no era por el agua estancada de aquel lago artificial.
    Mientras inspeccionaba la zona vi a un hombre de unos cincuenta años vestido con el uniforme de la brigada de limpieza de Barcelona. Me acerqué a él y le pregunté si recordaba a un hombre de treinta años, de metro setenta y cinco, pelo corto castaño (la descripción que Ángela me dio podría pertenecer a cualquier varón). Por suerte, tenía el detalle de que se sentaba allí durante dos horas para escribir con su ordenador. El hombre me dijo que llevaba veinte años haciendo aquella zona del parque, y que nunca había visto a nadie sentado bajo el mamut. “Lo lógico sería que se sentara en la hierva” me dijo. Odio las obviedades, más aún cuando yo mismo he pensado en ellas. ¿Qué estaba pasando allí? ¿Ángela me había dado un dato falso? Todo aquello no me ayudaba. Me fui corriendo sin despedirme del hombre que me dijo “de nada” sarcásticamente al no recibir muestra alguna de gratitud. ¿Gracias por qué? ¿Gracias por nada?
    Según Ángela, Diego también acostumbraba a ir mucho al Starbucks de Urquinaona, allí se sentaba con una taza de café caliente y seguía escribiendo. Debería haber sido mi siguiente parada, pero aquel caso me daba mala espina. Decidí independizarme de los datos que Ángela me había proporcionado y comencé a investigar por mí mismo. Me puse en contacto con uno de mis confidentes. Un gran mentiroso llamado Luis Borgia. Actualmente vendía cupones de la ONCE en Plaza Cataluña. ¿Que qué tiene eso de malo? Teniendo en cuenta que no Luis no tiene ninguna discapacidad, tiene varias cosas malas.
    Llamé a la policía (un timo es un timo), pero mientras la bofia llegaba le sacaría la información que quería. Él sabía todo lo que pasaba en Barcelona. No me preguntéis cómo lo hacía, pero lo hacía. Así pues le pregunté por un tal Diego Álvarez y de paso, por Ángela Durán. Borgia sonrió de una manera sospechosa y me dio un tercer nombre: Velasco. ¿Qué narices pasaba aquel sábado? ¿Por qué todo era tan extraño? Luis me dijo que Velasco regentaba un bar en la calle Tallers, un bar que servía como tapadera de un negocio de drogas. ¿Qué tenían que ver Diego y Ángela con un narcotraficante? Me estaba recorriendo toda Barcelona, pero por suerte, las pistas no se alejaban mucho la una de la otra. Mientras me dirigía al bar me preguntaba porqué Luis Borgia había sonreído de una forma tan extraña y sospechosa. Maldito bastardo… me habría encantado ver su cara al descubrir que la policía le enviaba saludos de mi parte.
    El teléfono móvil de mi bolsillo empezó a sonar. Odio esos aparatos, detesto estar comunicado. Descolgué, era Ángela preguntándome qué tal me estaba yendo. No le podía decir que había decidido buscarme la vida y seguir mi instinto. Algo me decía que no podía fiarme de ella, pero ¿el qué? Le dije que todo iba bien, y que tenía que dejarla para poder seguir mi investigación. Había llegado a Tallers. El bar estaba vigilado por policías infiltrados, vestidos con camisetas de Iron Maiden, para poder mezclarse con el tipo de gente que frecuentaba aquellas calles. Parecía que el tal Velasco era famoso. Saqué de nuevo el teléfono y busqué en Google al personaje. Realmente era una perla de hombre: era el líder de una de las bandas neo-nazis más peligrosas de Barcelona, pederasta y homófobo. ¿Qué hacía Diego mezclado con un tipo como aquel? Pensé que quizá le habría secuestrado por ser homosexual, o algo peor. Tenía que buscar una forma de entrar en el bar, ¿pero cómo? No podía entrar por la puerta, no quería que la policía me viera por allí. Miré a mi alrededor y recordé que los locales de aquella calle tenían un pequeño patio de luces que conectaba directamente con la azotea.
