5. Bajo una luna de otoño

Muchos hay que no conocen su debilidad,
pero otros tantos hay que no conocen su fuerza.

Jonathan Swift

    Los pasos apresurados de dos hermanos hacían que el agua de los charcos del suelo salpicara. Tras ellos, una multitud acalorada gritaba exaltada. Portando en sus manos antorchas, picos y palas. Los dos críos sentían como sus torsos ardían presionados por el latir ajetreado de sus corazones.
—¡Aprisa Tirc!
Gritó el niño que iba delante cogiendo y tirando de la muñeca de su hermana para que no se detuviera.
—¡Sam me haces daño!
Respondió la niña. Y Sam, haciendo caso omiso de las palabras de su querida hermana, siguió tirando de ella.
—¡Más daño te harán esos paletos si te alcanzan!
Esa fue la única respuesta. Sam y Trin doblaron una esquina, luego otra, y otra más. Podían dar gracias de su juventud, pues aquella diferencia entre sus perseguidores y ellos hizo que consiguieran despistarlos. Dieron a parar a un oscuro callejón sin salida. Se detuvieron y Sam, poniéndose entre su hermana y la apertura de la calle, miró a su al rededor.
—Sam, tengo miedo…
—Tranquila, y deja de llorar, no va a pasar nada.
Los ojos del hermano mayor se movían compulsivamente, escudriñando cada rincón del callejón. En el suelo, en una de de las pareces que hacían esquina vio una pequeña ventanilla que daba a una especie de sótano.
—Vamos, corre, metámonos ahí.
—Está oscuro Sam, sabes que no me gusta la oscuridad.
—Tranquila Trin, yo estoy contigo.
Aquello pareció convencer un poco a la pequeña que, tras dejar que su hermano rompiera el cristal y retirara con su bota los restos afilados que quedaron en el marco, se deslizó al interior de la oscura estancia. Sam miró a su al rededor, y se dirigió hacia una caja de madera vacía, la llevó hasta la pared, justo al lado de la ventana y se introdujo por el orificio que acababa de abrir. Antes de entrar del todo, arrastró la caja hasta que el hueco de la ventana quedó oculto.
Trin le esperaba asustada, y en cuanto Sam estuvo a su altura se abrazó a él. Él le acarició su sedoso pelo, y la besó en la frente.
—No está tan oscuro ¿verdad?
La voz del chico era dulce, tranquilizadora para Trin, que entre sollozos asintió. Realmente la luz de la luna se filtraba por algún sitio que Sam no supo concretar. No es que la estancia estuviera iluminada, pero se veía lo suficiente como para que la pequeña no sintiera miedo. Sam la cogió de la mano y se dirigieron hacia un rayo de luz que entraba por una grieta en la pared.
Trin tenía un cabello dorado, ondulado, que le caía hasta media espalda. Su nariz era menuda y cubierta de pecas, las lágrimas habían hecho que se le pusiera colorada al igual que sus mejillas. Era quizá la niña más hermosa que su hermano hubiera visto. No medía más de un metro, y como ropa portaba un vestido sucio por la carrera que acababa de hacer.
Sam tenía el pelo enmarañado en un remolino imposible, su cabello era de un tono castaño claro, a medio camino entre el marrón y el amarillo. Sus ojos, al igual que los de su hermana, estaban dotados de un marrón intrigante. Ambos tenían tres motas en la pupila, tres motas rojas que formaban una diminuta pirámide. Sam las tenía en la pupila izquierda, Trin en la derecha. El muchacho vestía un chaleco de borrego, unos pantalones de un azul pálido remetidos por las botas que eran del mismo material que el chaleco.
—¿Por qué nos quieren hacer daño Sam?
—No lo sé…
Pero Sam sí que lo sabía. Sabía de sobras porqué aquellas personas los perseguían, o mejor dicho, porque seguían a su hermana: llevaban dos noches huyendo, hacía dos lunas que tuvieron que abandonar su hogar entre gritos de “bruja” y “esperpento”.