    Anduve y giré esquinas hasta que encontré un sitio solitario entre aquellas callejuelas estrechas y oscuras. Busqué una tubería gruesa y tiré de ella para asegurarme de que era resistente. Miré a un lado y a otro y luego miré a lo alto y tras suspirar, empecé a escalar usando la tubería como apoyo. No me gustan las alturas, pero tampoco me gusta que se cachondeen de mi. Tenía que solucionar aquel caso como fuera, empezaba a hartarme. Cuando llegué al tejado me sorprendió ver a un francotirador sentado, descansando, esperando órdenes de su superior. Saqué mi arma de la cartuchera y la sujeté con fuerza por el cañón. Me acerqué muy despacio por su espalda, no me gusta enfrentarme con la ley, pero alguien estaba intentando tomarme el pelo, y quería saber quién. El sigilo se hacía difícil en aquellos tejados envejecidos. Algo crujió bajo mis pies y el francotirador se giró. Ahora debía hacer algo que odiaba: luchar. No me costó demasiado noquearle, francamente, aquel chico era más una cara bonita que una persona combatiente. ¿Que les enseñan en la academia? ¿Quizá a exfoliarse la cara? En medio del tejado se abría un enorme hueco que, como suponía, conectaba todos los pisos de casas de aquel edificio bajo, y, como no, el dichoso bar. No estaba especialmente alto, pero tenía que buscar la forma de bajar sin romperme nada. Miré el precipicio y encontré una nueva tubería, era de agua, gruesa, así que sería la mejor opción. Comencé a bajar, sujetando con las dos manos la tubería, y colocando mis pies en la pared, haciendo fuerza con las piernas para no caerme. Cuando iba por la mitad, se me resbalaron las manos a causa de un escape minúsculo de agua. Por suerte caí en un montón de cajas de cartón vacías que amortiguaron el golpe. Escuché como alguien advirtió de un ruido en el patio de luces, “un golpe fuerte” dijo.
    Me llevé las manos a la cartuchera, pero la pistola no estaba. Se habría caído y no tenía tiempo de buscarla entre las cajas y la basura de aquel lugar que apestaba a podrido. Miré a mi alrededor y vi un puñado de palos de madera. Cogí uno de ellos y me coloqué junto a la puerta que daba al bar. Apoyé mi espalda contra la pared y sujeté con fuerza el palo preparándome para descargarlo contra aquel que se acercase.
    De pronto un hombre calvo y grande, de un metro ochenta de altura más o menos, y una constitución más propia de un culturista que de un camarero, salió por la puerta y sin pensármelo le golpeé en la nuca con todas mis fuerzas. La madera se rompió por la humedad y no le hizo más que cosquillas. ¿Nunca os ha pasado que vuestra cara hace una expresión tan exagerada que sois capaces de verla? Mis ojos se abrieron como platos, no podía creerme lo que acababa de ocurrir. El forzudo se giró furioso, me pareció oírle rugir.
    Descargó su puño contra mi, pero reaccioné a tiempo y me agaché para esquivarle. Le golpeé en el costado, pero creo que me hice más daño yo en la mano que el que le provoqué a él. Me enzarcé en una nueva pelea, pero esta vez parecía que mi contrincante estaba mejor preparado. ¿Por qué los malos siempre son más resistentes que la policía? ¿Dónde estaría Velasco? ¿Y mi arma? Todo esto lo pensaba mientras ese individuo me asfixiaba y levantaba del suelo como si no pesara nada. Mi mundo empezaba a oscurecerse por la falta de aire, pero he aprendido a luchar en la calle, y esa es la mejor de todas las artes marciales. Le di un puntapié con todas mis fuerzas en la entrepierna. Aquel neandertal sintió el golpe, pero no me soltó, así que le di un fuerte puñetazo en la nuez, causándole la muerte inmediata. Era él o yo.