Sam sabía — o creía saber — que aquellas insinuaciones, aquella opinión general de que Trin era una bruja, eran del todo absurdas. ¿Y qué si le había arrebatado la vida a su padre? Era un hombre malvado, que les azotaba día sí y día también. Un ser codicioso, un personaje repugnante que se había aprovechado de la bondad de Sarma, la madre de los críos, hasta que esta enfermó y su corazón se detuvo. ¿Y qué si la muerte de aquel maldito hombre había sido de lo más extraña? ¿Y qué si fue tras el último bofetón que Sam recibió de él? Ni siquiera le importaba que los ojos de su hermana se hubieran vuelto rojos como el fuego, ni que tras un grito furioso, que más pareció el rugido de un animal salvaje, el cuerpo de su padre hubiera empezado a arder como un caldero lleno de agua hirviendo. Y tampoco le importó que aquel hombre despreciable cayera fulminado al suelo y empezara a expulsar espuma por su boca. Era su hermana, y la protegería de quien fuera.
De las bocas de los dos hermanos salía un vaho que se iluminaba bajo la luz de la luna. Trin se abrazó a Sam al escuchar acercarse a la muchedumbre por el callejón. Sam temía que aquella multitud descubriera la caja que cubría la ventanilla rota.
—¿Dónde demonios están?
Dijo una voz masculina.
—¡Ha sido esa niña! ¡Han desaparecido!
Respondió una voz chillona que Sam no supo si pertenecía a un hombre o a una mujer.
—¡Es una bruja!
Gritaron unas cuantas voces al unísono. Trin lloraba en silencio, sintiendo la mano de su hermano tapándola el oído.
—Tranquila Trin — susurró Sam —, ya se van.
En efecto, las voces se alejaron por el callejón. Murmuraban y maldecían a los dos hermanos. Sam se relajó, y Trin sintió que el miedo empezaba a abandonar cada recodo de su ser.
Se abrazaron y Trin rompió a llorar. Su hermano la apretó contra el pecho sin saber como tranquilizarla. Aquello era algo espeluznante, ¿cómo era posible que gente adulta quisiera quitarle la vida a una niña pequeña?
—¿Qué vamos a hacer Sam?
—Debemos esperar un poco, así nos aseguramos de que esa gente se haya ido.
—No entiendo nada, ¿por qué nos quieren hacer daño?
La niña no recordaba nada de lo que había ocurrido. En cambio Sam no podía olvidar como la voz de su hermana cambió perdiendo el tono angelical y dulce para dar paso a una voz tenebrosa y grave. No podía dejar de pensar en la luz que envolvió el cuerpo de Trin, y aquellos ojos. Sentía el rojo fogoso de la mirada de su hermana clavados en lo más profundo de su alma. No pudo responderla, no sabía qué decir, qué explicarla.
Tras un rato allí, Trin se quedó dormida en el suelo, con la cabeza apoyada en el regazo de Sam que estaba sentado con la espalda reposada en la pared. El crío acariciaba el pelo espeso de la niña y veía como la pequeña dormía en posición fetal con el dedo pulgar de su mano izquierda dentro de la boca. Recordó como Sarma, su madre, había intentado conseguir que Trin dejara aquella costumbre. “Ya eres mayor para chuparte el dedo, hija mía”. Los ojos de Sam se humedecieron al recordar a su preciosa y querida madre. También recordó con rencor como su repulsivo padre intentó conseguir que Trin dejara aquel hábito, sólo que el método del hombre era más agresivo. Las lágrimas del chico cayeron al recordarse a sí mismo plantándole cara al hombre, para que le pegara a él y no a su hermana.
—Gracias hermanita — susurró Sam —, no sé como lo hiciste, pero prometo protegerte.
Tras decir esto, los ojos del chico se cerraron embrujados por el sueño y el cansancio. Quedaron ambos hermanos en el suelo de aquel frío sótano, dormidos, a salvo de la ira de unos pueblerinos desquiciados.