    Podría haberme puesto su ropa para hacerme pasar por alguien del personal. Pero por un lado el color no me sentaba bien y por otro, esto no es una película en la que la ropa le iba bien a todo el mundo sea del tamaño que sea. Busqué mi pistola y la encontré junto a una rata muerta. Tenía claro que jamás iría a aquel bar a tomar algo.
    Entré en el bar con la pistola enfundada. Estaba en la cocina y allí no había nadie. ¿Dónde estaba el personal? Nadie llenando las cámaras, nadie preparando las tapas del mediodía. Definitivamente, no iría a aquel bar a tomar algo. Me apoyé en la pared, junto a la puerta que conectaba el bar con la cocina. Eché un vistazo y vi a un hombre de espaldas a mí hablando a gritos con otro que vestía bata blanca. Sin duda no era el cocinero, los cocineros no llevan mascarilla y guantes. Tampoco era médico, sin duda, era uno de los operarios que se encargaban de la coca. Saqué mi arma y salí de la cocina apuntando con el cañón al hombre que gritaba. El operario abrió los ojos sobremanera al verme e hizo que el otro se girara. Vestía chaqueta de cuero marrón y una camiseta horrenda de color chocolate. ¿Quién combina el marrón con el marrón? Tendría que haberle disparado sólo por eso.
    El hombre sin gusto me preguntó quién era, y yo, con toda la educación que mi madre supo darme, le contesté que era el que le estaba apuntando a la frente con una pistola. Y le pregunté si quería comprobar mi D.N.I. El operario hizo amago de salir corriendo, pero mi mano se movió más rápida que él y le apunté a la cabeza para hacerle entender que no era buena idea irse sin una despedida. Volví a dirigir la pistola al de la chaqueta de cuero y le dije que, ya que yo me había presentado, estaría bien que él hiciera lo propio. Se llamaba “Cobra” aunque dudo que su madre tuviera incluso peor gusto que la mía. Me fijé en su cuello y de la camiseta salía el tatuaje de una cobra, até cabos y deduje el porqué de su “ingenioso” mote. Ademá de original, era el encargado de aquel tugurio, la mano derecha de Velasco.
    Hice un trato muy justo con él: si me llevaba con su jefe, yo no le hacía un piercing en el cerebro. Le gustó la oferta y me llevó al almacén. Era pequeño y estaba vacío, excepto por las estanterías. Mi nuevo amigo sujetó una de las estanterías y tiró de ella, haciendo que la pared se abriera. ¿Quién diseñaba las guaridas de los malos? La pared falsa dejaba a la vista una escalera de cemento. Dejé que el encargado subiera delante de mí y cuando llegamos al final de aquella escalera de diez escalones me quedé sorprendido. Aquel malnacido de Velasco se había hecho un despacho insonorizado. En las paredes colgaban banderas rojas con la esvástica negra dentro de un círculo blanco. Velasco escribía algo sentado en su escritorio situado justo delante de una pared decorada con el retrato de Franco. El narco era un hombre de unos cuarenta años, pelo de punta, rubio, con perilla y realmente atractivo. Sin alzar la vista, reprendió a su encargado que le molestara mientras estaba ocupado. El hombre temblaba, y no contestó, pero cuando martilleé la pistola, el jefe de todo aquello levantó la mirada. Vi como intentaba llevar la mano bajo la mesa. Quizá para pulsar algún botón de alarma o quizá para coger una pistola. El caso es que ya estaba más que cansado de todo aquello, así que dejé inconsciente al encargado y corrí hacia Velasco. Golpeé con fuerza el borde del escritorio arrastrándolo hacia Velasco que quedó atrapado entre la pared y la mesa. Le puse la pistola en la frente y le exigí que me respondiera a unas preguntas sobre Diego Álvarez y Ángela Durán. No quiso responderme, lo cual me pareció extremadamente desconsiderado teniendo en cuenta las molestias que me había tomado.