    —¡Mirad, están ahí!
Las voces retumbaron en el eco del sótano haciendo que Sam y Trin dejaran de repente el mundo de los sueños. Un grupo de hombres armados con rastrillos afilados, picos, palas y antorchas corrieron hacia ellos y los atraparon.
—¡Ahora os enseñaremos lo que es bueno.
Dijo un hombre acercando su boca al rostro de Sam. Este tuvo que reprimir su angustia al oler el aliento alcohólico del individuo.
—¡Soltadnos malditos!
—¡La única maldita es tu hermana, mocoso!
—¡Estáis locos, es solo una niña!
El intento de Sam de hacer entrar en razón a aquellos adultos descerebrados resultó del todo inútil. Una mujer cogió en volandas a Trin, que forcejeaba para deshacerse de los brazos corpulentos de la mujer. Sam gritó y consiguió librarse del hombre que le sujetaba, corrió hacia su hermana pero de pronto, tras un golpe seco en la nuca, cayó al suelo inconsciente.
Cuando sus ojos se abrieron estaba sentado con la espalda apoyada en un tronco, sus brazos habían sido atados al rededor del mismo. En su pierna pudo distinguir, cuando su visión se aclaró, una apestosa rata callejera. El crío sacudió la pierna para espantar a aquel asqueroso roedor. Cuando su mente despertó del aturdimiento, miró a su alrededor, estaba en la plaza del pueblo. Era de noche y el cielo estaba completamente minado de estrellas. Frente a él, en medio de la plaza, se alzaba un pilar de madera rodeado de astillas. Sam distinguió aquello, ¡era una hoguera! Y atada al mástil central se encontraba, de pie, su hermana.
—¿Qué vais a hacer? ¡Soltadla!
Dos hombres corpulentos se quitaron el sombrero picudo, y le miraron por encima del hombro con un semblante desencajado por la ira y la excitación. Creían haber cazado a una bruja, e iban a ajusticiarla. Uno de los hombres cogió una antorcha prendida y se acercó lentamente al conjunto de maderas que formaban aquella trampa mortal.
—Algus, viejo amigo — dijo el otro hombre —, permite que sea yo quien prenda la leña.
—De acuerdo Frowl, sé que el padre de esta maldita bruja era alguien importante para ti…
Le cedió la antorcha y Frowl empezó a avanzar hacia su objetivo. Sam comenzó a gritar, pero el hombre hizo caso omiso a las quejas del chico. En su lugar miró a los ojos de Trin que no paraba de llorar aterrorizada. Y de pronto lanzó la antorcha a la pila de maderas. Pocos segundos después, una llama empezó a brotar incesante.
—¡No! ¡Trin! ¡Sois unos bastardos!
La multitud disfrutaba del espectáculo, disfrutaban de aquellas llamas purificadoras que enviarían al infierno a aquella maldita bruja. Disfrutaban de un trabajo bien hecho, la caza de brujas jamás había sido tan fácil.
—¡Os vais a arrepentir!
Aquella última frase de Sam captó la atención de los presentes. No por el contenido de las palabras, si no por la voz. Aquella voz grave, ronca, y tenebrosa. Cuando miraron al crío vieron como sus cabellos se volvían del color del fuego. Un rojo encendido que parecía palpitar con destellos de luz. Los ojos del crío se volvieron amarillos por completo, exentos de pupilas.
—¡Me las vais a pagar todos!
La cuerda que ataba sus muñecas al rededor del tronco, se pulverizó por el calor que desprendía el cuerpo del niño. Un cuerpo que comenzó a levitar ante el asombro y el terror de los pueblerinos.
—¡Él es el brujo! ¡Ese maldito mocoso es el brujo!
Sam alzó la mano, con la palma apuntando a la hoguera, y tras un grito que hizo temblar el suelo, desprendió una bocanada de aire que extinguió por completo el fuego. Trin miraba a su hermano y gritó algo que el chico no consiguió entender. Veía sus labios moverse, pero parecía que sus cuerdas vocales hubieran perdido el sonido.
Sam miró a sus vecinos, y a pesar de no tener pupilas, todos consiguieron captar el odio y la furia que se escondía tras su mirada. Su ceño se frunció dotando a su rostro de un aire aterrador.
—¡Solo es una niña! ¡Morid!
Y de pronto el cuerpo del crío se encendió, quedando envuelto por un fulgor blanco que hizo que las estrellas se ocultaran ante aquella luz. Los habitantes del pueblo comenzaron a correr, pero del cuerpo encendido de Sam, empezaron a salir tentáculos de luz que envolvían a cada uno de los adultos. Cuando éstos eran rodeados por aquellos tentáculos, sus cuerpos, simplemente, se desintegraban. Uno a uno, todos los pueblerinos fueron desapareciendo. Y sólo cuando el último de ellos fue brutalmente asesinado, Sam perdió el brillo que le envolvía y cayó a plomo en el suelo. Allí quedó tumbado, inconsciente, y en su mente se dibujaban unas frases distorsionadas. Era la voz de su hermana, que le decía algo. De pronto el subconsciente del chico distinguió a su hermana en la hoguera, mirándole como cuando estaba flotando. Le veía mover sus labios, como segundos antes, pero no era capaz de entenderla hasta que de pronto la frase sonó nítida:
—¡Sam, otra vez no!
¿Otra vez? ¿Qué quería decir? Y ante aquella pregunta interna comenzó a recordar a su hermana haciendo que su padre desapareciera en una nube de polvo humano. Era ella, ¿era ella? De nuevo, su subconsciente volvió a aclarar la situación, y se pudo recordar a si mismo. Su mente había modificado aquel doloroso recuerdo. Fue él, Sam, quien no pudo soportar que su perverso padre siguiera azotando a su hermana. Era él, y sólo él, el que poseía aquel poder. Allí quedó inconsciente en el suelo, intentando asimilar lo que había pasado bajo aquella luna de otoño.

2 comentarios en “5. Bajo una luna de otoño

  1. Me ha encantado este relato también ❤ Por un momento había pensado que iba a ser la niña la que les iba a dar pal pelo a todos. Me ha gustado el plot twist del final. La época y el tema de la crema de brujas es super interesante.

    • ¡¡Hola Kirtashcosplay!! Lo primero: ¡GRACIAS POR SER LA PRIMERA EN DEJARME UN COMENTARIO EN EL BLOG! Lo segundo, me alegra ver que te ha gustado el relato. La verdad es que este me salió bastante ligero, me metí mucho en las escenas y fueron fluyendo, ya tiene un tiempo (lo escribí para un blog antiguo y lo he recuperado para este) pero lo recuerdo con cariño.

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