    No pensaba dispararle, pero me pareció un hombre preocupado por su estética y pensé que a su cara le faltaba algo. ¡Claro! La nariz. Quizá con un golpe seco con la culata de la pistola se la torcería un poco. La golpeé hasta que se la rompí y empezó a sangrar. Le pregunté una vez más qué sabía de Diego y Ángela. Aquel desgraciado era duro de pelar, estaba acostumbrado a policías que se excedían en los interrogatorios. Pero yo no era policía, y, a diferencia de ellos, yo no tenía límites. Vi que en el escritorio había un pote que había caído cuando moví la mesa. En él quedaba unas grandes tijeras. Le di un fuerte puñetazo a Velasco y cuando puso su mano sobre la mesa aproveché para clavarle las tijeras. Le sujeté la boca para que el grito no sonara más de la cuenta. Volví a martillear el arma y le apunté de nuevo. Velasco ya había comprobado que yo no pensaba detenerle, y que me faltaba un maldito tornillo, así que me dio un nombre: Marcos Timshell. Aquel nombre me sonaba, pero ¿de qué? Le golpeé de nuevo para conseguir la dirección del nuevo personaje. Eran las doce de la mañana y estaba cansado. Miré a Velasco y me di cuenta de que quizá me había pasado un poco, ya no era atractivo. Aunque pensándolo mejor, me di cuenta de que no se merecía compasión. Él no se la había tenido a ninguno de los niños que violó, ni tampoco a los homosexuales que aporreó. Me dirigí corriendo al patio de luces y volví a subir al tejado por aquella tubería resbaladiza. Cuando me alejé del lugar llamé de nuevo a la policía y le dije que había escuchado disparos dentro del bar. Cosa que no era cierta, pero que haría que aquellos inútiles entraran de una vez por todas y detuvieran a aquel maldito desgraciado.

    El tal Marcos Timshell vivía en la zona alta de Barcelona. Me resultaba curioso que Velasco conociera a alguien en ese lugar. Entré en el portal donde vivía el tipo. Vivía en un tercer piso así que empecé a subir las escaleras, me gusta dejar el ascensor libre por si alguna persona mayor o alguien que no pueda subir escalones lo necesita. Golpeé la puerta suavemente, ya sabéis… los timbres… abrió una bella mujer de unos cincuenta años bien conservada y realmente atractiva. Tras decirle que era un buen amigo del señor Timshell me dejó entrar. El piso era un loft muy lujoso, y decorado con un gusto exquisito. En el recibidor un cuadro de esos que parecen haber sido pintados por un crío de cinco años, pero que cuesta miles de euros, lucía imponente. La mujer que me había abierto la puerta me pidió que le siguiera y allí estaba él, sentado en el sofá viendo una serie de abogados en un canal autonómico.
    La mujer era la criada de este hombre. Sin duda, era un hombre con mucho dinero. Marcos Timshell se levantó con expresión extrañada al verme entrar. La mujer entendió que le había mentido y me miró. Extendí mi mano para estrechársela al individuo y me presenté como Marquez, sin más. La criada se retiró y nos dejó solos. Timshell era un hombre de unos cincuenta y séis años, de constitución ancha. Era calvo por la parte de la coronilla pero tenía pelo en las sienes y en la nuca. Sus ojos de un azul arrebatador se escondían tras unas gafas de pasta cuadradas. Medía alrededor de un metro setenta. Él me preguntó en qué podía ayudarme y le dije que venía de parte de Velasco. Pareció no inmutarse y me respondió con un simple: “entiendo…” era curioso, ya que yo no entendía nada, no tenía claro si todos eran superdotados menos yo. Miré a mi alrededor y todo el piso estaba decorado con cuadros famosos que, por supuesto, debían ser copias ya que, a pesar de que no entiendo demasiado de arte, aquellos cuadros estaban expuestos en distintos museos. ¿Quién era aquel hombre?
    —Siento decirte, muchacho, que estoy retirado.
    —Lamento escuchar eso, Velasco me comentó que es usted el mejor.
    —Velasco es un bocazas, no te creas todo lo que dice. Igualmente, con mi último cliente gané el dinero suficiente como para no necesitar más.
    Seguía sin entender nada. Y ya me había hartado de aquel teatro. Le pregunté por Diego Álvarez y me dijo que no conocía a nadie con ese nombre. Claramente mentía, a diferencia de cuando nombré a Velasco, los ojos de Timshell se abrieron más de la cuenta una milésima de segundo. Ya me estaba cansando de todo aquello, estaba harto y tenía hambre (no soy muy simpático cuando tengo hambre). Le pregunté si estaba seguro de aquella respuesta, y ante su asentimiento, me levanté y me acerqué a él, le cogí por la nuca y, presionando con mis dedos, le obligué a andar hasta el lavabo y allí, después de golpearle en la mejilla y hacer que se pusiera de rodillas, empecé a sumergirle la cabeza en el retrete. No conseguí nada. Sin duda aquel tipo no soltaría prenda. Marcos consiguió librarse de mis manos e intentó huir de mi pero el suelo estaba mojado y resbaló. Al caer se dio un golpe mortal en la cabeza con el inodoro. ¡Odio que mis sospechosos mueran! Cerré la puerta y empecé a investigar en aquel piso. Vi como la mujer corría y se encerraba en una habitación donde, seguramente, habría un teléfono con el que llamar a la policía.
    Encontré el despacho de aquel fiambre y entré en busca de alguna prueba. Delante de la puerta había un gran escritorio negro elegante y, tras él, en la pared vi un montón de diplomas. Me acerqué y me sentí desconcertado del todo. Timshell era cirujano plástico. ¿Qué narices estaba pasando? Me senté en la silla de cuero, mirando aquellos diplomas y no sabía qué pensar ni cuál sería mi siguiente paso.
    Me puse a buscar en su escritorio. Habían carpetas con nombres. Busqué entre ellas, pero nada me llamaba la atención. En el suelo, junto al escritorio, se encontraba el maletín del doctor. Necesitaba un código para abrirlo y yo lo tenía. El código era una navaja que usé para hacer palanca y destrozarla. Allí había otra carpeta con las iniciales “D.A.” la abrí y vi fotos de un hombre con la piel llena de líneas discontinuas. Estaba a punto de someterse a una operación. Leí el informe que Timshell adjuntaba en la carpeta. Se trataba de una operación de cambio de sexo para Diego Álvarez. Pude leer el informe ya que por suerte estaba escrito por ordenador.
    Al leer el tipo de la operación no pude evitar volver a las fotos. Aquellos ojos… “D.A”… mi cara se desencajó al entender lo que estaba ocurriendo. Cerré la carpeta y salí corriendo de aquel lugar antes de que llegara la policía. ¡¿Cómo había estado tan ciego?! Me había engañado desde el principio. Ángela Durán, “A.D.” sin duda, aquellos ojos eran difíciles de ocultar incluso con una operación. Ángela era Diego. Diego, esa persona desaparecida, había estado en mi despacho, insinuándose a mi. El cambio de sexo había sido un éxito, sin duda, la única torpeza había sido cambiar sólo el orden de las iniciales y, a pesar de esa torpeza, había conseguido engañarme. Pero, ¿por qué?
    Cuando salí del edificio, saqué el móvil e investigué en Google. Era demasiado extraño, Diego era Ángela, y tenía algo que ver con Velasco y el doctor… A pesar de que mi móvil era bastante rápido, aquella búsqueda se me antojó eterna. Los resultados de la búsqueda eran inconclusos, demasiadas entradas. Pulsé sobre la pestaña de “noticias” y empecé a ojear. Allí, entre algunas de las noticias más absurdas y aburridas que había en la red, encontré un titular: “Desaparece el asesino en serie Diego Álvarez”. Abrí la noticia y mis ojos se abrieron como platos; Diego Álvarez había asesinado a varias personas. Sus víctimas eran policías que habían declarado abiertamente su homosexualidad.
    De pronto, mi mundo se desvaneció al recibir un potente golpe en la nuca. Cuando desperté tenía la cabeza tapada con algún saco mugriento y estaba esposado. Escuché la voz de Ángela y, entonces, entendí aquel extraño tono que percibí el primer día.
    —¿Cómo has llegado a Timshell tan rápido?
    Supuse que hizo una seña a alguien que se sentaba a mi lado, porque me golpeó con el codo en las costillas y me destapó la cabeza. Cuando mis pupilas se acostumbraron a la luz miré a Ángela o a Diego, o como demonios fuera. Era realmente atractiva. Siempre me había parecido curioso que algunas transexuales fueran más femeninas y atractivas que muchas mujeres. A mi lado un guardaespaldas calvo y enorme me miraba con cara de psicópata. Estábamos dentro de una limusina, eso estaba claro.
    —Te presento a Miroslav.
    —¿En serio? — miré al gorila —, ¿eres un guardaespaldas ruso y te llamas Miroslav?
    Pareció no entender el chiste, ya que me golpeó con su puño en la cara. A pesar de estar sentados, aquel puñetazo hizo que me marease.
    —Que mal genio — dije, haciendo uso de la norma principal de cualquier detective privado: nunca dejes de usar el sarcasmo —… amigo, tienes que controlar tu ira, te saldrá una úlcera.
    Estuvo a punto de golpearme, y de pronto Ángela sacó una pistola a tal velocidad que ni la vi y disparó a mi agresor en el brazo. Él empezó a gimotear y yo casi me lo hago encima.
    —No me gusta que mis trabajadores piensen por sí mismos. No debería pegar a mis amigos sin mi permiso.
    —Oh, ¿somos amigos?
    —Bueno, he investigado un poco sobre ti, y sé que no tienes demasiados amigos.
    —Cierto. Verás, suelo cortar la relación cuando me secuestran y me ponen un saco en la cabeza.
    —Bromista hasta el final… ¿no te das cuenta de que eso es un mal cliché? El detective satírico.
    —Puede. Dime una cosa, ¿cómo un asesino en serie, puede permitirse una limusina?
    —No soy un asesino en serie. Puedes creértelo o no, pero no he matado a nadie en mi vida. Soy traficante, y de eso soy culpable. Pero no soy un asesino.
    —Ahá… deberían canonizarte.
    —No lo pretendo. Si algún día me cogen por lo que he hecho, cumpliré condena. Pero nunca pagaré los platos rotos de otra persona — en aquello estaba de acuerdo con ella —. Quería ver cuánto tardabas en descubrir mi secreto.
    —¿Por qué te operaste?
    —Todo el mundo busca a Diego Álvarez. La policía nacional e internacional. Pero ¿quién pensaría que ahora Diego Álvarez es Ángel Durán?
    —Demasiado sacrificio para escapar… ¿y yo qué tengo que ver?
    —Quiero que investigues quién intenta cargarme el muerto.
    —¡¿Trabajar para un criminal?!
    —¿Te lo impide tu código moral? No quiero que trabajes para un narcotraficante, quiero que trabajes para una persona inocente de asesinato al que intentan inculpar.
    Aquello tenía sentido, me lo pensé un momento. Ella dijo que me pagaría bien, eso era lo de menos. Acepté el caso y ella me quitó las esposas.
    —Tengo una pregunta que hacerte Ángela.
    —¿Cuál es?
    —No eres como otra transexual que se opera porque siente que su sexualidad no se corresponde con lo que realmente es. Quiero decir, no es que sientas que eres mujer. ¿Verdad?
    —¡Soy un hombre! ¿Entiendes lo que te digo? ¡Un hombre!
    —Me alegra que me digas eso.
    —¿Por qué?
    Entonces le di un codazo en la nariz al gorila calvo y a ella un puñetazo en la boca con todas mis fuerzas y le quité el arma, le apunté a la cabeza y le dejé claro que no me gusta que me engañen, me esposen, me tapen la cara y me golpeen. Y, la facilidad con la que le quité el arma me dejó claro que Diego Álvarez era inocente del cargo de homicidio múltiple. Así es como me gané la fama que tengo. Y así es como acabó aquel fatídico sábado, para empezar el resto de un mes horrible.

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